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miércoles, 29 de enero de 2014

El Atlético profana a lo grande La Catedral

En el partido de fútbol más intenso que se ha visto en el joven San Mamés, el Atlético de Madrid ganó como los equipos grandes (1-2). El Athletic lo revolcó en la primera mitad, pero los de Simeone se levantaron, ganaron el partido y se enfrentarán en semifinales al Real Madrid.



Los equipos grandes se caracterizan especialmente por ser capaces de vencer incluso cuando las condiciones son las menos favorables. El Atlético de Madrid hoy hizo gala de ello en el nuevo San Mamés, superando a un Athletic que lo hizo trizas en la primera mitad. Pero los colchoneros no sólo resistieron los golpes. Cómo vigentes campeones, se levantaron con la cara amoratada y tiraron de corazón para ganar la pelea. Empataron el gol de Aduriz con un trallazo de Raúl García que los ponía en ventaja en el global de la eliminatoria. Y a partir de ahí tomaron el control del juego, cuidando hasta el último detalle, para que el partido no se escapara. El postrero gol de Diego Costa no fue más que la confirmación del estatus de este equipo, que jugará una semifinal de la Copa por tercera vez en los últimas cinco temporadas.

San Mamés lloró para mojar un poco más con sus lágrimas ese césped empapado por la poderosa lluvia que no cesó durante todo el partido. Su corazón está roto. Once desalmados le arrancaron sin piedad de sus entrañas lo que guardaba con más cariño: ese invicto que hacía del Athletic uno de los equipos más temibles de España. Un Athletic potente, que se encuentra en uno de los mejores momentos de su historia. Aúnan con maestría las combinaciones cortas, seña de identidad del fútbol de Valverde y de su reciente etapa bielsista, con los rasgos más esenciales que definieron durante un siglo su fútbol, con balones directos y peligrosos centros desde los costados. Es un fútbol total. Y, sin embargo, no fue suficiente.

No lo fue porque no tuvo en la segunda mitad la continuidad necesaria. En la primera, el Athletic fue rey de San Mamés y Simeone no sabía a ciencia cierta por dónde le venían los golpes. Se los asestaba, principalmente Muniain, que estaba desbocado y se eregía como némesis del cholismo. El pequeño genio navarro hizo suya la parcela central del campo en el que el Atlético desplegaba su 4-1-4-1 y desmontó una y otra vez al rival. Se asociaba con Ander para locura de Gabi y llegaba arriba con peligro. Pero no estaba solo. Susaeta aprovechó la tempranera lesión de Filipe Luis para hacer una y otra vez malintencionadas diagonales que le dejaban vía libre a Iraola para aparecer. El lateral brasileño del Atlético tuvo que abandonar el campo en camilla por su aductor dijo basta de mala manera y a su sustituto, Insúa, le tocó bailar con la más fea.

Desmontado el Atlético, con Koke y Raúl García en labores que por talento no le pertenecen, con Adrián haciendo casi un doble lateral en la parte izquierda, los leones bailaban. Pero no materializaban sus ocasiones. Hasta que Aduriz enganchó en lo alto un balón templado por Balenziaga, que llegó como un guerrero hasta la línea de fondo para poner el servicio. Entonces San Mamés rugió aún más. Con auténtico convencimiento de que su Athletic triunfaría esta noche como ya lo hizo en muchas otras.


Pero cuando los colchoneros parecían muertos, cuando San Mamés y el Athletic alcanzaban la simbiosis y eran un auténtico ciclón, apareció un coloso para cambiar el rumbo del partido. Desde la portería, Courtois dio alas a su equipo. Dos paradas imposibles, primero a Mikel Rico y después, de manera todavía más espectacular a Aduriz, mantuvieron al Atleti en pie y le permitieron llegar vivo al descanso. Dos paradas que acabaron suponiendo el pase de ronda, pues los colchoneros mutaron tras pasar por los vestuarios.

Se fue un equipo derrotado y regresó un equipo campeón. El del control absoluto, el del temple y el saber estar, el del peligro constante. Volvió el Atlético que arrasa esta temporada en España y en Europa para llevarse la eliminatoria. Ya poco importaron el ímpetu de Muniain, la calidad de Ander Herrera o las carreras de Susaeta. Todo eso estaba en el guión que el Cholo le entregó a sus jugadores y había un final feliz. Un gol de Raúl García para derribar al Athletic. Otro de Diego Costa por si quedaban dudas. El hispano-brasileño hizo a última hora lo que no pudo en los primeros segundos de juego: batir a un inmenso Herrerín. Debe agradecer parte del tanto a San José y su horrorosa maniobra para tirar un fuera de juego imposible.


