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sábado, 1 de febrero de 2014

El Barça se descalabra ante el Valencia

El Valencia de Pizzi dio la campanada en el Camp Nou (2-3) para dejar el liderato en el aire. Los ché, que no jugaron un partido excesivamente brillante, se impusieron a un Barcelona esperpéntico en defensa en el día en el que el coliseo azulgrana guardó luto en memoria de Luis Aragonés.


Con el corazón destrozado y el alma aún encogida, Barcelona y Valencia saltaron al Camp Nou para honrar la memoria de Luis Aragonés. El Sabio de Hortaleza pasó por ambos banquillos y dejó una huella imborrable, de modo que ese minuto de silencio, más corto de la cuenta, fue una forma poética de darle las gracias por tanto. Con Puyol en la grada e Iniesta en el campo, los focos se centraron en Xavi. Su gesto representaba a la perfección el sentir del fútbol español. De sentimiento profundo y sorpresa desmesurada. Todavía nadie se cree que Zapatones se haya ido para siempre. Xavi quedó huérfano, pues partió su maestro, aquel que le entregó el timón del fútbol cortito y al pie.

Sin embargo, el Barça no tenía cuerpo para homenajes. El encuentro, aunque precioso para el espectador, fue un suplicio para los blaugrana. Fue un partido de dos caras para ambos equipos: la bonita, la ofensiva; la fea, la defensiva. La bonita para el Barça fue la primera parte, en la que avasalló a su rival y sin embargo se fue al vestuario con el partido 1-1, muy probablemente de forma inmerecida. La fea, que más que eso fue horrorosa, llegó en la segunda mitad. Para el Valencia fue justo al contrario. Los hombres de Pizzi, sin hacer un partido excelso, supieron sobrevivir a los mejores minutos del Barcelona, empatar el partido en el primer descuido y aprovechar al máximo la decadencia defensiva de la zaga culé en la segunda mitad para llevarse la victoria.

El partido parecía seguir el guión con normalidad en los primeros minutos. El Barça arrasaba con Messi a la cabeza. El argentino ha mutado de repente de grandísimo goleador a grandísimo director de orquesta. Y el Barça lo agradece. Porque sigue siendo desequilibrante y además hace mejores a sus compañeros. Enriquece el fútbol del equipo. En una de las primeras acciones en las que le dejaron hacer, hizo. Se inventó un pase desde la izquierda para que Alexis rematara con la misma fortuna que espectacularidad y batiera a Diego Alves por alto.

Se gustaba el Barça, que quería hacer sangre a un frágil Valencia que se desarmaba en transición. Golpeaba una, y otra, y otra vez. Con Cesc descifrando el fútbol y Pedro como un auténtico puñal. Y golpear, golpear y golpear y volver a golpear, y golpear, y golpear, y golpear, parafraseando al mítico Luis. Pero los valencianos resistían de forma épica. Ayudó también la exhibición de reflejos de Diego Alves, salvador de su equipo en cada ocasión de peligro. Era lo único rescatable, junto a Feghouli, de un Valencia desmontado y sin rumbo.

Precisamente fue el argelino quien marcó el cambio de rumbo del partido. Se despegó por la banda otra vez, como ya lo había intentado un ciento de veces antes que esa. La diferencia fue que encontró compañía y el Valencia llegó hasta el fondo. Feghouli levantó la cabeza y vio llegar a Parejo desde atrás con ímpetu y se la regaló para que empatara el partido. Un pase de la muerte, como esos que se pusieron tan de moda en los 90.

El talento de Parejo guió al Valencia

El partido de hoy pasará a la historia como el del día en que Parejo devoró al centro del campo del Barcelona. El canterano madridista hizo su la parcela central del césped y se impuso con claridad primero a Xavi y Busquets, y luego también a Iniesta. Dio un auténtico recital de estrategia, de cómo organizar a un equipo para alcanzar la victoria sin ser brillante. Y lo sujetó con acierto durante todo el partido. Parejo se está erigiendo poco a poco en el líder de este nuevo Valencia de Pizzi. Por talento y por un carácter ganador que hasta ahora no había mostrado al máximo nivel de competición pero que se le presuponía en su brillante paso por las categorías inferiores de nuestro fútbol. Está ocupando ese vacío de liderazgo que acusaba la plantilla para empujar a su equipo hacia arriba.

Y entre un Parejo imperial y un Barça que se puso nervioso atrás, apareció Piatti de cabeza para hacer realidad todos los temores blaugrana. El argentino, con su metro sesenta y tres de altura, ya puede añadir a su currículum un gol de cabeza tanto al Madrid como al Barcelona esta temporada. Algo que no habla muy bien de ninguna de las dos defensas.

De poco sirvió el conato de resurrección culé, que alcanzó su pináculo con un gol de Messi de penalti tras una rigurosa mano de Ricardo Costa. Fue un espejismo. Seis minutos después el que marcaba era Paco Alcacer para confirmar el esperpento de la zaga del Barça: hizo un desmarque al primer palo que Piqué no entendió y remató a placer mientras el catalán giraba la cadera de manera extraña.


Para más inri, Jordi Alba se marchó a la caseta antes de tiempo, acabando con cualquier esperanza de remontada. Es la primera expulsión del Barcelona esta temporada y probablemente la más dolorosa, porque ocurrió justo el día menos oportuno. El día en que el Barça dejó en el aire su liderato con una surrealista segunda parte.

PabloG.

lunes, 27 de enero de 2014

Después de la tormenta siempre llega Messi

El Barça supo reponerse a los duros golpes recibido durante la semana y vencer a un laborioso Málaga (3-0) que se desinfló a los cuarenta minutos. Con un gran Xavi al mando de las operaciones y con un Messi entonado, el Camp Nou disfrutó del fútbol.


Un huracán sacudió al Barcelona esta semana y lo hizo trizas por dentro. Otro, esta vez futbolístico, reparó los daños más superficiales. El Barça demostró que lo que ocurre en los despachos influye muy poco a lo que se desarrolla en el campo. Y que sigue siendo un rival temible. Piqué, Pedro y Alexis sentenciaron a un Málaga que aguantó el tipo durante cuarenta minutos, pero que poco a poco se fue desinflando e hincando la rodilla. Tres jugadores a los que cada vez sorprende menos ver marcar. Suman entre ellos veintiocho goles en liga esta temporada.

Xavi Hernández tomó las riendas del equipo para dirigirlo a una de las victorias más importantes de su historia. Una victoria de estabilidad en un partido que le sirvió para reivindicarse. Justo el día que su casa lo homenajeaba por sus más de 700 partidos de azulgrana. Justo cuando más se le necesitaba. El egarense exhibió clarividencia y sus estímulos al juego fueron respondidos por la electricidad de Messi y la precisión de Fàbregas, actores principales en las jugadas de los goles del Barça.

El partido estuvo desequilibrado desde el primer momento. El Málaga conocía a la perfección sus opciones y su rol en el partido. Dedicaron todo su esfuerzo a mantener el orden defensivo y achicar espacios ante cada envite culé. Y no salió del todo mal. Es más, Valdés tuvo que emplearse a fondo en un par de ocasiones para que la calma reinara en Can Barça. Pero entonces el partido se rompió definitivamente. Santa Cruz, el guerrero más fiero de la plantilla de Schuster, tuvo que abandonar el campo lesionado. Y el plan se vino abajo. Adiós a la intensidad en la presión y a la salida larga. El Málaga necesitaba generar peligro desde atrás y se perdía. Y concedía terreno al Barcelona.

Para ese entonces Alexis ya había estrellado un tiro al poste, pero el león culé no estaba más que enseñando los dientes. Fue un poco más tarde cuando ya se abalanzó definitivamente. Y los goles se sucedieron, porque la situación era propicia. Xavi campaba a sus anchas por el medio, Cesc movía el balón entre líneas y Messi recibía lejos de la portería para arrancar con violencia. El primero llegó en un saque de esquina pésimamente defendido por la zaga malaguista que Piqué envió al fondo de las mallas sin acelerarse demasiado. Tuvo todo el tiempo del mundo.

