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sábado, 1 de febrero de 2014

El Barça se descalabra ante el Valencia

El Valencia de Pizzi dio la campanada en el Camp Nou (2-3) para dejar el liderato en el aire. Los ché, que no jugaron un partido excesivamente brillante, se impusieron a un Barcelona esperpéntico en defensa en el día en el que el coliseo azulgrana guardó luto en memoria de Luis Aragonés.


Con el corazón destrozado y el alma aún encogida, Barcelona y Valencia saltaron al Camp Nou para honrar la memoria de Luis Aragonés. El Sabio de Hortaleza pasó por ambos banquillos y dejó una huella imborrable, de modo que ese minuto de silencio, más corto de la cuenta, fue una forma poética de darle las gracias por tanto. Con Puyol en la grada e Iniesta en el campo, los focos se centraron en Xavi. Su gesto representaba a la perfección el sentir del fútbol español. De sentimiento profundo y sorpresa desmesurada. Todavía nadie se cree que Zapatones se haya ido para siempre. Xavi quedó huérfano, pues partió su maestro, aquel que le entregó el timón del fútbol cortito y al pie.

Sin embargo, el Barça no tenía cuerpo para homenajes. El encuentro, aunque precioso para el espectador, fue un suplicio para los blaugrana. Fue un partido de dos caras para ambos equipos: la bonita, la ofensiva; la fea, la defensiva. La bonita para el Barça fue la primera parte, en la que avasalló a su rival y sin embargo se fue al vestuario con el partido 1-1, muy probablemente de forma inmerecida. La fea, que más que eso fue horrorosa, llegó en la segunda mitad. Para el Valencia fue justo al contrario. Los hombres de Pizzi, sin hacer un partido excelso, supieron sobrevivir a los mejores minutos del Barcelona, empatar el partido en el primer descuido y aprovechar al máximo la decadencia defensiva de la zaga culé en la segunda mitad para llevarse la victoria.

El partido parecía seguir el guión con normalidad en los primeros minutos. El Barça arrasaba con Messi a la cabeza. El argentino ha mutado de repente de grandísimo goleador a grandísimo director de orquesta. Y el Barça lo agradece. Porque sigue siendo desequilibrante y además hace mejores a sus compañeros. Enriquece el fútbol del equipo. En una de las primeras acciones en las que le dejaron hacer, hizo. Se inventó un pase desde la izquierda para que Alexis rematara con la misma fortuna que espectacularidad y batiera a Diego Alves por alto.

Se gustaba el Barça, que quería hacer sangre a un frágil Valencia que se desarmaba en transición. Golpeaba una, y otra, y otra vez. Con Cesc descifrando el fútbol y Pedro como un auténtico puñal. Y golpear, golpear y golpear y volver a golpear, y golpear, y golpear, y golpear, parafraseando al mítico Luis. Pero los valencianos resistían de forma épica. Ayudó también la exhibición de reflejos de Diego Alves, salvador de su equipo en cada ocasión de peligro. Era lo único rescatable, junto a Feghouli, de un Valencia desmontado y sin rumbo.

Precisamente fue el argelino quien marcó el cambio de rumbo del partido. Se despegó por la banda otra vez, como ya lo había intentado un ciento de veces antes que esa. La diferencia fue que encontró compañía y el Valencia llegó hasta el fondo. Feghouli levantó la cabeza y vio llegar a Parejo desde atrás con ímpetu y se la regaló para que empatara el partido. Un pase de la muerte, como esos que se pusieron tan de moda en los 90.

El talento de Parejo guió al Valencia

El partido de hoy pasará a la historia como el del día en que Parejo devoró al centro del campo del Barcelona. El canterano madridista hizo su la parcela central del césped y se impuso con claridad primero a Xavi y Busquets, y luego también a Iniesta. Dio un auténtico recital de estrategia, de cómo organizar a un equipo para alcanzar la victoria sin ser brillante. Y lo sujetó con acierto durante todo el partido. Parejo se está erigiendo poco a poco en el líder de este nuevo Valencia de Pizzi. Por talento y por un carácter ganador que hasta ahora no había mostrado al máximo nivel de competición pero que se le presuponía en su brillante paso por las categorías inferiores de nuestro fútbol. Está ocupando ese vacío de liderazgo que acusaba la plantilla para empujar a su equipo hacia arriba.

Y entre un Parejo imperial y un Barça que se puso nervioso atrás, apareció Piatti de cabeza para hacer realidad todos los temores blaugrana. El argentino, con su metro sesenta y tres de altura, ya puede añadir a su currículum un gol de cabeza tanto al Madrid como al Barcelona esta temporada. Algo que no habla muy bien de ninguna de las dos defensas.

De poco sirvió el conato de resurrección culé, que alcanzó su pináculo con un gol de Messi de penalti tras una rigurosa mano de Ricardo Costa. Fue un espejismo. Seis minutos después el que marcaba era Paco Alcacer para confirmar el esperpento de la zaga del Barça: hizo un desmarque al primer palo que Piqué no entendió y remató a placer mientras el catalán giraba la cadera de manera extraña.


Para más inri, Jordi Alba se marchó a la caseta antes de tiempo, acabando con cualquier esperanza de remontada. Es la primera expulsión del Barcelona esta temporada y probablemente la más dolorosa, porque ocurrió justo el día menos oportuno. El día en que el Barça dejó en el aire su liderato con una surrealista segunda parte.

PabloG.

miércoles, 29 de enero de 2014

El Atlético profana a lo grande La Catedral

En el partido de fútbol más intenso que se ha visto en el joven San Mamés, el Atlético de Madrid ganó como los equipos grandes (1-2). El Athletic lo revolcó en la primera mitad, pero los de Simeone se levantaron, ganaron el partido y se enfrentarán en semifinales al Real Madrid.



Los equipos grandes se caracterizan especialmente por ser capaces de vencer incluso cuando las condiciones son las menos favorables. El Atlético de Madrid hoy hizo gala de ello en el nuevo San Mamés, superando a un Athletic que lo hizo trizas en la primera mitad. Pero los colchoneros no sólo resistieron los golpes. Cómo vigentes campeones, se levantaron con la cara amoratada y tiraron de corazón para ganar la pelea. Empataron el gol de Aduriz con un trallazo de Raúl García que los ponía en ventaja en el global de la eliminatoria. Y a partir de ahí tomaron el control del juego, cuidando hasta el último detalle, para que el partido no se escapara. El postrero gol de Diego Costa no fue más que la confirmación del estatus de este equipo, que jugará una semifinal de la Copa por tercera vez en los últimas cinco temporadas.

San Mamés lloró para mojar un poco más con sus lágrimas ese césped empapado por la poderosa lluvia que no cesó durante todo el partido. Su corazón está roto. Once desalmados le arrancaron sin piedad de sus entrañas lo que guardaba con más cariño: ese invicto que hacía del Athletic uno de los equipos más temibles de España. Un Athletic potente, que se encuentra en uno de los mejores momentos de su historia. Aúnan con maestría las combinaciones cortas, seña de identidad del fútbol de Valverde y de su reciente etapa bielsista, con los rasgos más esenciales que definieron durante un siglo su fútbol, con balones directos y peligrosos centros desde los costados. Es un fútbol total. Y, sin embargo, no fue suficiente.

No lo fue porque no tuvo en la segunda mitad la continuidad necesaria. En la primera, el Athletic fue rey de San Mamés y Simeone no sabía a ciencia cierta por dónde le venían los golpes. Se los asestaba, principalmente Muniain, que estaba desbocado y se eregía como némesis del cholismo. El pequeño genio navarro hizo suya la parcela central del campo en el que el Atlético desplegaba su 4-1-4-1 y desmontó una y otra vez al rival. Se asociaba con Ander para locura de Gabi y llegaba arriba con peligro. Pero no estaba solo. Susaeta aprovechó la tempranera lesión de Filipe Luis para hacer una y otra vez malintencionadas diagonales que le dejaban vía libre a Iraola para aparecer. El lateral brasileño del Atlético tuvo que abandonar el campo en camilla por su aductor dijo basta de mala manera y a su sustituto, Insúa, le tocó bailar con la más fea.