El Atlético de Madrid, tirando de oficio, casta, cabeza y corazón se convirtió en el primer equipo en profanar La Catedral. No sólo ganó la eliminatoria, sino que se llevó el partido porque así había que hacerlo. Necesitaban mandar un mensaje a sus competidores ahora que aparece el Real Madrid en el horizonte: el campeón está muy vivo.

PabloG.

jueves, 23 de enero de 2014

Godín rompe un perfecto empate a todo

El Atlético de Madrid venció al Athletic de Bilbao en el Calderón (1-0) gracias a un testarazo de Godín que hizo bueno el gran envío de Koke desde la derecha. Un tanto que desequilibró un partido que fue un perfecto empate a todo, y que da a los colchoneros ventaja de cara al partido de vuelta.


Cuando la competición llega al límite, este Atlético de Madrid siempre vence. Aunque no lo merezca, como hoy, que se vio en el Vicente Calderón un empate a todo encuadrado en un grandísimo partido de fútbol. Y son esas victorias inmerecidas pero cosechadas de todas maneras la que hacen tan grande a este equipo. Las que lo sitúan a la altura de los mejores. Su rival ya sabe de antemano que no sólo tendrá que competir el partido hasta el final y ser mejor que el Atleti. Puede que con eso no le alcance ni siquiera para arrancar un empate. Necesitan aplastar al equipo de Simeone para que no se les escape la victoria. Algo altamente improbable. Algo que aún no hemos visto esta temporada. El gol de Godín quizá no hizo justicia a lo que ofreció el global del partido, pero sirvió para prolongar la mística de este equipo que quiere seguir peleando por todo.

Marcó el Atlético de Madrid el ritmo del partido y de repente no hubo opción para su rival. Aunque lo intentara de mil formas, aunque se volcara en el área con más de cinco futbolistas. El Athletic siempre encontró lo mismo: nada. O, a lo sumo, un ¡huy! La partida que planteó Simeone era difícil de contrarrestar. Y eso que Valverde, estratega como pocos, lo intentó en todo momento. Calculó con precisión los movimientos del Cholo y los contrarrestó adecuadamente en función del estilo de su equipo y de los jugadores de los que disponía. El Athletic no encontró nada a pesar de que Ibai percutió por la izquierda, de que el ímpetu de De Marcos empujó una y otra vez primero a Filipe Luis y luego a Juanfran, de que Susaeta atacó sin piedad cada minúsculo espacio que dejaba el Atleti.

Aunque el dominio, durante el mayor tiempo del partido, fue vasco, el que controlaba el partido era el Atleti. El indefinido e indefinible Guilavogui condicionó en exceso el juego de su equipo en la primera mitad: obligó a Koke y a Raúl García a pegarse demasiado al centro para hacer funciones que no les corresponde ni por calidad ni por instinto. Pero aun así los colchoneros controlaron, y con la entrada de Gabi, descansaron sobre el pilar más importante de este equipo. Gabi es el principio y el fin de cada jugada. El que primero toma contacto con el balón en la sala de máquinas y el que destruye el avance enemigo si las cosas no salen bien. El pegamento perfecto que cohesiona un ataque brillante y una defensa feroz, y que le da al Atleti ese empaque tan característico que le hace sumar puntos por inercia.

El que no estuvo centrado en el partido fue Diego Costa. Y no lo estuvo porque pinchó en un hueso que, sorprendentemente, fue demasiado duro. El trabajo que hicieron sobre el hispano-brasileño Gurpegi y, especialmente, Laporte fue excelente. El central francés es a sus 19 años uno de los centrales más elegantes de la liga. Su salida de balón es soberbia, su golpeo de balón es exquisito y técnicamente no tiene símil. Pero siempre se le achacó una preocupante fragilidad defensiva. Hoy, en el escenario más duro posible, con una bestia como Diego Costa enfrente, sacó matrícula de honor. No sólo secó al punta atlético, sino que lo sacó del partido y le hizo aflorar esa agresividad que tanto afean su juego. Y todo con una limpieza y una elegancia ejemplares, a pesar de que Costa lo agredió en dos ocasiones.

Un centro perfecto de Koke desde la izquierda y un remate de cabeza de Godín, que entró en el área con más fuerza que un tren de mercancía. Eso fue lo que separó a Atlético y Athletic en el Calderón. Un tanto de gran factura y de capital importancia. Los colchoneros aterrizarán en el todavía incorrupto nuevo San Mamés con ventaja en una de las eliminatorias más vibrantes de la presente edición de la Copa del Rey. Porque sí, los chicos del Cholo también ganan aunque no lo merezcan del todo.

PabloG.

domingo, 19 de mayo de 2013

La gran diferencia


Catorce años después se obró el milagro: el Atlético de Madrid ganó un derbi. En el Bernabéu y con la Copa del Rey de por medio. No había mejor manera. Los colchoneros fueron más equipo que el Real Madrid desde el comienzo de la final hasta el último segundo de la prórroga. Sólidos e intensos, pero sobre todo bien situados en el campo. Eso fue lo que le faltó al Madrid, que lamentó que el hombre que lo dirige desde el banquillo estuviera más pendiente de “su lucha” particular que del bien del equipo. Esto no viene de ahora. Y lo peor es que lleva mucho tiempo intuyéndose.