Y fue entonces cuando comenzó el auténtico recital de Messi. El argentino estuvo mucho tiempo agazapado, enredado en la tela de araña que propuso Schuster. Cada vez que recibía, cuatro jugadores blanquiazules lo envolvían. Hasta que dijo basta. Abandonó su posición habitual y desde donde quiso se puso a crear. Y a bailar en medio del caos. Una y dos arrancadas. Lo suficiente para descolocar a la defensa rival y generar dos goles más, obra de Alexis y Pedro. El del canario, una delicia: sin apenas espacio y en un movimiento vertiginoso, sentó a Angeleri y la puso imposible para Caballero, héroe malaguista pero en el fondo también humano.


Con ritmo y ocasiones el Barça, que fue otra vez el Barça de Xavi y Messi, venció al Málaga. Aparcaron la crisis institucional para centrarse en el fútbol. Y cuando la pelota está por medio, el Barcelona casi siempre sale ganando. Marcaron tres goles y abrazaron de nuevo el liderato. Al final, esto es lo que importa.

PabloG.

martes, 22 de octubre de 2013

Messi, un gigante en cuerpo enano

En un partido en el que el Barcelona continuó viviendo el síndrome de Pamplona, sólo la luz que aportó Messi –ni muchísimo menos a su mejor nivel– le permitió seguir en el partido. Sin espacios, el argentino hizo un gol y regaló varios balones de ensueño. Es increíble.


Por momentos, el aficionado culé que puso el Milan-Barça en la pantalla de su televisor tuvo miedo de que los que iban de rayas negras y rojas fuesen los jugadores de Osasuna disfrazados. Después descubrieron que no, que esto era mucho peor: estos eran italianos. Con el paso de los minutos, el Milan se iba cerrando cada vez más, para no dejar solo al pobre Amelia. Y para no dejar ni un huequecito al Barça, que necesita muy poco para fabricar un gol. Porque aparte de los Iniesta, Xavi, Neymar y compañía, tiene a Messi.

Al argentino le importa muy poco la táctica o la técnica del equipo rival, él sólo conoce del balón porque con él es el mejor. No está a su mejor nivel, porque últimamente las lesiones se han cebado con él como en los viejos tiempos. Pero aun así sigue siendo el más determinante, decisivo para el devenir del partido. Hoy aprovechó un error del Milan y un acierto de Iniesta para hacer un gol que pocos hubieran logrado. No había espacio y si dos gigantes que chocaron con él, pero consiguió mantener la verticalidad, armar la pierna y darle al Barcelona un poco más de tranquilidad.

Lo que hace Messi parece simple pero no lo es. Resiste cualquier tipo de impacto con una armadura que, en teoría, no está preparada para ello. Con 1, 69 metros de altura y 67 kilogramos de peso, Messi es imparable. Primero porque lleva la pelota siempre pegada al pie; después, porque sus piernas son tan fuertes que lo mantienen siempre arriba, sin importar la dureza del impacto o la envergadura del que impacta. Es algo sobrenatural. Hay muchos jugadores con esa extraña habilidad hoy en día: Agüero, Isco, Wilshere, Ribèry… pero ninguno le saca tanto partido como la Pulga.

Pero Messi no sólo marca goles y resiste contactos incluso cuando su estado físico no es óptimo. También sigue siendo bueno en lo que desde pequeñito fue su mejor virtud: ver la rendija que nadie más es capaz de percibir. Así estuvo a punto de llegar el desempate, pero Adriano falló en el último instante. Y es que Messi no sólo remata los partidos con pinceladas magistrales; su dibujo de las jugadas es académico.

Sus habilidades y su juego son únicos y es un privilegio ver jugar a este futbolista, porque es irrepetible. Ahora es el tiempo de Messi, como en su momento lo fue de Cruyff, de Maradona, de Beckenbauer, de Di Stéfano o de Pelé. Lo que hace sobre el césped es magia, pura fantasía al servicio del fútbol. Y nuestros ojos son testigos de algo tan inmenso que se escapa a las palabras.

Todo ello lo hizo enmarcado dentro de una tela de araña roja y negra, a años luz de su mejor nivel físico y en uno de los campos más complicados del mundo. Todo, en un partido en el que el Barça fue menos Barça que nunca. Leo, ¿hasta dónde eres capaz de llegar?

PabloG.

domingo, 13 de octubre de 2013

Cesc Fàbregas, el multiusos

El catalán es un futbolista con problemas de identidad. No sabe muy bien si es centrocampista o delantero. Y además tiende a la desconexión. Pero en forma deja a la vista su naturaleza: incontrolable, como su fútbol, que sirve lo mismo para un roto que para un descosido.


Hasta pocas horas antes del comienzo del partido iba a ser la referencia ofensiva de España. Después, durante el transcurso del partido, fue el que trató de encender las luces en la oscuridad que propuso Bielorrusia desde el centro del campo. Ese es el sino de Cesc Fàbregas, un futbolista que  hace de todo y todo lo hace bien. Un multiusos al que muy pocas veces se le reconoce su esfuerzo: rinde muy bien arriba sin ser delantero pero se le achaca que le falta gol; crea y llega al área con frecuencia jugando como interior pero se habla de su fragilidad defensiva. Y mientras tanto, Cesc sigue a lo suyo.

Es propenso a la desconexión. Se nubla, aparecen nubarrones sobre su cabeza y nada le sale bien. Prácticamente se deprime sobre el césped. Durante ciertos tramos de la temporada no existe Cesc Fàbregas. Su cabeza sigue procesando a cien mil revoluciones por segundo, pero sus piernas no le responden, no ejecutan los planes que maquina con esmero. Le ocurre desde que era pequeño y un genio alsaciano decidió llevárselo a Londres. Y es increíble que aún le siga ocurriendo: ha progresado tantísimo como futbolista en tan poco tiempo que sorprende que aún no haya pulido ese aspecto.

Cuando se fue al Arsenal, Fàbregas era un diamante en bruto. Un constructor de juego excelente con una visión de juego privilegiada pero con graves problemas de mentalidad. Partidos brillantes y desastrosos a partes iguales, pero su talento estaba ahí. El Barça no se atrevió a conservarlo y acabó en la city.
Fue subiendo peldaños de cinco en cinco. Pronto se convirtió en la mayor promesa del club gunner y su debut en el primer equipo no se hizo esperar: se produjo con 16 años y 177 días. La marcha de Vieira le dio las llaves de la titularidad y la eliminatoria de Champions frente al Real Madrid de la temporada 2005/06 marcó un antes y un después. El Arsenal perdió la final de ese torneo contra el Barcelona en París y Cesc dio un paso al frente como estandarte del grupo junto a Henry.

En los años siguientes, en medio de la decadencia londinense, Cesc agrandó aún más su figura. Era un futbolista mucho más maduro, más responsable y, a la vez, más arriesgado con el balón. Wenger comprendió la evolución del de Arenys de Mar y lo rescató del inicio de la jugada para acercarlo cada vez más al área. Se destapó como líder y sus registros goleadores se dispararon. Sólo un pero: se desconectaba.
Cesc, que dejó seca la fuente de conocimiento de Wenger, aceptó la oferta que el Barcelona hizo por repatriar a su hijo pródigo en busca de nuevos retos. Y Guardiola revolucionó su manera de jugar. Entendió que su progresión lógica era acabar como delantero, pero no un delantero centro al uso, un delantero móvil y generoso. Fàbregas pasó de mediocentro a delantero en apenas cinco temporadas y con sólo 24 años. Asimiló los conceptos de todas las posiciones que ocupó y se erigió como un futbolista completísimo, pero innegablemente indefinido.