Desmontado el Atlético, con Koke y Raúl García en labores que por talento no le pertenecen, con Adrián haciendo casi un doble lateral en la parte izquierda, los leones bailaban. Pero no materializaban sus ocasiones. Hasta que Aduriz enganchó en lo alto un balón templado por Balenziaga, que llegó como un guerrero hasta la línea de fondo para poner el servicio. Entonces San Mamés rugió aún más. Con auténtico convencimiento de que su Athletic triunfaría esta noche como ya lo hizo en muchas otras.


Pero cuando los colchoneros parecían muertos, cuando San Mamés y el Athletic alcanzaban la simbiosis y eran un auténtico ciclón, apareció un coloso para cambiar el rumbo del partido. Desde la portería, Courtois dio alas a su equipo. Dos paradas imposibles, primero a Mikel Rico y después, de manera todavía más espectacular a Aduriz, mantuvieron al Atleti en pie y le permitieron llegar vivo al descanso. Dos paradas que acabaron suponiendo el pase de ronda, pues los colchoneros mutaron tras pasar por los vestuarios.

Se fue un equipo derrotado y regresó un equipo campeón. El del control absoluto, el del temple y el saber estar, el del peligro constante. Volvió el Atlético que arrasa esta temporada en España y en Europa para llevarse la eliminatoria. Ya poco importaron el ímpetu de Muniain, la calidad de Ander Herrera o las carreras de Susaeta. Todo eso estaba en el guión que el Cholo le entregó a sus jugadores y había un final feliz. Un gol de Raúl García para derribar al Athletic. Otro de Diego Costa por si quedaban dudas. El hispano-brasileño hizo a última hora lo que no pudo en los primeros segundos de juego: batir a un inmenso Herrerín. Debe agradecer parte del tanto a San José y su horrorosa maniobra para tirar un fuera de juego imposible.


El Atlético de Madrid, tirando de oficio, casta, cabeza y corazón se convirtió en el primer equipo en profanar La Catedral. No sólo ganó la eliminatoria, sino que se llevó el partido porque así había que hacerlo. Necesitaban mandar un mensaje a sus competidores ahora que aparece el Real Madrid en el horizonte: el campeón está muy vivo.

PabloG.

lunes, 27 de enero de 2014

Después de la tormenta siempre llega Messi

El Barça supo reponerse a los duros golpes recibido durante la semana y vencer a un laborioso Málaga (3-0) que se desinfló a los cuarenta minutos. Con un gran Xavi al mando de las operaciones y con un Messi entonado, el Camp Nou disfrutó del fútbol.


Un huracán sacudió al Barcelona esta semana y lo hizo trizas por dentro. Otro, esta vez futbolístico, reparó los daños más superficiales. El Barça demostró que lo que ocurre en los despachos influye muy poco a lo que se desarrolla en el campo. Y que sigue siendo un rival temible. Piqué, Pedro y Alexis sentenciaron a un Málaga que aguantó el tipo durante cuarenta minutos, pero que poco a poco se fue desinflando e hincando la rodilla. Tres jugadores a los que cada vez sorprende menos ver marcar. Suman entre ellos veintiocho goles en liga esta temporada.

Xavi Hernández tomó las riendas del equipo para dirigirlo a una de las victorias más importantes de su historia. Una victoria de estabilidad en un partido que le sirvió para reivindicarse. Justo el día que su casa lo homenajeaba por sus más de 700 partidos de azulgrana. Justo cuando más se le necesitaba. El egarense exhibió clarividencia y sus estímulos al juego fueron respondidos por la electricidad de Messi y la precisión de Fàbregas, actores principales en las jugadas de los goles del Barça.

El partido estuvo desequilibrado desde el primer momento. El Málaga conocía a la perfección sus opciones y su rol en el partido. Dedicaron todo su esfuerzo a mantener el orden defensivo y achicar espacios ante cada envite culé. Y no salió del todo mal. Es más, Valdés tuvo que emplearse a fondo en un par de ocasiones para que la calma reinara en Can Barça. Pero entonces el partido se rompió definitivamente. Santa Cruz, el guerrero más fiero de la plantilla de Schuster, tuvo que abandonar el campo lesionado. Y el plan se vino abajo. Adiós a la intensidad en la presión y a la salida larga. El Málaga necesitaba generar peligro desde atrás y se perdía. Y concedía terreno al Barcelona.

Para ese entonces Alexis ya había estrellado un tiro al poste, pero el león culé no estaba más que enseñando los dientes. Fue un poco más tarde cuando ya se abalanzó definitivamente. Y los goles se sucedieron, porque la situación era propicia. Xavi campaba a sus anchas por el medio, Cesc movía el balón entre líneas y Messi recibía lejos de la portería para arrancar con violencia. El primero llegó en un saque de esquina pésimamente defendido por la zaga malaguista que Piqué envió al fondo de las mallas sin acelerarse demasiado. Tuvo todo el tiempo del mundo.

Y fue entonces cuando comenzó el auténtico recital de Messi. El argentino estuvo mucho tiempo agazapado, enredado en la tela de araña que propuso Schuster. Cada vez que recibía, cuatro jugadores blanquiazules lo envolvían. Hasta que dijo basta. Abandonó su posición habitual y desde donde quiso se puso a crear. Y a bailar en medio del caos. Una y dos arrancadas. Lo suficiente para descolocar a la defensa rival y generar dos goles más, obra de Alexis y Pedro. El del canario, una delicia: sin apenas espacio y en un movimiento vertiginoso, sentó a Angeleri y la puso imposible para Caballero, héroe malaguista pero en el fondo también humano.


Con ritmo y ocasiones el Barça, que fue otra vez el Barça de Xavi y Messi, venció al Málaga. Aparcaron la crisis institucional para centrarse en el fútbol. Y cuando la pelota está por medio, el Barcelona casi siempre sale ganando. Marcaron tres goles y abrazaron de nuevo el liderato. Al final, esto es lo que importa.

PabloG.

jueves, 23 de enero de 2014

Godín rompe un perfecto empate a todo

El Atlético de Madrid venció al Athletic de Bilbao en el Calderón (1-0) gracias a un testarazo de Godín que hizo bueno el gran envío de Koke desde la derecha. Un tanto que desequilibró un partido que fue un perfecto empate a todo, y que da a los colchoneros ventaja de cara al partido de vuelta.


Cuando la competición llega al límite, este Atlético de Madrid siempre vence. Aunque no lo merezca, como hoy, que se vio en el Vicente Calderón un empate a todo encuadrado en un grandísimo partido de fútbol. Y son esas victorias inmerecidas pero cosechadas de todas maneras la que hacen tan grande a este equipo. Las que lo sitúan a la altura de los mejores. Su rival ya sabe de antemano que no sólo tendrá que competir el partido hasta el final y ser mejor que el Atleti. Puede que con eso no le alcance ni siquiera para arrancar un empate. Necesitan aplastar al equipo de Simeone para que no se les escape la victoria. Algo altamente improbable. Algo que aún no hemos visto esta temporada. El gol de Godín quizá no hizo justicia a lo que ofreció el global del partido, pero sirvió para prolongar la mística de este equipo que quiere seguir peleando por todo.