José Mourinho no se jugaba la Copa, sino la defensa de unos ideales. Para ello sacó el equipo más extremista de cuantos se han visto: puso en el campo a sus hombres, a los que están con él en todas, únicamente acompañados de aquellos futbolista que él considera imprescindibles para el equipo, a pesar de que ya hayan demostrado en más de una y dos ocasiones que su concepto del fútbol –no sólo del juego– dista mucho de el del portugués. No encajaba en la cabeza del madridista volver a Özil arrancando desde la derecha después del fracaso de Dortmund. En la de Mourinho sí: Özil es imprescindible pero Modric es de los suyos, ni uno ni otro podía quedar en el banquillo. Y mientras tanto, Pepe, básico en sus esquemas hasta que se pronunció sobre el caso Casillas, veía el partido desde la grada. Ni siquiera la lesión de Varane le permitió entrar en la convocatoria. Decisión técnica.


Hasta ahí la aportación de Mourinho en la final. Una vez que el árbitro señaló el inicio del partido, el portugués se borró y no volvió a aparecer hasta el minuto setenta y seis, cuando fue expulsado. Mientras, su equipo moría sobre el césped, necesitado de un elemento aglutinador que mostrara el camino a seguir, que cumpliera la labor del entrenador. El Madrid estaba roto, y sólo algún destello individual de sus excepcionales futbolistas le permitía inquietar al Atleti. Pudo llevarse la final porque se contaron hasta tres balones estrellados en los postes de la meta de Courtois, pero jamás actuó como un equipo, tan sólo como once muchachos con unas cualidades físico-técnicas excepcionales que coincidieron sobre el césped con la misma ropa.

Mourinho se va y dejará el club desértico, con un vestuario y una masa social dividida entre mourinhistas, antimourinhistas y madridistas, que ven con vergüenza como una persona en tres años ha tornado en guerracivilista su centenario sentimiento. Y encima se les quiere encasillar forzosamente en el segundo grupo por “infieles”, por no defender hasta las últimas consecuencias unas ideas tan demencialmente perniciosas como también lo son las que están en sus antípodas. El madridismo, el fútbol en general no necesita de guerras internas. Tampoco necesita de circos paralelos, de espectáculos como el que ofreció el luso cuando salió al Bernabéu cuarenta minutos antes de un partido para recibir el calor de su público. Acudieron 3.000 de las 80.000 personas que caben en el Bernabéu. Interpretó los aplausos como una victoria sin reparar en la inmensa indiferencia que había causado en el madridismo.

Pero el daño constante que Mourinho realiza a la institución puede ser suavizada con éxitos deportivos. Este año ni eso le salva. El equipo sólo ha ganado la Supercopa de España, un torneo que es consecuencia de la temporada anterior. Atrás queda el segundo puesto en una liga que el Madrid perdió en diciembre, la clara derrota en las semifinales de la Champions ante el Dortmund y la final de Copa. El equipo juega a lo mismo que cuando llegó: a nada, pero ahora los resultados tampoco llegan. Tres títulos en tres años es un balance altamente insuficiente teniendo en cuenta el precio que ha tenido que pagar el club con cada salida de tono del portugués.

Ahora, la pelota está en el tejado del Madrid: con la salida de Mourinho se debe cerrar una etapa e iniciar otra bien distinta. Encontrar a un entrenador que sepa poner los cimientos de un proyecto ganador y levantar de las cenizas del club un nuevo y glorioso imperio. El Madrid necesita a su ‘Cholo’, en definitiva. El argentino es hoy en día lo que cualquier equipo español desea. Ha hecho del Atlético perdedor que le entregaron un ejemplo deportivo casi a la altura de lo que el Dortmund significa en Alemania o el Oporto en Portugal. Victorias cimentadas en la estrecha vinculación de la afición y los jugadores con el club.


Su Atlético es el bloque más sólido de la Liga. Vivió sus mejores momentos coincidiendo con el declive madridista y, aunque últimamente se ha desinflado, ya está clasificado para la Champions por la vía rápida. Sólo hace falta echar un vistazo a sus alineaciones para tomar conciencia de lo que quiere: Falcao, Mario Suárez, Godín, Koke, Diego Costa; mentalidad ganadora, intensidad, no dar un balón por perdido, sacrificio y pelea. Se basa en el fundamento que llevó a la gloria a los mejores equipos de la mitad sur del continente americano y hace que la afición, más unida que nunca, se sienta orgullosa de su equipo. No es cuestión de campeonatos ganados, es una cuestión de estilo. Simeone parte con una ventaja: conoce a la perfección y ama al club.