Cuando uno se refiere a Cesc Fàbregas no sabe si habla de un mediapunta, de un interior, de un falso delantero o de un mediocentro. Juega de maravilla en todas esas posiciones, pero no está encasillado en ninguna. Sirve para desatascar arrancando desde atrás o para continuar la jugada apareciendo desde arriba. Es muy útil cuando el ataque posicional se atasca y cuando el partido necesita de un golpe que lo decida.
Hoy mostró muchas de sus virtudes en un partido muy poco propenso al lucimiento. Apareció en el área cada vez que tuvo ocasión y aportó en la elaboración de la interminable jugada. No jugó de falso delantero, sino que lo hizo de Cesc Fàbregas. Porque su fútbol es tan incontrolable como su talento, que lo mismo sirve para golear que para elaborar.

Desde que regresó a España, pocas veces se ha sido justo con Cesc Fàbregas. Se han exagerado sus carencias y empequeñecido sus virtudes. Sobre todo, la más grande que tiene: cuando se desconecta es el que más trabaja del equipo. Lo hace arriba, en el centro o cerca de la banda. Porque Cesc, aunque todavía no sepamos de qué clase de futbolista se trata, es un multiusos. Y no uno cualquiera: su calidad es exquisita.

PabloG.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Gerard Piqué, principio y fin de una filosofía

No hay un futbolista más apto para el Barça que él. Ni Xavi, ni Iniesta, ni Messi. Ni siquiera Guardiola representaba tanto a un estilo como él lo hace. Es el principio y, muchas veces, el fin de la jugada. Es talento puro. Es el que da sentido al juego. Es, simplemente, Gerard Piqué.


La última temporada que estuvo a las órdenes de Guardiola no lo pasó bien: se le criticó por ser defensivamente blando, lento y por no estar implicado con el equipo. No se rindió. Ya el año pasado, con Tito a los mandos del bólido culé, la cosa fue distinta. Intermitentemente volvió a ser a ese Piqué que asombró al mundo durante la campaña del triplete. Ese central elegante y majestuoso con el balón en los pies con un altísimo coeficiente intelectual futbolístico para corregir los fallos de sus compañeros y desmontar los ataques rivales. Pero ese era el problema: aparecía a ratos.

Este año, sin embargo, parece más maduro. Sin lugar a dudas se siente mucho más cómodo dentro del sistema de presiones altas y defensas fuertes que propone el Tata. Se siente de nuevo el jefe. Ordena, corrige y, sobre todo, inicia.

Su técnica depuradísima le permite ser impecable en la salida de balón y encender la maquinaria azulgrana. No duda, no le tiembla el pulso. Prioriza el pase corto: en vertical buscando a Busquets; en horizontal buscando a Mascherano, su pareja de baile más habitual en los últimos tiempos. Y cuando lanza en largo es peligro seguro. Es más, reclamaba esta semana tener más libertad para hacerlo al decir que el Barça se estaba convirtiendo en esclavo del tiki taka. Porque Piqué, que es inteligente, sabe que jugar en largo no es perder la esencia. De hecho, en aquella explosión de fútbol que fue el Barça de Cruyff, un recurso recurrente era el guante en la pierna derecha de Koeman.

Y es que aunque Piqué es cruyffista, tuvo que hacerse hombre en Inglaterra. Cuando llegó a Manchester como una de las mayores promesas de la cantera barcelonista se dio cuenta que poco o nada de lo aprendido le iba a servir allí. Él mismo reconoció posteriormente ser “una madre” defendiendo. Y no exageraba. A Ferguson le costó cielo y tierra hacerlo a la Premier y a Europa y ni siquiera en su plenitud fue de sus predilectos. En cierto modo, era normal. Demasiado fino para las islas, demasiado elegante para un fútbol tan brutal.


Regresó a Barcelona y Guardiola lo puso en órbita. Se hizo dueño del primer pase y llevó a ese glorioso equipo a la eternidad a pulso con el resto de sus compañeros. Todo ello antes de que la crítica se le echara encima. Una crítica que quizá no tuvo en cuenta una cosa: el ojo humano se acostumbra demasiado pronto a lo bueno. Si Piqué no hubiera aterrizado en Barcelona con tantísimo brillo no se le hubiera despedazado como se hizo. Pero es fuerte, y contextualizado correctamente de nuevo lo está demostrando. Aún es pronto para hacer grandes valoraciones, pero Piqué está en la senda de ser lo que fue. Con un pase corto soberbio y un pase largo perfecto. Rápido otra vez y bien colocado siempre. Hoy volvió a marcar porque tiene alma de delantero. Que no se olvide: es principio y fin. Es la esencia de la filosofía culé.

PabloG.

martes, 16 de julio de 2013

Genio

Ayer –a una hora no muy recomendable, por cierto– Canal Plus Liga de Campeones pasó el partido que disparó definitivamente al Barça a conseguir su segunda Champions. Se jugó en San Siro y lo decidió un golazo de Giuly. Sólo llegué para ver la segunda parte, y por alguna razón que ya he olvidado Deco no disputó ese partido, Oleguer ocupaba el lateral derecho del Barcelona, y Cafú y Maldini no entraron hasta los minutos finales. Sin embargo fue una batalla táctica, técnica, física y psicológica que  los azulgrana vencieron con un facilidad pasmosa. Recuerdo que disfruté mucho ese partido en su momento, no obstante se enfrentaban los dos equipos que más me marcaron en mi infancia: el Milan de Ancelotti y el Barça de Rijkaard.


El Barça de Rijkaard fue muy importante para mí. Ha sido el único equipo capaz de provocarme sentimientos casi equiparables a los que me provocaba el equipo de mi corazón, el Málaga. Después llegó a mi vida el Borussia Dortmund, pero las sensaciones son diferentes,  más racionales, más filosóficas, menos viscerales y a pesar de todo más intensas. Lo que sentía por ese Barça era absoluta admiración. Era un equipo infinitamente mejorable y el tiempo lo demostró, pero era más espontáneo, más directo e incluso más mágico que todo lo que vino después. En definitiva, más entrañable. Recuerdo que por aquel entonces solía defender con firmeza ante mi padre que ese equipo estaba a la altura del Dream Team. En cierto modo era un iluso, pero era lógico: se trataba de un choque entre mi fútbol y el suyo. Y eso significaba que algo estaba cambiando, que por fin había un equipo de referencia en el nuevo siglo. Después Guardiola se encargó de cerrar definitivamente el debate.

Pero si un elemento definía a ese equipo, más que Rijkaard era Ronaldinho. Él se encargó de devolver al Barcelona al primer plano del fútbol mundial. Él, con su magia, devolvió la ilusión al barcelonismo, a los amantes del fútbol en general. Porque Ronaldinho antes que futbolista era un mago. Y ayer casi al amanecer del siguiente día pude reafirmarme en la idea que me acompañó durante mis años en el colegio, en los que soñaba ser como él y lo imitaba en el recreo. El partido de Milán fue muy cerrado, con marcajes de tres y cuatro jugadores sobre el brasileño, pero terminó decidiendo el partido. Escondiendo el balón, tumbó a Gatusso y le regaló el gol de la victoria a Giuly con un envío magistral. A la contra, supo arreglárselas de maravilla para driblar a Nesta y ponérsela imposible a Dida; sólo el palo evitó el segundo del Barcelona. Cada vez que tocaba el balón el 10 del Barça, el fútbol se contagiaba de su sonrisa.