Marcó el Atlético de Madrid el ritmo del partido y de repente no hubo opción para su rival. Aunque lo intentara de mil formas, aunque se volcara en el área con más de cinco futbolistas. El Athletic siempre encontró lo mismo: nada. O, a lo sumo, un ¡huy! La partida que planteó Simeone era difícil de contrarrestar. Y eso que Valverde, estratega como pocos, lo intentó en todo momento. Calculó con precisión los movimientos del Cholo y los contrarrestó adecuadamente en función del estilo de su equipo y de los jugadores de los que disponía. El Athletic no encontró nada a pesar de que Ibai percutió por la izquierda, de que el ímpetu de De Marcos empujó una y otra vez primero a Filipe Luis y luego a Juanfran, de que Susaeta atacó sin piedad cada minúsculo espacio que dejaba el Atleti.

Aunque el dominio, durante el mayor tiempo del partido, fue vasco, el que controlaba el partido era el Atleti. El indefinido e indefinible Guilavogui condicionó en exceso el juego de su equipo en la primera mitad: obligó a Koke y a Raúl García a pegarse demasiado al centro para hacer funciones que no les corresponde ni por calidad ni por instinto. Pero aun así los colchoneros controlaron, y con la entrada de Gabi, descansaron sobre el pilar más importante de este equipo. Gabi es el principio y el fin de cada jugada. El que primero toma contacto con el balón en la sala de máquinas y el que destruye el avance enemigo si las cosas no salen bien. El pegamento perfecto que cohesiona un ataque brillante y una defensa feroz, y que le da al Atleti ese empaque tan característico que le hace sumar puntos por inercia.

El que no estuvo centrado en el partido fue Diego Costa. Y no lo estuvo porque pinchó en un hueso que, sorprendentemente, fue demasiado duro. El trabajo que hicieron sobre el hispano-brasileño Gurpegi y, especialmente, Laporte fue excelente. El central francés es a sus 19 años uno de los centrales más elegantes de la liga. Su salida de balón es soberbia, su golpeo de balón es exquisito y técnicamente no tiene símil. Pero siempre se le achacó una preocupante fragilidad defensiva. Hoy, en el escenario más duro posible, con una bestia como Diego Costa enfrente, sacó matrícula de honor. No sólo secó al punta atlético, sino que lo sacó del partido y le hizo aflorar esa agresividad que tanto afean su juego. Y todo con una limpieza y una elegancia ejemplares, a pesar de que Costa lo agredió en dos ocasiones.

Un centro perfecto de Koke desde la izquierda y un remate de cabeza de Godín, que entró en el área con más fuerza que un tren de mercancía. Eso fue lo que separó a Atlético y Athletic en el Calderón. Un tanto de gran factura y de capital importancia. Los colchoneros aterrizarán en el todavía incorrupto nuevo San Mamés con ventaja en una de las eliminatorias más vibrantes de la presente edición de la Copa del Rey. Porque sí, los chicos del Cholo también ganan aunque no lo merezcan del todo.

PabloG.

sábado, 4 de enero de 2014

Koke salva al Atleti en la guerra de La Rosaleda

El Atlético de Madrid venció al Málaga en La Rosaleda (0-1) con un gol de Koke y más sufrimiento del esperado. El intenso y renovado equipo de Schuster se lo puso muy difícil al de Simeone. Pero acabaron ganando, como casi siempre, y siguen en lo más alto de la clasificación.


Fue una guerra lo que se vivió en la tarde de verano con la que camuflaba Málaga este cuatro de enero. Y en ella, volvió a triunfar el Atleti líder en solitario a la espera de noticias desde Can Barça. El equipo del Cholo Simeone, a falta de creatividad ante un rival que lo asfixiaba, tiró de oficio para solventar el compromiso. José Antonio Teixeira Vitienes apuntó en su libretilla el nombre de Juanfran, que se perderá por acumulación de tarjetas la final que les espera la próxima semana a los colchoneros en el Calderón contra el Barcelona. También apuntó el de Koke, autor del único gol del Atleti, que continúa con paso firme.

Quiso innovar Bernd Schuster. Asediado por la prensa y por una afición con un paladar ya demasiado exquisito, el alemán trató de darle el empuje competitivo que necesita su equipo cimentándolo desde la defensa. Hasta cinco alineó de salida. Angeleri, Weligton y Sergio Sánchez en el eje; Antunes y Jesús Gámez volando por los costados. Y se pudo ver un Málaga transformado, que se armaba con un 5-4-1 en defensa y se desplegaba en un 3-4-3 en ataque. Arropado por una afición entregada, los boquerones sintieron que podían con el Atleti. Contuvieron a su rival durante buena parte del partido. No hubo noticias de Diego Costa, totalmente aislado de la realidad y rodeado en todo momento por tres camisetas blanquiazules.

El Málaga aguantaba e incomodaba. Samu firmó un buen partido, Eliseu lo 
puso ímpetu a la causa y Gámez y Antunes llevaron peligro en sus acercamientos. Se estaba gestando un gran partido, un duelo de poder, un choque a ver quién era más fuerte de los dos. Un cabezazo de Eliseu a centro de Samu casi pone en ventaja a los blanquiazules, pero el balón se fue alto.

El Cholo tuvo que reaccionar. Se le veía intranquilo a medida que avanzaba el partido. En el descanso dijo basta. Sacrificó al joven Oliver Torres y puso en el campo a Adrián. Si no se ganaba por talento, se ganaría por la fuerza. Tiago cogió el escudo y se colocó como único pivote. A su lado aparecieron Arda Turan y Koke. Arriba, dinamita: Villa, Adrián y Diego Costa.

Y en un momento dado, en un tramo del partido en el que el Málaga atacaba con todo la portería de Courtois, el partido se descontroló. No fue por demasiado tiempo, tan sólo un par de ocasiones para ambos equipos, pero en ese momento reinó el caos en La Rosaleda. Y Diego Costa es el señor del caos. Arrancó con potencia para regalarle un balón a Adrián que, tras un recorte, sólo Weligton pudo evitar que se transformara en gol. A la siguiente, el Atlético no perdonó. Otra vez arrancó Costa, pero esta vez arrastró consigo a Angeleri, Weligton y Sergio Sánchez. Los tres centrales pendientes de sus movimientos. Y los tuvo a los tres. Metió un delicioso balón para Adrián que Willy Caballero salvó. Mismos protagonistas, pero distinto final, porque ahí apareció Koke para reventar el balón suelto y poner al Atleti en ventaja.

Tanto sufrió el Atlético de Madrid en La Rosaleda, que tras el uno a cero dio un gran suspiro de alivio. Simeone quitó a Villa y metió a Alderweireld. El partido no se podía escapar. Poco le importó que Schuster desmontara su planteamiento y se metiera en campo contrario con Santa cruz como faro para guiar al Málaga a la victoria. También le importó poco dejar en el banquillo a Sosa, aliciente extra para un partido ya caliente, pues el jugador argentino tenía un acuerdo verbal con el Málaga y acabó firmando por el Atleti –y el público le hecho una buena reprimenda por ello–. El Cholo fue pragmático. Y Juanfran y Filipe Luis, notables durante todo el partido en ataque, se juntaron con el resto de sus compañeros para formar una muralla infranqueable.

El Atleti lidera la liga y el próximo sábado espera al Barcelona en el Calderón. Será un partido a vida o muerte, una final en toda regla. Un partido para decidir el futuro y los objetivos de este equipo. Pero hasta ese momento, siguen siendo el mejor equipo de España.

lunes, 30 de diciembre de 2013

El manual de Mourinho llevó al Chelsea a una seria victoria

El Chelsea ganó al Liverpool en Stamford Bridge (2-1) en un gran partido de fútbol que se volvió una auténtica guerra en la segunda parte. Culpable: Mourinho. Llevó el juego a su terreno para que no se escapara y cosechó una brillante victoria. El Chelsea huele a campeón.


