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sábado, 1 de febrero de 2014

El Barça se descalabra ante el Valencia

El Valencia de Pizzi dio la campanada en el Camp Nou (2-3) para dejar el liderato en el aire. Los ché, que no jugaron un partido excesivamente brillante, se impusieron a un Barcelona esperpéntico en defensa en el día en el que el coliseo azulgrana guardó luto en memoria de Luis Aragonés.


Con el corazón destrozado y el alma aún encogida, Barcelona y Valencia saltaron al Camp Nou para honrar la memoria de Luis Aragonés. El Sabio de Hortaleza pasó por ambos banquillos y dejó una huella imborrable, de modo que ese minuto de silencio, más corto de la cuenta, fue una forma poética de darle las gracias por tanto. Con Puyol en la grada e Iniesta en el campo, los focos se centraron en Xavi. Su gesto representaba a la perfección el sentir del fútbol español. De sentimiento profundo y sorpresa desmesurada. Todavía nadie se cree que Zapatones se haya ido para siempre. Xavi quedó huérfano, pues partió su maestro, aquel que le entregó el timón del fútbol cortito y al pie.

Sin embargo, el Barça no tenía cuerpo para homenajes. El encuentro, aunque precioso para el espectador, fue un suplicio para los blaugrana. Fue un partido de dos caras para ambos equipos: la bonita, la ofensiva; la fea, la defensiva. La bonita para el Barça fue la primera parte, en la que avasalló a su rival y sin embargo se fue al vestuario con el partido 1-1, muy probablemente de forma inmerecida. La fea, que más que eso fue horrorosa, llegó en la segunda mitad. Para el Valencia fue justo al contrario. Los hombres de Pizzi, sin hacer un partido excelso, supieron sobrevivir a los mejores minutos del Barcelona, empatar el partido en el primer descuido y aprovechar al máximo la decadencia defensiva de la zaga culé en la segunda mitad para llevarse la victoria.

El partido parecía seguir el guión con normalidad en los primeros minutos. El Barça arrasaba con Messi a la cabeza. El argentino ha mutado de repente de grandísimo goleador a grandísimo director de orquesta. Y el Barça lo agradece. Porque sigue siendo desequilibrante y además hace mejores a sus compañeros. Enriquece el fútbol del equipo. En una de las primeras acciones en las que le dejaron hacer, hizo. Se inventó un pase desde la izquierda para que Alexis rematara con la misma fortuna que espectacularidad y batiera a Diego Alves por alto.

Se gustaba el Barça, que quería hacer sangre a un frágil Valencia que se desarmaba en transición. Golpeaba una, y otra, y otra vez. Con Cesc descifrando el fútbol y Pedro como un auténtico puñal. Y golpear, golpear y golpear y volver a golpear, y golpear, y golpear, y golpear, parafraseando al mítico Luis. Pero los valencianos resistían de forma épica. Ayudó también la exhibición de reflejos de Diego Alves, salvador de su equipo en cada ocasión de peligro. Era lo único rescatable, junto a Feghouli, de un Valencia desmontado y sin rumbo.

Precisamente fue el argelino quien marcó el cambio de rumbo del partido. Se despegó por la banda otra vez, como ya lo había intentado un ciento de veces antes que esa. La diferencia fue que encontró compañía y el Valencia llegó hasta el fondo. Feghouli levantó la cabeza y vio llegar a Parejo desde atrás con ímpetu y se la regaló para que empatara el partido. Un pase de la muerte, como esos que se pusieron tan de moda en los 90.

El talento de Parejo guió al Valencia

El partido de hoy pasará a la historia como el del día en que Parejo devoró al centro del campo del Barcelona. El canterano madridista hizo su la parcela central del césped y se impuso con claridad primero a Xavi y Busquets, y luego también a Iniesta. Dio un auténtico recital de estrategia, de cómo organizar a un equipo para alcanzar la victoria sin ser brillante. Y lo sujetó con acierto durante todo el partido. Parejo se está erigiendo poco a poco en el líder de este nuevo Valencia de Pizzi. Por talento y por un carácter ganador que hasta ahora no había mostrado al máximo nivel de competición pero que se le presuponía en su brillante paso por las categorías inferiores de nuestro fútbol. Está ocupando ese vacío de liderazgo que acusaba la plantilla para empujar a su equipo hacia arriba.

Y entre un Parejo imperial y un Barça que se puso nervioso atrás, apareció Piatti de cabeza para hacer realidad todos los temores blaugrana. El argentino, con su metro sesenta y tres de altura, ya puede añadir a su currículum un gol de cabeza tanto al Madrid como al Barcelona esta temporada. Algo que no habla muy bien de ninguna de las dos defensas.

De poco sirvió el conato de resurrección culé, que alcanzó su pináculo con un gol de Messi de penalti tras una rigurosa mano de Ricardo Costa. Fue un espejismo. Seis minutos después el que marcaba era Paco Alcacer para confirmar el esperpento de la zaga del Barça: hizo un desmarque al primer palo que Piqué no entendió y remató a placer mientras el catalán giraba la cadera de manera extraña.