Ronaldinho era mi héroe. Jamás he vuelto a experimentar nada parecido con un futbolista y muy probablemente jamás lo volveré a sentir. Porque jamás volverá a aparecer un fenómeno como él. Nunca volveremos a ver un fútbol tan alegre, tan espontáneo, tan identificativo. Un genio. Tuve la suerte de verlo tres veces en directo, una de ellas en el Camp Nou. Y mereció la pena. Sobre todo porque después de esa última y mágica vez en la que tuve contacto casi directo con mi ídolo, su carrera empezó a caer en picado. ¿Qué hubiera sido de Ronaldinho si se hubiera dedicado cien por cien al fútbol? Nunca lo sabremos. Y yo al menos, no lo quiero saber. Me quedo con su talento, con los sentimientos que me despertaba, con esa admiración tan profunda. Con el eterno 10 del Barça.


PabloG.

miércoles, 13 de marzo de 2013

Fin de ciclo


Un vendaval de fútbol, una vuelta a los orígenes era lo que hacía falta al Barcelona para acabar con el ciclo más negro que ha atravesado desde que en el verano de 2008 Pep Guardiola configurara un equipo de leyenda que acabó conquistando el Sextete. Un ciclo que comenzó a fraguarse en el Barça-Málaga de la ida de los cuartos de final de la Copa del Rey y que hoy ha mostrado su último capítulo; un ciclo que puso en cuestión a un bloque otrora incuestionable. La goleada fue épica, así como el transcurso de la misma. Una idea clara con un objetivo concreto: la remontada con el balón en los pies. Agresividad, descentralización y democracia futbolística. Y como premio los cuartos de final de la mejor competición del mundo. Ha vuelto el Barça, ha vuelto el fútbol.


¿Y si el fútbol en realidad fuera tan fácil como lo han hecho hoy los jugadores azulgrana? Más de un ataque cardíaco se hubiera evitado. El partido fue matemáticamente perfecto. Y cuando uno más uno son dos, Messi es el rey. El argentino fue el epicentro de ese terremoto futbolístico llamado Fútbol Club Barcelona. Se movió entre líneas, se asoció con facilidad sin ofuscarse en la jugada del siglo e hizo dos goles. En definitiva, no esperó que el balón fuese hacia él todo el rato, sino que él buscó el balón cuando el equipo lo necesitaba. El resultado no pudo ser mejor: dos goles que pusieron el partido de cara al filo del descanso. Eso sí, en la jugada inmediatamente anterior al segundo tanto culé, el sueño de la remontada pudo irse a pique. La tuvo Niang, solo frente a Valdés en una jugada que recordó mucho a la vaselina de Ramires que sentenció al Barça el año pasado, pero su tiro se topó con el poste. El Espíritu Santo, que no hizo acto de presencia en el Cónclave, se dio una vuelta para el Camp Nou y permitió a los catalanes seguir soñando.


Y aunque Messi dominara el partido a sus anchas, el gran vencedor del partido fue David Villa. El Guaje dio un golpe sobre la mesa y gritó bien fuerte que está de vuelta. Se desfondó sobre el césped presionando, abrió los espacios para las llegadas de sus compañeros y cerró su partido con el tercer gol de su equipo, el que le daba la momentánea clasificación. No se lo pensó: tras la extraordinaria recuperación de Mascherano y el fenomenal pase de Xavi, controló, miró a portería y la clavó en la escuadra con la clase que le caracteriza a la hora de definir. Celebró con rabia para quitarse esa losa que injustamente se le ha puesto encima. Si Villa está fino, no hay nadie que pueda realizar mejor su función en este equipo.


Pero el motor de este Barcelona, el único futbolista que no desfallece jamás y que por sí sólo es capaz de levantar al equipo sea cual sea la adversidad, tiene nombre y apellidos: Andrés Iniesta Luján. Se le está pegando el liderazgo de la vieja guardia, de esos eternos Xavi y Puyol que tanto han regalado a este equipo. Eso sólo puede ser bueno. Si al talento incombustible de Andrés le sumamos la capacidad de echarse al equipo a la espalda –y qué equipo–. Tenemos al futbolista perfecto. Y si no lo es, hoy se le pareció muchísimo. Omnipresente, se erigió como el gran recuperador del equipo para después dar un trato exquisito al balón robado. Fue una delicia verlo dirigir cada movimiento del Barça, cada puñalada que los culés asestaban a un impasible Milan. Pero siempre suave, sin alterarse demasiado ni tampoco al partido. Repartió el juego como la dulce chiquilla que reparte claveles en la plaza del centro. Divertido y divirtiendo, Iniesta demostró que no tiene parangón en la zona de tres cuartos: nadie en el mundo ni es, ni ha sido capaz de hacer lo que él hace.

Así llegó el Barcelona a los minutos finales, unos minutos que pudieron enturbiar el agua cristalina que brotó de su juego. Algunos despistes defensivos, unos más graves que otros, a punto estuvieron de dejar en nada la dulce remontada que fraguaron los de Roura con Tito en la cabeza. Pero entonces, Robinho realizó la jugada más absurda que se recuerda a estas alturas de competición. Si Iniesta dirigió con excelencia al Barça, ni el manchego pudo hacerlo mejor que el brasileño en la última jugada del partido: falta a favor del Milan, un gol les hubiera dado el pase a cuartos. Robinho coge el balón y manda a todo su equipo al remate, sabe lo que se juegan. De repente intenta jugarla en corto y la pierde, cavando de este modo la tumba europea de un triste Milan. Corrieron Messi, Alexis y Jordi Alba a la contra, el primero para el segundo y el segundo cruzado para el tercero. Como si de un déjà vu se tratase, el catalán volvió a batir por bajo a un portero italiano para poner el 4-0 en el marcador. Esta vez no regaló al Barça un título, pero le dio algo que, a la larga, puede llegar a ser mucho más importante. Hoy si se puede decir alto y claro: el Barça ha cerrado un ciclo.

PabloG.

sábado, 2 de marzo de 2013

Fracaso


En el Clásico menos brillante de la historia reciente, el Real Madrid volvió a tumbar merecidamente al Barcelona. Dos puñaladas y noventa minutos, de los cuales más de sesenta fueron altamente tediosos, sirvieron para poner de manifiesto nuevamente lo que lleva algún tiempo siendo evidente: los hombres de Roura no están a la altura de las circunstancias. Esta vez, ni frente al Madrid menos poderoso y más rácano de la temporada, fueron capaces de inquietar más allá de diez minutos. Un logro, por otra parte. Hasta ese momento, el empeño de Morata ya había propiciado el primer gran agujero en la defensa azulgrana, coronado con el remate a bocajarro y libre de marca de Benzema. Después, la entrada de Cristiano Ronaldo rompió definitivamente a un equipo que se vio completamente superado al más mínimo movimiento agresivo del Madrid. Ramos se elevó de nuevo solo, como ya hiciera Varane en los dos últimos duelos entre ambos equipos, para que el Barça tocase fondo. Ahora sólo queda ver si se mantiene en las profundidades o sale a flote antes del decisivo duelo ante el Milán. El optimismo culé, desde luego, brilla por su ausencia. Y razón no falta.



José Mourinho volvió a ganar al ajedrez, esta vez con las fichas negras. Reservó a los titulares, echó el cerrojo de medio campo hacia atrás y se benefició de la respuesta de su rival: nada. El partido no se pareció ni de lejos a la minimalista obra de arte que se vio el martes en el Camp Nou. Esta vez las cosas si eran lo que parecían a simple vista: un catenaccio de manual; esta vez Mourinho sí aplicó la presión en todas las zonas de ataque culé y cerró poderosamente las bandas, quizá consciente de que pudo haber despertado a la bestia. Pero si su plan funcionó de maravilla fue gracias a dos hombres que se dejaron la piel en el campo. El partido que firmaron Callejón y, especialmente, Morata fue para enmarcar. Sacrificio, entrega y una persecución constante a los laterales rivales, hasta el punto de incrustarse como un engranaje más de la sólida línea de cuatro defensores que presentó el Madrid. Además, los jóvenes canteranos blancos se implicaron en ataque con acierto. Morata se destapó como lo que es, un futbolista descomunal, y regaló el gol a Benzema para herir de muerte al Barcelona.