Con un partido brillante en la primera mitad y de una solidez extrema en la segunda, Mourinho y su Chelsea pasaron por encima del Liverpool. Con las dos caras fueron el mejor equipo sobre el césped. Y eso que empezaron perdiendo, porque Skrtel empujó a gol una jugada a balón parado a los tres minutos de juego. Pero después, gracias a una intensidad envidiable y una mentalidad ganadora, Hazard y Eto’o consiguieron darle la vuelta al partido.

Después de criticarlo crudamente, Mourinho plagió a Benítez y colocó a David Luiz de mediocentro. Arriesgó mucho, porque el brasileño es una caja de sorpresas tanto para bien como para mal. Pero le salió redondo. En la segunda parte, Brendan Rodgers quiso anularlo colocando a su espalda a Coutinho para que enlazara con Luis Suárez, aunque ya era demasiado tarde. Para ese entonces David Luiz ya había decidido el partido. Solucionó los problemas de elaboración del Chelsea con un acierto sorprendente. La manera en la que inició la jugada del 2-1, obra de Eto’o, definió su partido: un pase picado, rebosante de confianza, suelto y profundamente vertical. David Luiz marcó los frenéticos tiempos del juego blue para lograr la victoria.

Pero si un futbolista es mourinhismo en su esencia, ese es Willian. El brasileño está irreconocible. Atrás ha quedado ese fútbol de fantasía, de amagos constantes y de velocidad indescriptible que enamoró a Ucrania, Europa y el mundo entero. En el Shakhtar, Willian era pura samba. Ahora ya no es nada de eso. Su fútbol es más feo y mucho menos eléctrico, pero muchísimo más útil para el equipo. Trabaja en defensa, recupera balones (hasta once en el partido de hoy, el jugador que más veces lo hizo) y aporta equilibrio. Se mancha de barro hasta los codos. Y así triunfa. Tanto o más que regateando anárquicamente. Aunque brille menos.

Hazard es un diablillo con el culo muy gordo y una facilidad apabullante para ser decisivo. Cuando llegó a la frontal del área y antes de que le pegara con el interior del pie, todos habíamos adivinado ya la trayectoria de ese balón: moriría en la escuadra. La jugada la inició él, consciente de que si seguía corriendo le llegaría su oportunidad. Tiene tanta mala leche en el cuerpo que su suave toque se convirtió en un misil teledirigido. Nada pudo hacer Mignolet, errático en el segundo gol. El belga cometió un error infantil ante un chacal. Eto’o metió la puntita nada más, lo justo para voltear el partido y el corazón de más de un amante del fútbol. No está en plenitud pero sigue goleando, como siempre.

A este Liverpool le falta picardía y algún que otro tiro en el cuerpo. Casi tantos como le sobran al Chelsea. Los chicos de Brendan Rodgers todavía creen que al fútbol se juega con los pies, haciendo jugadas imposibles y que los goles son lo más importantes. Son muy cándidos. En el fútbol, en este fútbol de altísima competición, cada partido es una guerra. Y más si se juega en Stamford Bridge, donde no desmontan las trincheras entre juego y juego. Ni siquiera por Navidad. Cuando acabó la primera parte, Sakho le pidió la camiseta a Eto’o. Es normal; es un muchacho joven que seguramente creció cantando los goles del camerunés. Pero reflejó lo que era el partido. Futbolísticamente eran niños contra hombres que tenían la lección muy bien aprendida. Y la lección era ganar el partido por talento y preservarlo por la fuerza.

En el descanso, Mourinho quitó a Lampard y metió a Obi Mikel. Quitó a la chispa y metió al músculo. Quitó al emblema del Chelsea y metió a un futbolista que sostenía la bandera de su ideario. Y en ese momento Stamford Bridge supo que el partido no se escapaba. No sólo porque Luis Suárez, el único arma de verdadero peligro del Liverpool estaba desaparecido. No sólo porque le estaban pegando, con y sin balón, para anularlo. No sólo porque sin él el Liverpool no es nada. No. Sabía que no se escapaba porque cuando Mourinho arriesga siempre gana. David Luiz, Willian y Mikel para decidir un partido. Y un profundo olor a seriedad y campeón de la Premier League.

PabloG.

martes, 24 de diciembre de 2013

Arsenal y Chelsea tuvieron respeto por el fútbol

Arsenal y Chelsea empataron (0-0) en un partido que ofreció mucho menos de lo que anunciaba. Pero que sirvió para dejar vivos a ambos equipos en la Premier. El Chelsea, con trivote, fue de más a menos; el Arsenal, que no hizo cambios, se creció con los minutos hasta el punto de tener el partido en sus manos al final.
No fue el más brillante de los partidos, pero sin embargo sirvió de mucho a ambos equipos. Al Chelsea, por ejemplo, para no perder comba con respecto a la cabeza de la liga. Y para demostrar que cuando Mourinho dispone sus fichas sobre el tablero, es capaz de condicionar tácticamente casi a cualquiera. Al Arsenal, aunque perdió el liderato, le sirvió para ganar algo de moral. Ahora son segundos, empatados a treinta y seis puntos con el Liverpool y perjudicados por un goal averagepeor, pero después del ridículo que hicieron contra el Manchester City, sellado con un 6-3, se volvieron a convencer de que pueden plantarles cara a los equipos punteros de la Premier. Que no han sido un espejismo estos meses de competición y que siguen siendo candidatos al título.
Los dos equipos siguieron trayectorias muy diferentes durante los noventa minutos. El Chelsea dominó hasta la primera mitad, asentado en la ventaja táctica que le suponía presentarse hoy en el Emirates con un trivote formado por Lampard, Obi Mikel y Ramires. Tres soldados a las órdenes del mejor de los generales que anularon por completo el juego del Arsenal. En palabras de Mourinho, la inclusión de Mikel en el once respondía a una necesidad de ganar “equilibrio para no quedar expuestos” y sufrir a la contra. Le salió redondo. Obligó a Özil a recibir atrasado y Ramsey no pudo despegar en ningún momento.
Y aún mejor le pudo salir si el larguero no llega a impedir que la volea de Lampard desde la frontal entrara en la portería de Szczesny. Fue la mejor ocasión del Chelsea en la primera mitad y en todo el partido. Y quizá la única de peligro real. Coincidió con el progresivo arranque del Arsenal. O, más bien, fue su causa directa.
Arteta campó a sus anchas por el Emirates. Aprovechó la ausencia de un mediapunta en el Chelsea para situarse inmediatamente por delante de los centrales y desde ahí desplegar su fútbol. Fue lo mejor del Arsenal, el único argumento ante un Chelsea que le ahogaba en el plano táctico. Pero no pudo hacer ninguna maravilla. Ramsey, su teórico primer apoyo, se iba a los tres cuartos de campo. Özil se ofrecía, pero lo máximo que daba era un apoyo de cara. Ni Sagna ni Gibbs eran profundos. El escenario era desolador. Arteta tenía una bomba nuclear en sus manos, pero no había aviones en el aeropuerto que le ayudaran a lanzarla.
Poco a poco se fue asentando el Arsenal. Comenzó a desplegar su fútbol y el partido giró a la ida y vuelta. Un clásico en la Premier, un ingrediente indispensable para que el partido guste. Pero fue una ida y vuelta muy moderada. Muy respetuosa, como todo el partido. Los dos equipos se jugaban demasiado y eran conscientes de que un error les dejaba gravemente heridos en la tabla. Que tenía mucho más que perder el Arsenal también era una realidad. Una derrota tumbaba anímicamente a los de Wenger, además de dejarles a un punto del líder Liverpool.
Y fue por eso por lo que Mourinho quiso romper el empate a cero. Porque ya estaba bien de conservar. Entraron dos de sus hombres de mayor confianza, Schürrle y Oscar, con el objetivo de hacer añicos el partido. Diez minutos más tarde se arrepintió; tuvo que entrar David Luiz por Torres para amarrar el empate. Ya no parecía tan mala idea.
Wenger no hizo cambios pero su Arsenal brilló más al final del partido
El motivo era simple, aunque complejo de entender físicamente hablando. Y es que un Arsenal que no había hecho un solo cambio devoró al Chelsea en los diez minutos finales del partido. Ni un cambio, cero. Wenger ni siquiera quitó a Rosicky, discreto durante los noventa minutos y pasado de revoluciones, a pesar de tener una amarilla. Casi lo borda. En una de las pocas subidas de Gibbs por la izquierda, se asoció de maravilla con el checo. El balón llegó a los pies de Giroud en una posición perfecta. Pero entonces Cech se estiró para tapar todo el espacio posible y mandar el balón a córner. Era la segunda que tenía el francés. La primera la echó fuera después de un gran pase de Ramsey.