Para más inri, Jordi Alba se marchó a la caseta antes de tiempo, acabando con cualquier esperanza de remontada. Es la primera expulsión del Barcelona esta temporada y probablemente la más dolorosa, porque ocurrió justo el día menos oportuno. El día en que el Barça dejó en el aire su liderato con una surrealista segunda parte.

PabloG.

martes, 22 de octubre de 2013

Messi, un gigante en cuerpo enano

En un partido en el que el Barcelona continuó viviendo el síndrome de Pamplona, sólo la luz que aportó Messi –ni muchísimo menos a su mejor nivel– le permitió seguir en el partido. Sin espacios, el argentino hizo un gol y regaló varios balones de ensueño. Es increíble.


Por momentos, el aficionado culé que puso el Milan-Barça en la pantalla de su televisor tuvo miedo de que los que iban de rayas negras y rojas fuesen los jugadores de Osasuna disfrazados. Después descubrieron que no, que esto era mucho peor: estos eran italianos. Con el paso de los minutos, el Milan se iba cerrando cada vez más, para no dejar solo al pobre Amelia. Y para no dejar ni un huequecito al Barça, que necesita muy poco para fabricar un gol. Porque aparte de los Iniesta, Xavi, Neymar y compañía, tiene a Messi.

Al argentino le importa muy poco la táctica o la técnica del equipo rival, él sólo conoce del balón porque con él es el mejor. No está a su mejor nivel, porque últimamente las lesiones se han cebado con él como en los viejos tiempos. Pero aun así sigue siendo el más determinante, decisivo para el devenir del partido. Hoy aprovechó un error del Milan y un acierto de Iniesta para hacer un gol que pocos hubieran logrado. No había espacio y si dos gigantes que chocaron con él, pero consiguió mantener la verticalidad, armar la pierna y darle al Barcelona un poco más de tranquilidad.

Lo que hace Messi parece simple pero no lo es. Resiste cualquier tipo de impacto con una armadura que, en teoría, no está preparada para ello. Con 1, 69 metros de altura y 67 kilogramos de peso, Messi es imparable. Primero porque lleva la pelota siempre pegada al pie; después, porque sus piernas son tan fuertes que lo mantienen siempre arriba, sin importar la dureza del impacto o la envergadura del que impacta. Es algo sobrenatural. Hay muchos jugadores con esa extraña habilidad hoy en día: Agüero, Isco, Wilshere, Ribèry… pero ninguno le saca tanto partido como la Pulga.

Pero Messi no sólo marca goles y resiste contactos incluso cuando su estado físico no es óptimo. También sigue siendo bueno en lo que desde pequeñito fue su mejor virtud: ver la rendija que nadie más es capaz de percibir. Así estuvo a punto de llegar el desempate, pero Adriano falló en el último instante. Y es que Messi no sólo remata los partidos con pinceladas magistrales; su dibujo de las jugadas es académico.

Sus habilidades y su juego son únicos y es un privilegio ver jugar a este futbolista, porque es irrepetible. Ahora es el tiempo de Messi, como en su momento lo fue de Cruyff, de Maradona, de Beckenbauer, de Di Stéfano o de Pelé. Lo que hace sobre el césped es magia, pura fantasía al servicio del fútbol. Y nuestros ojos son testigos de algo tan inmenso que se escapa a las palabras.

Todo ello lo hizo enmarcado dentro de una tela de araña roja y negra, a años luz de su mejor nivel físico y en uno de los campos más complicados del mundo. Todo, en un partido en el que el Barça fue menos Barça que nunca. Leo, ¿hasta dónde eres capaz de llegar?

PabloG.

jueves, 10 de enero de 2013

El rey del fútbol


16 de noviembre de 2003. En el partido de inauguración del Estadio do Dragão de Oporto, un joven futbolista de apenas dieciséis años llamado Leo Messi debuta con el primer equipo del Fútbol Club Barcelona.

16 de octubre de 2004. Once meses después de debutar con el primer equipo culé, Messi se estrena en liga en Montjuic durante los minutos finales de un derbi contra el Espanyol que el Barcelona terminó ganando por 0-1.

1 de mayo de 2005. Tras un pase magistral de Ronaldinho, Messi conecta una sensacional vaselina que se transforma en su primer gol como profesional después de batir a Valbuena, portero del Albacete.

11 de marzo de 2007. Leo Messi se destapa con un apoteósico hat-trick en el Camp Nou frente al Real Madrid. Su estratosférica actuación permitió al Barcelona conseguir un valiosísimo empate contra su eterno rival, líder destacado de la clasificación. Ese día y en ese preciso instante nació el mayor mito de la historia del fútbol.