Con cinco minutos de juego y un gol en contra, el Barcelona parecía inerte. Con Iniesta solo y desbordado por la presión continua de hasta cinco futbolistas blancos, los azulgranas se fueron difuminando. Balones cortos sin sentido, balones largos sin finalidad alguna. Angustia, ansiedad. Y de repente, la luz. En la única jugada en la que el Barça fue el Barça, llegó el gol de Messi. Distancia entre las líneas blancas, un desmarque de ruptura de Messi y un pase en profundidad medido. Tan simple y tan efímero. A partir de ahí, el Barcelona, el único que podía animar el partido, se dedicó a aburrirlo aún más. Mientras un equipo se encerraba en su campo con diez futbolistas por detrás del balón, el otro se empeñaba en mover el balón con uno y otro pase horizontal entre los centrales y los centrocampistas.


El justo empate ondeaba en el marcador. Una cosa estaba clara: el que ofreciera un poquito más se iba a llevar el partido. Un poquito, tampoco era necesario un tsunami de fútbol. Mourinho lo captó y metió a Ronaldo y Khedira, uno para destrozar y el otro para amarrar. Roura y su equipo aún se están preguntando el porqué de estos dos cambios. El portugués, sólo con su presencia, desarboló al Barcelona. Forzó errores infantiles y sacó los colores en más de una ocasión a sus rivales. No sólo se mascaba el segundo, también la goleada. Ramos hizo lo primero, Ronaldo buscó sin éxito lo segundo. Un trallazo suyo de falta directa salió repelido por la cruceta. Y aunque la superioridad del Madrid fue aplastante a poco que dio un poco de ritmo al juego el Barcelona clamó al cielo por un penalti no pitado. Injustamente, porque el contacto existió; justamente, porque el Barça no mereció ni la posibilidad de empatar el partido. No se puede camuflar una falta de identidad acuciante con errores de terceros. Falta autocrítica y capacidad para salir de las peores situaciones. Falta ser el Barça. Y eso es muy peligroso.

PabloG.

miércoles, 27 de febrero de 2013

Regreso al pasado


El Real Madrid superó al Barcelona con la facilidad con la que el conductor de un Ferrari adelanta a un ciclista. Lo hizo con un partido pragmático, eficaz y simple, simple hasta la exageración. Los hombres de Mourinho se limitaron a llevar a cabo dos sencillas tareas: una presión constante y una rápida salida a la contra. Así lograron dos goles y finiquitaron el partido más cómodo que se recuerda de los merengues en el Camp Nou. Mientras, el Barça permanecía inmerso en la pesadilla de Milán. Ni incomodó al Madrid, ni fue capaz de evitar las sangrías que provocaban cada arrancada de Cristiano Ronaldo, el héroe del partido. El gol de Jordi Alba fue un fantástico prólogo del partido, de lo que pudo ser y no fue. El Barça fue barrido del césped del Camp Nou.


Es difícil utilizar más en vano el nombre del fútbol que como se hizo en este partido. El nombre del fútbol moderno, tal cual se entiende hoy en día, claro. En un tiempo en el que abundan los esquemas complejos, las jugadas enrevesadas, el falso nueve y excentricidades por el estilo, la simpleza se impuso en el partido menos sospechado. Los máximos exponentes de este fútbol sorprendieron al mundo y, en cierta medida, a sí mismos. Messi vivió los noventa minutos agobiado. Por la tela de araña que Mourinho tejió entorno a él, con no menos de tres hombres a su alrededor en cada recepción de balón, y por la idea de querer ganar el partido por sí mismo. Se le olvidó un concepto fundamental de su filosofía: si Messi es el mejor del mundo es porque sus compañeros lo hacen posible. Enfrascado en la eterna de pelea de Leo contra el mundo, Messi se perdió y el Barça perdió el Norte. Para ello fue fundamental Khedira, colosal en las ayudas, y Alonso. Precisamente del tolosarra emanó todo el potencial del Madrid en el Camp Nou: recuperación y envío en largo a la carrera del hombre más adelantado, preferiblemente Ronaldo. Así llegó el penalti que propició el primer gol. Pero cuando Khedira jugó a ser Alonso también salió bien. Con menos elegancia, un pelotazo suyo provocó un sprint y un quiebro memorables de Di María que regalaron el doblete a Cristiano.


Pero la presión de Mourinho, aunque lo pareció, no fue perfecta. “Olvidó” zonas que en otro momento le hubieran costado el partido y la goleada. El Madrid trabajó para no dejar al Barcelona jugar por el centro, obviando las bandas y dejando claros los uno contra uno con sus laterales. Sin embargo, sabía lo que hacía. Este Barça sólo es cruyffista en la esencia, en la abstracta idea básica de la rápida circulación del balón y el intercambio posicional. Ni siquiera cuando más lo necesitó fue capaz de arriesgar, de volver al pasado, a su pasado como sí hizo el Madrid. Incapaz de contener al rival ni a través de la posesión ni a la carrera, incapaz de infligirle el más mínimo daño con el balón en los pies, era la hora de arriesgar, de pegar a los extremos a la raya, de jugarse la eliminatoria a una carta. Pero no lo hizo. El cambio de Cesc por Villa fue el más claro ejemplo de que el partido se iba a pique, de que el Barcelona no pasaría de ronda. En lugar de abrir la banda, Jordi Roura la cerró un poco más introduciendo a un delantero centro. Mientras, en el banquillo Tello y en el campo Iniesta, se desesperaban. Ni un uno contra uno, ni un desmarque de ruptura; todo al centro, al corazón de la maraña blanca. Todo a Messi para que luchara contra los molinos de viento.

El gol de Varane fue justo con los dos equipos. Trasladó la superioridad vista en el campo al marcador, para que quede constancia en la historia del baño de fútbol que recibió el Barcelona en su campo a manos del Real Madrid. Porque aunque simple y rudimentario, el partido de los merengues fue agradable y emocionante. En cada carrera, el Madrid ponía el alma. Es el único equipo del mundo capaz de realizar este estilo de juego: sólo Cristiano Ronaldo es capaz de transformar lo pretérito en contemporáneo. Sólo él es capaz de darle al desaliñado y empequeñecido Madrid de Mourinho la brillantez de los grandes equipos. El madridismo le debe mucho a Cristiano, el mejor futbolista del mundo en estos momentos. Por lo pronto una final de Copa. Aunque para que esta haya llegado, hayan tenido que regresar sesenta años al pasado.

PabloG.

jueves, 31 de enero de 2013

La justicia, Varane y todo por decidir


En un partido en el que el Barça fue dueño del balón y el Madrid de las emociones, empataron los dos clubes más grandes del fútbol mundial. Lo hicieron con brillantez y, sobre todo, con justicia. Ni Messi, ni Cristiano tuvieron su día y sin embargo el partido fue excepcional, una prueba irrefutable de estos equipos son algo más, mucho más. Dos estilos bien entendidos y bien diferenciados chocaron sobre el césped del Bernabéu y el ganador todavía está por decidir. Exclusivamente por partidos como este tiene algún sentido la Copa a doble partido, porque uno sabe a poco.

Cuando Iniesta juega, el fútbol calla, observa y aprende. Ayer jugó Iniesta, no como nunca, sino como siempre: excelsamente. El manchego supo entender a la perfección lo que necesitaba su equipo. Ordenó, puso calma y consiguió evitar que el Madrid se lanzara una y otra vez a la contra como lo venía haciendo en los minutos anteriores. El Barça y Pinto, que para ese tiempo ya tuvo que emplearse a fondo en más de una ocasión, ganaron en tranquilidad. Fue en esos minutos de paciencia culé cuando llegaron los mejores minutos, con Xavi como actor principal. Pudo sentenciar el partido en dos jugadas casi consecutivas, pero el larguero de la portería de Diego López primero, y un premonitorio Varane después, lo evitaron.