Y entonces llegó el final. Acabó un espectáculo que ofreció mucho menos de lo que anunciaba. Pero también se acabaron esos noventa minutos de respeto mutuo entre dos equipos que se saben rivales directos por el título. Unos noventa minutos llenos de lecturas y de matices muy diferentes, contradictorios en algunos casos. El Chelsea sigue vivo y acecha. El Arsenal, por supuesto, también.

sábado, 23 de noviembre de 2013

Y Götze bailó en el infierno

El Bayern de Múnich pasó por encima de un BVB mermado por las bajas (0-3) y dejó a su rival a siete puntos de diferencia en la tabla. Una exhibición de Robben permitió la goleada iniciada por un gol de Götze. El niño prodigio incendió los sueños de los que antes lo amaban.

En alemán, la palabra götze significa ídolo. Eso era Mario hasta mayo en el Westfalenstadion, ahora es el más cruel de los villanos. Y por sí no acumulaba suficiente odio en torno a su persona, anotó el tanto que desató la goleada del Bayern. Un gesto de “yo no tengo la culpa” sustituyó a la celebración rabiosa que le quemaba por dentro y sirvió para enmudecer a uno de los estadios más vibrantes del mundo. El muro amarillo fue derribado desde dentro, con pólvora fabricada en Dortmund y con un sabor amargo a lo que ayer brillaba de negro y oro.

A Mario Götze sólo le hicieron falta diez minutos para desencasquillar el partido. Cuando recibió en el área no se lo pensó: un punterazo para meterla en la jaula que defendía Weidenfeller. Pero durante esos segundos, pasaron por su mente todos sus recuerdos de ese templo llamado Westfalenstadion. Los grandes triunfos, las grandes derrotas, las lágrimas derramadas por alegría, tristeza y nervios. Su debut. Hoy le tocó la parte más amarga. Vivió uno de los momentos más desagradables de su vida cuando su nombre fue mencionado por la megafonía y pisó de nuevo aquel césped mágico. Una jauría de 80.000 lobos que antes lo adoraban silbó y abucheó hasta la extenuación. El resultado fue la imagen más angustiosa que se ha visto en mucho tiempo en un estadio de fútbol. Pero Götze decidió el partido. Bailó sobre un césped que le quemaba los pies.

El primer gol del Bayern fue una ayuda recíproca entre Götze y Guardiola. Al primero le sirvió para aliviarse y al segundo para confirmar que había dado en la tecla. La entrada del alemán, junto a la reaparición de Thiago, fue un brusco giro de volante en el planteamiento del de Santpedor. Al comienzo del duelo, los encargados de fabricar los goles eran Mandzukic y un Javi Martínez más adelantado que nunca desde que está en Alemania, como en los viejos tiempos, casi de mediapunta. El Bayern dominaba pero se atascaba ante un Dortmund que lo frenaba por pura intuición: el camino al gol era demasiado simple. Guardiola miró al banquillo y cedió la responsabilidad a Götze, centró a Robben, adelantó a Kroos, le puso por detrás a Thiago y colocó a Javi de central. El resultado fue un incontestable jaque mate. Klopp, que jugaba con las negras, no fue capaz de evitar que el Bayern ganara la partida.

El partido dejó muy claro que las numerosas bajas que presentaba –y presentará durante varias jornadas– el BVB, sumado al gran y brillante fondo de armario que acumula el Bayern en su plantilla, son un desequilibrio demasiado fuerte para la Bundesliga. Salvo sorpresa, parece sentenciada.

Buena parte de culpa la tiene Robben, verdugo de Wembley, que hoy volvió a sacar su hacha a pasear. Autor del segundo gol bávaro e ingeniero de la vertiginosa jugada del tercero. Está al nivel de los mejores del mundo. Su juego, puramente vertical, se vio gráficamente definido en los prolegómenos de su tanto. Thiago lo activó con un magistral pase en largo cuando el BVB se descomponía y él no tardo ni cinco segundos en plantarse ante Weidenfeller para batirlo con una suave vaselina que a punto estuvo de tocar Götze. Después, un eslalon de los que tanto le gustan sirvieron para que le dejara en bandeja a Lahm la asistencia para Müller. 0-3 y una liga rota.

Un delantero brutal

Pero no todo fue negativo para el Borussia Dortmund, que ya es tercero en la tabla a siete puntos del Bayern. Demostró que tiene en sus filas al mejor delantero del mundo, que se llama Robert y se apellida Lewandowski. El polaco dio una auténtica exhibición de cómo un delantero puede hacer un partido brillante sin marcar goles. La defensa bávara, que le pegó de principio a fin, soñará con él. Fue un tormento, capaz de ganar cualquier balón que se propusiese. Por el centro o en la bandas, cada vez que sus compañeros le buscaban, lo encontraron. Y si no marcó fue porque tenía la pólvora mojada, quizá de sudor por tanto esfuerzo y tanta lucha.

También hay que señalar que Lewandowski acaba su contrato con el BVB en junio, que no va a renovarlo y que puede haber sido su último gran duelo alemán en el Westfalenstadion. Quizá la próxima temporada lo juegue vestido de rojo. Es el inicio de una nueva era para un Bayern candidato a todo de nuevo y que no tiene miramientos con la entidad de su rival a la hora de aplastarlo. Y Götze sonríe: por eso dejó su casa rumbo a Múnich.

PabloG.

miércoles, 28 de agosto de 2013

Matar al gigante

El Liverpool pasó a la siguiente ronda a costa del Notts County. Y fue una pena, porque el equipo profesional más antiguo del mundo estuvo a punto de dar la campanada en Anfield. Llegó a la prórroga, y hasta el último minuto de la primera mitad de esta, los de Brendan Rodgers no pudieron decantar definitivamente la balanza. Estuvo tan cerca… Pero los magpies hicieron un partido dignísimo. Aprovecharon al máximo sus escasos recursos y, cargados de orgullo y honra, tuvieron contra las cuerdas a los reds en su mítico estadio durante buena parte del partido. Acabaron perdiendo porque Sturridge, Sterling, Coutinho, Gerrard y Henderson son demasiado para casi cualquier equipo de la Premier. Pero su hazaña, bajo la atónita mirada de The Kop, fue increíble.


Los hombres de Chris Kiwomya no salieron a especular. Salir compactos atrás y con las líneas juntísimas. Tanto que por momentos se perdía el dibujo táctica: no se sabía bien si estaban jugando con un 4-4-2, con un 5-4-1, con un 6-3-1… De hecho, muchas veces acumulaban a los once futbolistas de campo por detrás del balón. El gol de Sterling a los cuatro minutos no trastocó los planes del Notts ni un ápice. Sabían la única manera de tener opciones era estar cerrados atrás y salir con fiereza a la contra. McGregor y Labadie serían los elegidos para lanzar los contragolpes del County. Ambos firmaron un partido estupendo y en cada arrancada suya se podía palpar el peligro. Ni un metro recorrido de más, ni un metro de menos. Siempre el esfuerzo justo y con mucho criterio. En especial brilló el partido del escocés, cedido al equipo de Nottingham por el Celtic, el mejor de los magpies también en la distribución del balón.