No debe ser fácil abandonar tu casa con 13 años rumbo a una ciudad desconocida. Leo dejó Argentina para convertirse en futbolista, pero su historia escondía una particularidad que la hacía aún más entrañable: estaba enfermo. Sufría una deficiencia en la hormona del crecimiento, un problema que, entre otras cosas, le impedía que su cuerpo se desarrollara con normalidad. Ningún equipo de su país se ofreció a costear el complejo tratamiento, a pesar de que algunos como River Plate quedaron enamorados de su manera de jugar. Pero entonces, Carles Rexach, director técnico del Barcelona, tomó una de las decisiones más arriesgadas de su carrera: fichar a Messi, llevarlo junto a toda su familia a Barcelona y pagar su tratamiento.

La apuesta no pudo salir de mejor manera. El argentino fue creciendo sin prisa pero sin pausa tanto física como futbolísticamente. Se fue haciendo un nombre en el Barcelona junto a las grandes estrellas del momento. Deco, Ronaldinho, Eto’o, Belletti, Larsson… todos lo arroparon. Algunos, como en el caso de Deco y ‘Dinho’, hasta lo llevaban a entrenar. Hasta Giuly, el gran perjudicado por la irrupción de Messi, le tenía cariño. Sabían lo que se avecinaba; que ese menudo y veloz futbolista no era de este planeta. Bajo la dirección del holandés Frank Rijkaard, los títulos se fueron sucediendo: dos ligas, dos supercopas de España, una Champions. El Barça enamoraba con su juego, Ronaldinho era el héroe de toda una generación culé y Messi comenzaba a asomar la cabeza en el panorama futbolístico mundial. Con el Golden Boy en sus manos, el fútbol le entregaba la llave de la historia.


Su calidad siempre ha estado fuera de toda duda, pero lo que realmente ha definido –y seguirá definiendo– la carrera de Messi ha sido su capacidad para reinventarse. Nunca se ha conformado y siempre ha querido más. Comenzó jugando de extremo derecho y sus diagonales eran una auténtica pesadilla. Era demasiado rápido y ágil para ser parado en carrera. Gustaba de conducir siempre en busca del perfil idóneo para disparar o asistir. Por su manera de encarar, su talento, su imprevisibilidad y, por supuesto, su origen, comenzó a ser apodado “el nuevo Maradona”. No hacía demasiado Leo por evitarlo. Su desmesurado gol frente al Getafe llevó la comparación hasta cotas hasta entonces insospechadas. Pero hoy en día poco queda de aquel muchacho imberbe que con diecinueve años provocó la expulsión de Del Horno y la ira de Mourinho el 22 de febrero de 2006.

Ahora Messi es otro tipo de futbolista, más incisivo y más letal. La bandera del Fútbol Club Barcelona y la luz que guió la transición desde la ‘era Rijkaard’ hasta el fútbol total. Guardiola se atrevió a centrar su posición y el rendimiento de Messi se disparó. Sería difícil encasillarlo dentro de una posición concreta, indicativo de que, como los grandes de la historia, Messi sólo entiende de tener el balón en los pies. El 2-6 cosechado por el Barcelona en el Santiago Bernabéu el 2 de mayo de 2009 supuso algo más que la mayor victoria posible frente al eterno rival: allí murió “el nuevo Maradona” y nació Leo Messi. El fútbol comprendió que no existen etiquetas para un futbolista inclasificable y que el posterior ‘sextete’ –Copa del Rey, Liga, Champions, Supercopa de España, Supercopa de Europa y Mundialito de Clubes– no era más que la consecuencia lógica de tener en el campo a semejante monstruo futbolístico.

Messi es el futbolista total. Es capaz de crear la jugada, elaborarla y definirla con la misma soltura; sabe posicionarse perfectamente en el campo y sacar el máximo provecho tanto de los aciertos de su equipo como de los fallos del rival; se implica en defensa y no le cuesta perseguir a su par hasta campo propio si fuera necesario; es un virtuoso técnico, lo que sumado a su altísima punta de velocidad lo hacen imparable una vez iniciada la carrera. Y, sobre todo, es eficaz de cara a portería. Probablemente, jamás en la historia del fútbol haya existido un delantero tan eficaz como el ‘10’ del Barça. Es el máximo goleador histórico del Barcelona, el octavo máximo goleador de la historia de la Liga, ganador dos veces de la Bota de Oro -2010 y 2012– y sus números realmente asustan: 289 goles en sus 356 partidos como profesional de los que 36 de ellos los ha anotado en los 27 encuentros que ha disputado esta temporada. Además, ha destrozado el récord de ochenta y cinco goles del ‘Torpedo’ Müller en un año natural con una marca de noventa y una dianas.


7 de enero de 2013. Con veinticinco años, Lionel Messi conquista su cuarto balón de Oro consecutivo, hecho sin precedentes a lo largo de la historia del fútbol. Supera de este modo los tres galardones obtenidos por tres grandes mitos como Cruyff, Platini y Van Basten. El fútbol ya tiene a su indiscutido rey.

PabloG.