Tras los minutos de calma, volvieron las tempestades, esta vez de manera definitiva y tanto para uno como para otro equipo. Y con ellas, el primer gol del partido. Fue la única vez que apareció con claridad un cohibido Messi, pero lo hizo para dejar en bandeja el gol a Fàbregas con un pase preciso que su compañero no desaprovechó. Nació la ventaja culé en el marcador, pero no por esas descendió el ritmo. Con Alves desbocado, el Barça volvió a tener el partido en su mano. Una internada del brasileño se fue a las nubes tras un calamitoso remate de Fàbregas en la frontal del área pequeña. Aún hubo tiempo para otra más, esta vez en las botas de un Pedro al que le sobró un último toque que resultó decisivo ante la pasividad de Diego López. Su disparo se marchó rozando el poste y con él las aspiraciones culés.


Cada vez que el Madrid arrancaba, el Barça sufría. Özil fue imprescindible en las transiciones y la velocidad de Cristiano se antojaba decisiva. Sin embargo, al portugués le faltó acierto de cara al gol. Ni siquiera con Pinto ya batido fue capaz de acertar con un cabezazo en boca de gol que se marchó incomprensiblemente fuera. Si a esto le sumamos el excelente partido que realizó Piqué, tenemos resuelta la ecuación. Tampoco supo asumir su rol de matador Benzema. El francés, participativo, fue incapaz de definir con precisión ni una sola de las opciones con las que contó.


El Madrid, sin puntería, parecía destinado a una derrota que no hubiera sido del todo justa. Pero entonces, la figura del mejor jugador del partido se agrandó hasta límites insospechados. Nadie jamás hubiera podido imaginar antes del partido que este chico de diecinueve años iba a ser el gran protagonista del encuentro y el artífice de que el sueño madridista siguiera en pie. El partido de Raphael Varane fue para enmarcar, para enseñarle a los niños cuáles son las funciones de un central de élite. El joven francés realizó el partido de su vida, además con un valor doble: no sólo cumplió a la perfección todos sus cometidos, también lo hizo con los de un Carvalho para el arrastre. Sacó bajo palos la ocasión de Xavi en la primera parte y quitó de los pies un remate de Cesc cuando ya se preparaba para enfilar a Diego López. Y encima marcó el gol del empate con un potentísimo y precioso cabezazo. Después de lo visto ayer, el futuro parece suyo. Aún queda mucha Copa. El desenlace: la próxima semana en el Camp Nou.

PabloG.

viernes, 25 de enero de 2013

Inolvidable


Fue el mejor Barça de todos, el mejor equipo de la historia. Y cuando son ellos, es imposible. Terminó un sueño, el más dulce y más bonito que jamás se pudo imaginar. Cayó el Málaga, pero de qué manera. Imposible no enamorarse de estos equipos, imposible no enamorarse de un deporte que aunque algunos lo interpreten de manera brusca es lo más delicado que existe. Rodó el balón y todo fueron consecuencias positivas. Goles y emociones: esto es el fútbol y por esto nos gusta. No lo olviden jamás. Porque es un deporte que se juega dentro del campo, once contra once y no nos engañemos, se juega con el alma. Como lo hicieron Málaga y Barcelona en La Rosaleda un inolvidable 24 de febrero de 2013; como lo hicieron antes la Hungría de Puskás, el Brasil de Pelé y la Holanda de Cruyff.


Era inevitable que el Málaga cayera eliminado. Estaba escrito en el libro sagrado del fútbol. Era o eso, o que el partido perdiera toda su gracia. El equipo de Pellegrini salió por la puerta grande de la Copa. Con el reconocimiento unánime del mundo del fútbol y con el convencimiento de que no merecía tanto castigo en el sorteo; de que pudo tener muchísima más fortuna de la que tuvo (¡sorteos puros!, ¿tanto cuesta?). Pero era el destino. Sin embargo, sin este Málaga valiente y descarado, el Barça no hubiera podido exhibir el fútbol de diamantes que corre por las venas de todos y cada uno de sus futbolistas. Volvió a verse ultraexigido por este pequeño equipazo y volvió a salir victorioso después de sudar sangre. Es lo que tiene contar con jugadores como Messi, Iniesta, Xavi, Pedro, Cesc… Si no es uno, es otro. Y si no, todos a la vez. Demoledores.

Cuando Alves enfiló el carril derecho por primera vez dejó al descubierto las intenciones del Barça: no pasar apuros. Llegar, ver y vencer. Pero hoy por hoy eso es imposible en La Rosaleda. Joaquín se encargó pronto de que esta afirmación constara también en el marcador. El pase de Duda fue delicado, igual que su partido, porque el portugués ya está para pocos trotes, pero su calidad sigue intacta. Tras los goles la preciosa batalla se trasladó al centro del campo. Otra vez Camacho e Iturra solos ante los peligros que entraña el Barça, esta vez con toda la artillería sobre el césped. Otra vez rindieron al máximo nivel. Se encargaron de sostener al Barça y las mayores aspiraciones en la historia del Málaga, que jugaba de tú a tú al mejor equipo de la historia del fútbol.

Pero un fallo defensivo condenó al malaguismo. Uno de los poquísimos que tuvo el Málaga. Tras el paso por vestuarios, Piqué apareció de delantero centro. Sorprendió a todos, también a Pellegrini y a Weligton y Demichelis, que lo dejaron rematar a placer en el área pequeña tras un gran control con el pecho. Santa Cruz volvió a poner las tablas en el marcador. Y entonces, Málaga entera se ilusionó. Corrieron las lágrimas por las mejillas del público. Un “¡sí, se puede!” atronador intimidó al Barcelona de los récords y le recordó que estaban en La Rosaleda, la cuna de la ilusión en el panorama futbolístico mundial. Que ara ganar aquí no basta con un juego bonito: necesitaba ganar también en emociones, arrancarle el corazón sin piedad al malaguista, algo bastante complicado.

No imposible. Recordemos que es el Barça, el único equipo del mundo capaz de hacer los sueños realidad. Dolió mucho la derrota de Anoeta. Demasiado. Pero los futbolistas saben de sobra donde nacieron los problemas y las dudas: sobre ese maltrecho césped que estaban pisando en ese mismo instante. El Barça se sintió incómodo en La Rosaleda hacía poco más de una semana. Bajó a la Tierra y comprobó que no es tan superior al resto, no al menos a todos los equipos del mundo. Ganaron el partido pero perdieron la confianza y, por si fuera poco, ese mismo equipo le sacó un empate en el último minuto y con un futbolista menos en el Camp Nou. No podían volver a pasar por lo mismo; una eliminación en Copa sería irreversible. Cesc hizo que eso no ocurriera e Iniesta remató la faena. Un golazo que dejaba como única alternativa la épica. Nada descartable teniendo en cuenta la magnitud de los contendientes y la calidad del partido, por otra parte.


Y cuando Pellegrini se iba a lanzar a por la victoria, apareció Messi. Desapercibido, controlado y sin embargo letal. Es imposible definir a este futbolista extraterrestre y a su inmensa habilidad para el gol. El centro de Alves fue la antesala de la capitulación malaguista. El lateral brasileño se salió y calló de golpe a todos sus críticos en un partido que recordó a sus mejores actuaciones. Sigue siendo un lateral terrorífico para las defensas rivales e inigualable una vez ha iniciada la carrera. Entraron Lucas Piazón y Saviola pero el partido ya estaba decidido. El sueño había llegado a su fin. Eso sí, hizo falta el mejor Barcelona para poder derribarlo. Sin Isco, sin Toulalan y sin Caballero en toda la eliminatoria, el Málaga sacó los colores al Barça y a punto estuvo de dejarlo sin Clásico. Iturra, Camacho, Joaquín y Santa Cruz hicieron posible que esa idea nunca desapareciera de la mente culé. Y no sólo con los goles, también con un juego exquisito. Los cuatro estuvieron de diez en toda la eliminatoria. En realidad, lo estuvo todo el equipo. Orgullo.