Porque el Notts County, equipo humilde como pocos, tenía un empeño en Anfield: salir jugando siempre. Laterales abiertos y centrales con la cabeza levantada, como en los mejores equipos de Europa. La jugada no se masticaba demasiado y abundaban los pases verticales. Pero se iniciaba la jugada moviendo el balón, como debe ser para crear las situaciones más ventajosas posibles. Esto tiene un mérito añadido si tenemos en cuenta que el equipo compite en la League One, la tercera división del fútbol inglés, en la que el pelotazo es el modelo a seguir.

A la media hora de juego llegó el segundo del Liverpool. Fue obra de Sturridge, que reventó sin piedad a Bialkowski, pero bien podían habérselo dado a Gerrard. El eterno capitán red sacó el tiralíneas y le dio a su compañero un preciso pase de veinte metros para que sólo tuviera que chutar. Ese gol, más que desanimar al Notts lo desató. En la segunda mitad devoró lentamente al Liverpool hasta arrinconarlo en su campo. Primero fue el gol de Arquin, que hizo creer a la multitud de fans de Nottingham que se desplazaron a la ciudad de los Beatles. Y a partir de ahí se construyó el sueño. Un sueño perfectamente cimentado por Kiwomya, que nunca perdió la compostura. El equipo se mantuvo fiel a sus ideas: firme atrás y con rápidas salidas a la contra, pero cada vez era más difícil de controlar para el Liverpool. Nunca se fueron a lo loco. Al contrario, mientras más presión tenían, más ordenados salían. Ni siquiera los tres tiros al poste que lanzaron los de Rodgers –primero Agger, luego Gerrard y después Touré– hicieron claudicar al County.

Y al borde del final del partido, llegó el éxtasis. Adam Coombes acababa de entrar al terreno de juego sustituyendo a Bell. Y en ese momento, el Community manager tuiteó una frase premonitoria. “¡Adam, conviértete en una leyenda del Notts!”. Ni siquiera le dio tiempo a aclimatarse al ritmo del juego, al ambiente de Anfield, cuando ya le apuntaban los focos. Es más, era el primer balón que tocaba. Pero con coraje, acompañando la jugada hasta el final, Coombes hacía el empate para el Notts County y la afición se volvía completamente loca. Literalmente. Nos iríamos a la prórroga. Sí; el 27 de agosto de 2013, el Notts County jugaría la prórroga frente al Liverpool en Anfield porque le había empatado el partido durante los noventa minutos.


Lo que sucedió en la prórroga fue lo esperado. A pesar de que el Liverpool la disputó con diez futbolistas debido a la lesión de Kolo Touré cuando los cambios ya habían sido agotados –fue la tercera lesión de los reds en el partido tras la de Cissokho y Allen–, se impuso por el físico. No fue tanto una cuestión técnica, sino de cansancio. Entre Sturridge y Henderson destrozaron al Notts. Y fue una pena, porque el gigante estuvo a punto de morir a manos del enano. Pero se marchó vivo, aunque malherido: la guerra que le dio el pequeño Notts County fue absolutamente memorable.


PabloG.

lunes, 15 de abril de 2013

El karma


En las religiones dhármicas, el karma es esa energía trascendente que se deriva de los actos de las personas. Es esa fuerza que emana de cada acción que realizamos e inicia una poderosa relación de causa y efecto: si nuestras acciones son buenas, el karma nos recompensará en el futuro; si por el contrario son malas, nos castigará. Cómo son el fútbol y el maldito karma. Tan sólo noventa y seis horas después del fatídico gol de Felipe Santana en Dortmund, el Málaga pudo sonreír. Tuvo que ser en el último minuto, no había otra opción. Tuvo que ser de nuevo un brasileño el que introdujera el balón en la red, esta vez para llevar a la gloria a los malaguistas. Málaga lo merecía. Por las agresiones sufridas, por las tomaduras de pelo y las ilusiones rotas. No había mejor forma. Las cosas que tiene el karma.


Debió echarse a temblar Platini cuando conoció la noticia del gol de Baptista. No sería de extrañar que en unos días nos enteremos de que ese chiringuito tan bien organizado que tiene la UEFA echa el cierre. Ya se sabe, “cuando las barbas de tu vecino veas cortar, pon las tuyas a remojar”. Pero hasta que el dichoso karma no termine su trabajo, la ambición de cualquier equipo debe ser formar parte de esa especie de bacanal del fútbol que organiza el máximo estamento del europeo, llamada Champions League, y que ellos mismos se encargan de destrozar incomprensiblemente. El Málaga, por méritos estrictamente futbolísticos, está en el buen camino: continúa en la pelea por la cuarta plaza que ocupa la Real Sociedad, a sólo cuatro puntos de los txuri urdin. Y no solamente eso, sino que desprende un aroma a fútbol hoy en día inigualable dentro de nuestras fronteras. Ha vuelto el mejor Málaga. Y el único objetivo es la liga.

El partido fue una fiesta desde los prolegómenos. Con un recibimiento propio de los campeones de Europa, los boquerones salieron enchufadísimos. No pesó ni el esfuerzo titánico de Alemania, ni las horas de vuelo, ni el duro mazazo recibido. Había ansias de venganza y eso se plasmaba en el ambiente. Jamás gritó tan fuerte La Rosaleda. Y eso que el Osasuna, siempre valiente, no dio un balón por perdido. Los rojillos pelearon conscientes de que cada vez ven más de cerca el abismo del descenso. Pero el Málaga fue un ciclón incontestable durante los primeros minutos. Si la goleada no fue de escándalo antes del cuarto de hora, fue gracias a las manos de un portero que cada vez que pisa el césped aumenta exponencialmente su caché. Ágil como un gato, Andrés Fernández sacó una manopla prodigiosa a seco disparo de Júlio Baptista y evitó in extremis un rebote que se dirigía peligrosamente hacia su escuadra. Su actuación fue formidable.

Poco a poco fueron menguando los ánimos, fruto de la impotencia. El Málaga estaba realizando uno de los mejores partidos de la temporada y las ocasiones, clarísimas, se sucedían una tras otra, pero el balón no quería entrar. Saviola fue el que más cerca tuvo el tanto, pero su lanzamiento se marchó fuera repelido por el poste. Parecía que jamás se podría sobrepasar el muro navarro. Ni la magnífica actuación de brega de Baptista en la delantera, ni la de Iturra en el centro del campo parecía suficiente. Fue impresionante observar cada movimiento del chileno, concentrado únicamente en desactivar la ofensiva rival y entregar el balón con acierto. Ante la ausencia del lesionado Toulalan, perdido para el resto de la temporada en Dortmund, asumió el papel de líder en el centro del campo multiplicándose por mil. Pero hasta el final pareció que Osasuna iba salir vivo de una Rosaleda a rebosar de gente y de ilusión. Hasta ese mágico momento en el que Baptista reventó el balón contra las redes del fútbol para llevar el éxtasis a una ciudad hasta ese momento hundida. Así es el karma, sufrir hoy para disfrutar mañana. El malaguista debe estar tranquilo: el año que viene merecen, por lo menos, conquistar Europa.

PabloG.

jueves, 11 de abril de 2013

Campeones de Europa


El Málaga se proclamó campeón de Europa de la mejor manera posible. Con valentía, con casta y haciendo enmudecer al campo más imponente de cuantos hay en el Viejo Continente. Sólo hace falta cambiar Wembley por el Westfalenstadion y la derrota por la victoria para darse cuenta. Hubiera sido lo más increíble del mundo. Y a punto estuvo de ocurrir, pero finalmente todo se truncó. El fútbol le debe algo al Málaga. O incluso más: el fútbol moderno le debe algo al fútbol de verdad, al de toda la vida.