PabloG.

jueves, 17 de enero de 2013

Pero no invulnerables


Atención, empató el Barça. Y no sólo eso: fue superado por el rival en su propio campo. Lo hizo el Málaga en un partido que poco tuvo que ver con el que se vio cuatro días antes en Liga. Buena culpa de ello la tuvieron las alineaciones que presentaron sobre el césped uno y otro equipo, acusadas por las rotaciones. El Barça, sin Valdés, Piqué, Cesc, Busquets ni Xavi, logró conservar su esencia con la impagable presencia de Iniesta y Messi. Más riesgos corrió el Málaga, con Joaquín y Toulalan fuera de la convocatoria y el talento de Isco, Monreal o Demichelis reposando en el banquillo. Pero tiró de casta. Los mismos futbolistas que tocaron el cielo en San Petersburgo y rozaron el ridículo frente a Eibar y Cacereño, terminaron por dejar al Barcelona contra las cuerdas en la Copa.


El futbolista que mejor ejemplifica el partido de ayer es Iturra. El chileno se desfondó. Aunque intrascendente en apariencia cuando más corrosivo era el Barça con el balón, no paró de pelear su sitio en el divino círculo central del Camp Nou. Dejó un destello en la primera parte como muestra de lo que se avecinaba en la segunda. Pero qué destello. Robó a Thiago en la salida de balón y batió a por bajo a Pinto en una exhibición de valentía, coraje y ganas de triunfar. Un resumen de lo que está siendo su año desde que saltó de la Segunda División a la Champions, ni más, ni menos. Después dominó; hizo de la zona ancha una jungla en la que solamente los más fuertes lograrían obtener el premio del balón, y entre él y Camacho se encargaron de engullir al desdibujado Song y a un Thiago demasiado atormentado por el fallo como para entrar en las trincheras.

De todas formas, la actuación del hispano-brasileño no fue del todo desastrosa. Es más, durante los primeros veinte minutos lució como una estrella, como la clase de futbolista que se le supone que es. Era capaz de saltarse en un pispás la presión malaguista y dejar el mediocampo para engancharse a la mediapunta. Desde allí y con la compañía de Iniesta y Messi, sus movimientos parecían decisivos, irreversibles. Entre los tres movieron al Málaga a su antojo, con Tello ganando cualquier tipo de pulso por el flanco izquierdo. Pudieron dejar el partido finiquitado muy pronto, pero entonces apareció un factor que últimamente se repite demasiado en el juego del Barça: la incapacidad goleadora de Alexis Sánchez. Ni siquiera a puerta vacía, ni siquiera en dos ocasiones fue capaz de abrir el marcador. Todo el trabajo le quedó a Messi, que lideró la reacción culé tras el tanto de Iturra con la ayuda inestimable de Weligton. Jamás olvidará el central brasileño ese minuto fatídico en el que se lió con el balón en los pies cuando le tenía ganada la posición a Messi y dejó a Puyol rematar a placer en el área para que hiciera el 2-1.



Y de repente, el Barça perdió todo el brillo. Triangulaciones a trancas y barrancas que no desembocaban en nada, falta de fluidez y de velocidad. Estatismo, mucho estatismo. A Iniesta se le nubló la vista y Messi dejó de sentirse cómodo. Todo culpa del Málaga. Y de Monreal, más concretamente. La entrada del navarro mandó al vestuario al perdido Portillo y trasladó la anarquía de Eliseu al extremo derecho para instaurar la tranquilidad en el lateral izquierdo. La entrada de Santa Cruz volvió a fijar a la defensa y Seba se empezó a mover por el centro con libertad. Tuvo el empate en sus botas con una complicada volea, pero Pinto demostró porqué sigue siendo el portero de la Copa. Además, el partido necesitaba emoción, alicientes. El mejor que podía tener: la expulsión de Monreal en la primera jugada que fraguaron Cesc y Pedro. Con quince minutos de partido por delante, el partido parecía condenado a romperse. Pero no, Camacho e Iturra continuaron sosteniendo al Málaga.


Fue curioso ver a este Barça de los centrocampistas modernos cortocircuitado por dos mediocentros de los de siempre y una inferioridad numérica que pasó desapercibida por momentos. El fútbol no es matemático, eso está clarísimo. Si lo fuera, el Málaga nunca hubiera logrado el empate, mucho menos de la forma que lo hizo. Hizo falta esperar al último minuto y de la forma más agónica. Como en los viejos tiempos, Duda revistió de oro su bota izquierda para dejar el balón suspendido sobre el área. Nadie acertó a adivinar su caída, todos fallaron. Todos excepto Camacho, atento y vivo como pocos. Ni siquiera la dejó que botara para romperla ante la atenta mirada de Pinto. Comprobó, a la inversa de Thiago, lo fácil que es pasar de villano a héroe. Este Málaga desprende fútbol y kryptonita a partes iguales. Espera una vuelta épica.

PabloG.

lunes, 14 de enero de 2013

Imparables


El Barcelona es de otro mundo. Con cincuenta y cinco puntos de cincuenta y siete posibles, o lo que es lo mismo, dieciocho partidos ganados, un empate y cero derrotas en lo que va de liga, el aroma que desprende el equipo de Tito Vilanova es de una superioridad absoluta. No parece existir ningún equipo capaz de tumbarles. Esta idea sale fuertemente reforzada de La Rosaleda, donde el Málaga fue capaz de poner al Barça contra las cuerdas con una propuesta muy similar –nunca igual–, pero aun así los culés fueron capaces de alzarse con la victoria con un partidazo soberbio.

Poco más puede hacer un equipo terrenal por parar a esta máquina de fútbol. El Málaga estuvo concentrado y fue consecuente con sus acciones. Nunca perdió el temple y fue capaz de mantener a raya a un equipo que se vio ultraexigido por momentos. Pero es el Barça. Tan sólo hizo falta un error para que la balanza se inclinara irreversiblemente del lado azulgrana. Camacho cometió su único error del partido y le regaló un balón a Messi para que driblara a Caballero y abriera el marcador. Hasta ese momento, el combate estaba siendo nulo: ninguno de los dos era capaz de imponerse con claridad en la preciosa y delicada batalla del centro del campo. Toulalan con Messi, Isco con Busquets, Camacho con Xavi, Joaquín con Iniesta y el balón como protagonista. Llegó el gol y un atisbo de oleada culé. Sobrevivió el Málaga arropado por Caballero, inmenso como de costumbre.


Resulta de lo más curioso observar el posicionamiento en el campo del Barça. Con las líneas interposicionales más que difusas, Tito dispone a sus futbolistas de tal forma que ocupan más terreno a lo ancho que a lo largo; es decir, se mueven en una franja minúscula en la que Xavi e Iniesta son los reyes y Messi, Pedro y Cesc un quebradero de cabeza. Mil desmarques conviven con mil pases en corto y al pie. Ese es el Barça: juego preciso e inteligente en el que todos los estilos tienen cabida en su justo instante. Claro que con Busquets todo es más fácil. Un futbolista capaz de recuperar y jugar con la misma soltura, que nunca pierde la posición y que hace mejores a sus compañeros no tiene precio. El Barça gira en torno a él, es la pieza que sostiene el altamente sofisticado castillo de naipes azulgrana. Si Busquets está bien, el Barça está bien; si está mal, el Barça sufre mucho; si está imperial, como ayer, el Barça es imparable.

Pero todavía hubo un futbolista que sobresalió un poquito más que Busquets. No fue Messi, a pesar de su gol y su escandaloso pase en el gol de Fàbregas; no fue Cesc, que se reencontró con el gol; ni siquiera Xavi, con su fútbol de escuadra y cartabón. Fue el único hombre capaz de aglutinar el estilo de todos ellos en unos solo: Andrés Iniesta. El manchego volvió a gritar a los cuatro vientos que necesita un Balón de Oro. Aunque tenga que compartirlo con Messi, pero que se lo den. Si el Barça fue Barça, fue gracias a Iniesta. El equipo bailó al son que dictó el ‘8’. Ahora con calma. Ahora rápido. Ahora más rápido. Ahora que no se vea el balón. Y así fue. Llegó un momento en el que el balón desapareció del campo visual del espectador, que tan sólo apreciaba a cuatro futbolistas moverse de un lado a otro envolviendo a sus rivales. El gol de Thiago quizá no hizo justicia a lo que se vio en el campo, pero sí a todo lo que están haciendo estos muchachos en los diecinueve partidos que llevamos. El Málaga no mereció tantísimo castigo, pero el Barça merecía una recompensa.


Ni Isco, ni Joaquín, ni un inmenso Santa Cruz fueron armas suficientes para hacer tropezar al líder. Cuando con eso no basta, poco más se puede esperar de esta liga. El Málaga firmó el mejor partido de la temporada en cuanto a juego y control de la situación. Y se llevó tres goles. No contó con grandes ocasiones pero estuvo muy acertado de cara a portería. Uno de uno, golazo de falta de Buonanotte en el minuto ochenta y cuatro. En un partido en el que el protagonismo absoluto estuvo en el centro del campo, las porterías pasaron a tener un rol secundario. Eso no afeo el espectáculo. Al revés, lo embelleció. Enseño al mundo que existe otra vía para jugar al fútbol y que hay que hacer para alcanzarla. Enseño que Barcelona y Málaga son la élite. Y también que uno está muy por encima del otro y de cualquiera.

PabloG.

jueves, 10 de enero de 2013

El rey del fútbol


16 de noviembre de 2003. En el partido de inauguración del Estadio do Dragão de Oporto, un joven futbolista de apenas dieciséis años llamado Leo Messi debuta con el primer equipo del Fútbol Club Barcelona.

16 de octubre de 2004. Once meses después de debutar con el primer equipo culé, Messi se estrena en liga en Montjuic durante los minutos finales de un derbi contra el Espanyol que el Barcelona terminó ganando por 0-1.

1 de mayo de 2005. Tras un pase magistral de Ronaldinho, Messi conecta una sensacional vaselina que se transforma en su primer gol como profesional después de batir a Valbuena, portero del Albacete.

11 de marzo de 2007. Leo Messi se destapa con un apoteósico hat-trick en el Camp Nou frente al Real Madrid. Su estratosférica actuación permitió al Barcelona conseguir un valiosísimo empate contra su eterno rival, líder destacado de la clasificación. Ese día y en ese preciso instante nació el mayor mito de la historia del fútbol.


No debe ser fácil abandonar tu casa con 13 años rumbo a una ciudad desconocida. Leo dejó Argentina para convertirse en futbolista, pero su historia escondía una particularidad que la hacía aún más entrañable: estaba enfermo. Sufría una deficiencia en la hormona del crecimiento, un problema que, entre otras cosas, le impedía que su cuerpo se desarrollara con normalidad. Ningún equipo de su país se ofreció a costear el complejo tratamiento, a pesar de que algunos como River Plate quedaron enamorados de su manera de jugar. Pero entonces, Carles Rexach, director técnico del Barcelona, tomó una de las decisiones más arriesgadas de su carrera: fichar a Messi, llevarlo junto a toda su familia a Barcelona y pagar su tratamiento.

La apuesta no pudo salir de mejor manera. El argentino fue creciendo sin prisa pero sin pausa tanto física como futbolísticamente. Se fue haciendo un nombre en el Barcelona junto a las grandes estrellas del momento. Deco, Ronaldinho, Eto’o, Belletti, Larsson… todos lo arroparon. Algunos, como en el caso de Deco y ‘Dinho’, hasta lo llevaban a entrenar. Hasta Giuly, el gran perjudicado por la irrupción de Messi, le tenía cariño. Sabían lo que se avecinaba; que ese menudo y veloz futbolista no era de este planeta. Bajo la dirección del holandés Frank Rijkaard, los títulos se fueron sucediendo: dos ligas, dos supercopas de España, una Champions. El Barça enamoraba con su juego, Ronaldinho era el héroe de toda una generación culé y Messi comenzaba a asomar la cabeza en el panorama futbolístico mundial. Con el Golden Boy en sus manos, el fútbol le entregaba la llave de la historia.


Su calidad siempre ha estado fuera de toda duda, pero lo que realmente ha definido –y seguirá definiendo– la carrera de Messi ha sido su capacidad para reinventarse. Nunca se ha conformado y siempre ha querido más. Comenzó jugando de extremo derecho y sus diagonales eran una auténtica pesadilla. Era demasiado rápido y ágil para ser parado en carrera. Gustaba de conducir siempre en busca del perfil idóneo para disparar o asistir. Por su manera de encarar, su talento, su imprevisibilidad y, por supuesto, su origen, comenzó a ser apodado “el nuevo Maradona”. No hacía demasiado Leo por evitarlo. Su desmesurado gol frente al Getafe llevó la comparación hasta cotas hasta entonces insospechadas. Pero hoy en día poco queda de aquel muchacho imberbe que con diecinueve años provocó la expulsión de Del Horno y la ira de Mourinho el 22 de febrero de 2006.

Ahora Messi es otro tipo de futbolista, más incisivo y más letal. La bandera del Fútbol Club Barcelona y la luz que guió la transición desde la ‘era Rijkaard’ hasta el fútbol total. Guardiola se atrevió a centrar su posición y el rendimiento de Messi se disparó. Sería difícil encasillarlo dentro de una posición concreta, indicativo de que, como los grandes de la historia, Messi sólo entiende de tener el balón en los pies. El 2-6 cosechado por el Barcelona en el Santiago Bernabéu el 2 de mayo de 2009 supuso algo más que la mayor victoria posible frente al eterno rival: allí murió “el nuevo Maradona” y nació Leo Messi. El fútbol comprendió que no existen etiquetas para un futbolista inclasificable y que el posterior ‘sextete’ –Copa del Rey, Liga, Champions, Supercopa de España, Supercopa de Europa y Mundialito de Clubes– no era más que la consecuencia lógica de tener en el campo a semejante monstruo futbolístico.

Messi es el futbolista total. Es capaz de crear la jugada, elaborarla y definirla con la misma soltura; sabe posicionarse perfectamente en el campo y sacar el máximo provecho tanto de los aciertos de su equipo como de los fallos del rival; se implica en defensa y no le cuesta perseguir a su par hasta campo propio si fuera necesario; es un virtuoso técnico, lo que sumado a su altísima punta de velocidad lo hacen imparable una vez iniciada la carrera. Y, sobre todo, es eficaz de cara a portería. Probablemente, jamás en la historia del fútbol haya existido un delantero tan eficaz como el ‘10’ del Barça. Es el máximo goleador histórico del Barcelona, el octavo máximo goleador de la historia de la Liga, ganador dos veces de la Bota de Oro -2010 y 2012– y sus números realmente asustan: 289 goles en sus 356 partidos como profesional de los que 36 de ellos los ha anotado en los 27 encuentros que ha disputado esta temporada. Además, ha destrozado el récord de ochenta y cinco goles del ‘Torpedo’ Müller en un año natural con una marca de noventa y una dianas.


7 de enero de 2013. Con veinticinco años, Lionel Messi conquista su cuarto balón de Oro consecutivo, hecho sin precedentes a lo largo de la historia del fútbol. Supera de este modo los tres galardones obtenidos por tres grandes mitos como Cruyff, Platini y Van Basten. El fútbol ya tiene a su indiscutido rey.

PabloG.