¿Cómo puede cambiar tanto la vida en un minuto? Eso es uno de tantas preguntas que jamás podrán ser respondidas. Cuando Eliseu se agarró a la jaula de acero que separaba a los malaguistas mortales de los inmortales nadie podía adivinar un final tan injusto. A diez minutos del final, el Málaga estaba entre los cuatro mejores equipos de Europa y, por qué no decirlo, del mundo. Se lo había ganado en el campo, doblegando al máximo dominador del fútbol alemán en los últimos dos años en su inexpugnable feudo. Cada uno de los futbolistas se dejó la piel y luchó con más fuerza que nunca para llevar a su fiel afición en volandas para seguir viviendo el sueño. Por una vez, los once hombres del césped arroparon a los dos mil que daban otro color a la grada diferente del amarillo y negro. Y creyeron, creísteis, creímos que estaba hecho. Pensamos que nada nos podía quitar de las manos este fantástico sueño. Soñamos con la copa. Pero en la vida también existen las injusticias.


Porque el final del partido fue muy injusto. Dos goles en un minuto para romper el sueño más dulce que jamás hemos vivido. A España entera, a buena parte de Europa, se le rompió el corazón con el gol de Santana. Lágrimas en los ojos de un equipo que era incapaz de creer lo que estaba viendo. No merecían este final. Poco importan los fueras de juego, la escasa calidad del arbitraje en general. El Málaga no merecía terminar así. Vivimos la desesperación que otros ya vivieron antes. A la memoria vinieron rápidamente ese Depor destrozado sobre el césped de Do Dragão, esas lágrimas de Cañizares después de perder la segunda final consecutiva, ese Riquelme con la cabeza gacha en El Madrigal. Pero sobre todo, por el escenario en el que se desarrolló la tragedia, el espíritu de un equipo se apareció sobre el césped: otra vez el Westfalenstadion destrozó el humilde sueño europeo de un equipo español; doce años después de que el Alavés cayera cruelmente en la final de la UEFA, fue el turno del Málaga.

Sólo pudo hacer daño el Dortmund a base de pelotazos, maniatado por un despliegue físico brutal del Málaga. Con Gündogan desactivado, uno de los equipos que mejor fútbol práctica del mundo se derritió y únicamente fue capaz de incomodar a base de empujones nacidos en la Südtribüne. Sahin como lanzador, Subotic y Santana como delanteros. Una situación esperpéntica que finalmente dio el triunfo al que menos lo mereció y de la manera más cruel posible. El central brasileño la empujó al fondo de las mallas con Caballero y Antunes derrotados para delirio de su maravilloso estadio. La gran victoria dejó al Málaga sin unas semifinales que mereció por méritos propios.


Pero este equipo pasará a la historia. Su leyenda es ahora infinitamente más grande que al principio gracias a un sueño que a punto estuvo de convertirse en realidad. Lucharon hasta el final y si no lo consiguieron no fue por falta de ganas ni de esfuerzo. Las razones se escapan al análisis. Ahora sólo queda estar orgullosos del mejor equipo que jamás vio esta tierra, esta incondicional afición que durante noventa y dos minutos pintó Dortmund de blanquiazul. Entre todos somos leyenda. Y aunque la Champions haya terminado, esta fiesta no debe terminar jamás. El sueño seguirá viviendo eternamente en nuestros corazones.

PabloG.

jueves, 4 de abril de 2013

Fútbol


El fútbol es un deporte precioso pero muchas veces incomprendido. A veces los pelotazos, las entradas duras y las simulaciones afean un espectáculo sublime. E incluso más de una vez los que han hecho apología de este otro juego han sido encumbrados como los mejores de su tiempo. Pero cuando el fútbol, un deporte de caballeros, es disputado y dirigido por caballeros, no se puede comparar con nada más. El partido de esta noche fue así. Málaga y Borussia Dortmund, Pellegrini y Jürgen Klopp, dibujaron sobre el césped uno de los mejores partidos de fútbol que se recuerdan últimamente. Porque, ante todo, fue eso: fútbol. El vídeo del partido debería exhibirse en bucle en los mejores museos del mundo. ¿Se imaginan las diabluras de Isco o Götze en los muros del Louvre junto a la misteriosa sonrisa de la Gioconda? Como merecerlo, hoy, lo han merecido. Viva el fútbol.


Pero ¿qué es el fútbol realmente? ¿Son los goles; es el mejor el que más goles mete? ¿Son las ocasiones creadas con paciencia, mimo y esmero? Depende del concepto de cada uno. Hoy se derrochó de lo segundo. Lo cierto es que cuando el resultado no importa, cuando el gol pasa a ser algo secundario, el espectáculo mejora sustancialmente. Se movió el balón de un lado a otro, se vieron transiciones rápidas, pero el partido parecía disputado por niños en la plaza del barrio en la que la portería no existe, en la que sólo importa correr con alegría detrás de la pelota. Aunque, a decir verdad, cuando se buscó el gol, ambos equipos se toparon con dos muros infranqueables. Caballero se ganó la matrícula de honor con manos prodigiosas y una actuación excelente. También se ganó dos enemigos de por vida en Mario Götze y Lewandowski, que lo sufrieron en primera persona. Al partido del polaco sólo le faltó un broche de oro en forma de tanto. Dirigido desde la medular por el talento de Gündogan, volvió loca a la defensa con una velocidad y una movilidad endiabladas. Fue un tormento. Pero erró en la definición incluso cuando se quedó solo frente a la meta, quizá siendo fiel al ideal de belleza que presentaba el partido.

También hubo tiempo para la batalla en el centro del campo. Dos bloques sólidos frente a frente en un partido en el que destacar individualmente era técnicamente imposible: no había otra salida. Ahí, Iturra se dejó la piel, Baptista se batió en un duelo altamente físico y precioso con Kehl, y Toulalan volvió a dar un clínic. El francés es un futbolista capaz de destruir y crear con la misma soltura. Con su conducción de balón tan poco ortodoxa, quitársela se torna una misión imposible. Sabe aguantarla hasta el extremo para después distribuirla con criterio. Es un centrocampista total. Se hizo enorme conteniendo y sosteniendo a su equipo mientras otros se dedicaron a crear. Demichelis desde el fondo, Joaquín e Isco en la línea de tres cuartos y un sensacional Saviola en la delantera.


El balón se repartió casi equitativamente durante los noventa minutos. Hubo ratos de dominio de uno y ratos de dominio de otro, pero la sensación final fue de que el Málaga puso el control y el Dortmund las ocasiones. Eso no quiere decir que el remate de Toulalan que Götze sacó bajo palos no cuente, ni que los aurinegros no supieran neutralizar a los blanquiazules durante algunos tramos del juego; simplemente cada uno fue fiel a su estilo: aunque son muy similares, el Dortmund es verticalidad y el Málaga, horizontalidad. Pero cuando dos equipos hermanos en ideas y costumbres confluyen ocurren cosas como estas, muchísimo fútbol en un partido que no decide nada en absoluto. Aunque ¿qué más da todo eso? Importa la belleza y no el resultado. Esto es puro fútbol, arte, no matemáticas. El sueño continúa.

PabloG.

sábado, 30 de marzo de 2013

Morales se destapa


Con los cinco sentidos puestos en el partido, el Málaga sacó una importantísima victoria del siempre difícil campo de Vallecas. Fue necesario el esfuerzo de todos los futbolistas para doblegar al ordenado y serio Rayo de Paco Jémez, un equipo que a base de buen fútbol incrementa su leyenda con cada paso que da. Aún sigue en la lucha por los puestos europeos, codeándose con la burguesía de la Liga. Pero hoy un futbolista sobresalió por encima de todos para dar un duro golpe a sus aspiraciones. El chileno Pedro Morales demostró por qué se le reclutó para este ilusionante proyecto: sin intervenir excesivamente en el juego, cada envío suyo tuvo más sentido que el anterior. Creó peligro cambiando la lógica de su equipo, enviando en largo lo que siempre suele ir en corto. Con una precisión absoluta, fue capaz de dar dos brillantes asistencias a balón parado y de cruzar un latigazo que se hizo imposible para Cobeño. Tiene un guante en la pierna.


El partido, hasta el final, no tuvo un dominador claro. Buena culpa de ello recayó en las ausencias de Trashorras e Isco, física la del primero y emocional la del segundo. No se halló el arroyero sobre el césped vallecano, encorsetado por un buen marcaje de Tito y agotado después de su estancia con la Roja. Así, sumergidos en un partido de ida y vuelta entretenido y con buen criterio, se hicieron grandes Toulalan, Iturra y Javi Fuego en el robo de balón y Joaquín y un insospechado Tito a la carrera. Se desfondó el lateral rayista llegando hasta la línea de fondo cada vez que tenía ocasión. Tanto fue así que diez minutos después de que Weligton abriera el marcador con un poderoso testarazo a centro de Morales, Willy Caballero derribó al ‘2’ del Rayo dentro del área, ocasión que no desperdició Piti para poner la igualada. Hizo daño el Rayo con espacios y el incisivo Lass estuvo a punto de lograr un premio mayor, pero el Zamora de la Liga abortó cualquier conato de revuelta franjirroja.

Poco a poco el Málaga fue ganando terreno. Sin la brillantez de otras ocasiones, las triangulaciones fueron asomando por el área del Rayo. La clave estuvo en la alta y ordenada presión que los hombres de Pellegrini comenzaron a realizar desde bien pronto y que no permitieron al Rayo una salida limpia del balón como a la que nos tiene acostumbrados. Fue en este punto cuando Baptista, que apareció desde atrás como un tren de mercancías, remató con el alma un nuevo centro maestro de Pedro Morales. El brasileño volvía a reencontrarse con el gol diecisiete meses después de aquella fabulosa chilena que puso en pie a La Rosaleda y dio tres puntos al Málaga frente al Getafe. Lo merecía, después de todo lo sufrido. El Málaga también, que volvía a saborear las mieles de la victoria liguera cinco jornadas después.

Pero al partido le faltaba un colofón. O mejor dicho, a Pedro Morales, héroe del partido, le faltaba lo más importante: hacer constar en la historia que en su mejor partido –hasta el momento– como malaguista, marcó un gol. Porque la historia es así de desagradecida, se acuerda de los goleadores pero pocas veces de los asistentes, aunque muchas veces éstos tengan más méritos que los otros. De cualquier forma y ante las dudas, el chileno hizo las dos cosas. Cogió el balón en la frontal y la cruzó con una violencia descomunal para dejar el partido visto para sentencia. Ni siquiera la estirada de Cobeño pudo evitar el bello tanto. Fue un obús. Ahora, las miradas se centran en el decisivo partido del miércoles frente al Borussia Dortmund. Todas. Incluida la del propio Morales, que lo verá desde la grada.

PabloG.

jueves, 14 de marzo de 2013

Soñando despiertos


En el partido más importante de su historia, el mejor Málaga de siempre entró en escena. Pasarán cien, mil años, y todavía se seguirá recordando aquella noche en la que una macroestructura de hormigón armado aparentemente inerte, gritó con una única y poderosa voz para hacer realidad el más dulce de los sueños. El Málaga está en cuartos porque al final sí que se pudo. Con el talento que caracteriza a este equipo, pasó por encima de un Oporto que se vio superado en el campo y en la grada por la desbordante ilusión del pueblo malaguista. Que todo un bicampeón de Europa, un equipo que hace apenas dos años alzó la Europa League se sintiera amedrentado en el césped de La Rosaleda sirve para hacerse una idea del ambiente que se vivió en el feudo malaguista. Y si no les sirve, déjenlo por imposible: esas sensaciones son indescriptibles.


Un fogonazo de Isco abrió el camino. Canalizó todas las emociones malagueñas en un precioso disparo que se coló por la escuadra de la portería de Helton. Fue la recompensa a un partido soberbio, de menos a más como el Málaga. Comenzó cohibido y agarrotado. No debe ser fácil llevar todo el peso de tu equipo en el momento crucial con veinte años. Pero pronto Joaquín se encargó de desatarle. El del Puerto fue un torbellino con el balón en los pies; un auténtico revolucionario que cambió el partido de cabo a rabo. Si hasta ese momento el Oporto, guiado por la paciencia y el talento de Moutinho, estaba siendo el fantástico equipo de la ida, la irrupción de Joaquín hizo que el Málaga explotara y que no soltara a su rival desde ese momento. La expulsión de Defour a los tres minutos de la reanudación fue el punto de inflexión del partido, ya sólo había un escenario posible: la victoria del Málaga. Y entonces, Santa Cruz remató con el alma un córner botado por Isco. El dos a cero subió al marcador y la locura se desató.


Jamás se había visto nada igual en La Rosaleda. Ni en ascensos, ni en permanencias. Ni en la mejor de las ocasiones la afición apretó y disfrutó como anoche. Ese bufandeo tras el segundo gol, ese himno cantado al unísono en los minutos finales… reflejaron a la perfección la esencia del fútbol, del deporte en general. Fueron un cúmulo de emociones concentrados en un espacio preciso, en un tiempo concreto y con un contexto inmejorable. El reflejo en el campo de lo vivido en las gradas fue Jesús Gámez. En el club desde niño, ayer traspasó con el equipo de su vida la frontera de los sueños. No notó el cansancio, no se resintió jamás del esfuerzo. La ilusión jugó por él. Cada internada suya por la banda, en sociedad con Joaquín, levantó al público y desmontó al Oporto. Tanto, que Vítor Pereira se vio obligado a introducir a Atsu en la banda izquierda para impedir –sin éxito– sus incorporaciones ofensivas.


Pero si el Málaga fue capaz de sostener el partido fue por su impecable labor defensiva, que dejó a cero al depredador Jackson Martínez, diluido entre la espesa tela de araña blanquiazul. Un sistema defensivo iniciado por Baptista en la mediapunta, desde la que pegado a Fernando fue capaz de evitar la fluidez en las transiciones portuguesas, y rematado por el seguro triunvirato formado por Weligton, Demichelis y Caballero. Precisamente fue desde la zona más retrasada donde el Málaga se hizo grande. Liderado por el mariscal Demichelis, el equipo fue adelantando líneas hasta embotellar definitivamente al Oporto. Mención aparte merecen Antunes, Iturra y Toulalan. El primero es un seguro de vida; el segundo, todo corazón; el tercero, un manual sobre fútbol. Entre el chileno y el francés anularon cualquier conato de revuelta portuense. Se dejaron la piel en el campo, cada uno con sus peculiaridades estilísticas y técnicas, pero con un trabajo sobresaliente.

¿Y qué queda ahora? Disfrutar. Disfrutar como nunca se ha hecho. Porque esto no se sabe cuándo se volverá a repetir. Estos cuartos de final ya son un extra, algo que minutos antes del partido muy pocos se imaginaban. Ahora llega el sorteo de la ilusión. Seguro que habrá bolas calientes, porque la del Málaga contendrá todo el orgullo, toda la esperanza y toda la ilusión de una ciudad y de una provincia que quiere llegar un poquito más lejos, dejar su huella en la historia del fútbol. La suerte está echada y el sueño continuará.

PabloG.