Toda esa elegancia que pierde su equipo en el campo, la derrocha él en el trato con el público y con la prensa: nunca una palabra más alta que otra, nunca vender una falsa modestia, nunca querer ser el personaje principal. Dice las verdades a la cara pero sin arrugarse el traje. Y eso que siempre fue un hombre impulsivo, emocional, como su Atleti. No es cuestión de dorar la píldora al nefasto periodismo deportivo que habita en nuestro país, es cuestión de hacer las cosas de la forma correcta. Es cuestión, en definitiva, de no crear odios entre la gente a la que –al menos en teoría– le gusta este deporte. El fútbol es algo demasiado bonito como para dejarlo en un segundo plano. Esa es la gran diferencia, no sólo entre Mourinho y Simeone, sino entre un buen entrenador y uno más.

PabloG.

miércoles, 27 de febrero de 2013

Regreso al pasado


El Real Madrid superó al Barcelona con la facilidad con la que el conductor de un Ferrari adelanta a un ciclista. Lo hizo con un partido pragmático, eficaz y simple, simple hasta la exageración. Los hombres de Mourinho se limitaron a llevar a cabo dos sencillas tareas: una presión constante y una rápida salida a la contra. Así lograron dos goles y finiquitaron el partido más cómodo que se recuerda de los merengues en el Camp Nou. Mientras, el Barça permanecía inmerso en la pesadilla de Milán. Ni incomodó al Madrid, ni fue capaz de evitar las sangrías que provocaban cada arrancada de Cristiano Ronaldo, el héroe del partido. El gol de Jordi Alba fue un fantástico prólogo del partido, de lo que pudo ser y no fue. El Barça fue barrido del césped del Camp Nou.


Es difícil utilizar más en vano el nombre del fútbol que como se hizo en este partido. El nombre del fútbol moderno, tal cual se entiende hoy en día, claro. En un tiempo en el que abundan los esquemas complejos, las jugadas enrevesadas, el falso nueve y excentricidades por el estilo, la simpleza se impuso en el partido menos sospechado. Los máximos exponentes de este fútbol sorprendieron al mundo y, en cierta medida, a sí mismos. Messi vivió los noventa minutos agobiado. Por la tela de araña que Mourinho tejió entorno a él, con no menos de tres hombres a su alrededor en cada recepción de balón, y por la idea de querer ganar el partido por sí mismo. Se le olvidó un concepto fundamental de su filosofía: si Messi es el mejor del mundo es porque sus compañeros lo hacen posible. Enfrascado en la eterna de pelea de Leo contra el mundo, Messi se perdió y el Barça perdió el Norte. Para ello fue fundamental Khedira, colosal en las ayudas, y Alonso. Precisamente del tolosarra emanó todo el potencial del Madrid en el Camp Nou: recuperación y envío en largo a la carrera del hombre más adelantado, preferiblemente Ronaldo. Así llegó el penalti que propició el primer gol. Pero cuando Khedira jugó a ser Alonso también salió bien. Con menos elegancia, un pelotazo suyo provocó un sprint y un quiebro memorables de Di María que regalaron el doblete a Cristiano.


Pero la presión de Mourinho, aunque lo pareció, no fue perfecta. “Olvidó” zonas que en otro momento le hubieran costado el partido y la goleada. El Madrid trabajó para no dejar al Barcelona jugar por el centro, obviando las bandas y dejando claros los uno contra uno con sus laterales. Sin embargo, sabía lo que hacía. Este Barça sólo es cruyffista en la esencia, en la abstracta idea básica de la rápida circulación del balón y el intercambio posicional. Ni siquiera cuando más lo necesitó fue capaz de arriesgar, de volver al pasado, a su pasado como sí hizo el Madrid. Incapaz de contener al rival ni a través de la posesión ni a la carrera, incapaz de infligirle el más mínimo daño con el balón en los pies, era la hora de arriesgar, de pegar a los extremos a la raya, de jugarse la eliminatoria a una carta. Pero no lo hizo. El cambio de Cesc por Villa fue el más claro ejemplo de que el partido se iba a pique, de que el Barcelona no pasaría de ronda. En lugar de abrir la banda, Jordi Roura la cerró un poco más introduciendo a un delantero centro. Mientras, en el banquillo Tello y en el campo Iniesta, se desesperaban. Ni un uno contra uno, ni un desmarque de ruptura; todo al centro, al corazón de la maraña blanca. Todo a Messi para que luchara contra los molinos de viento.

El gol de Varane fue justo con los dos equipos. Trasladó la superioridad vista en el campo al marcador, para que quede constancia en la historia del baño de fútbol que recibió el Barcelona en su campo a manos del Real Madrid. Porque aunque simple y rudimentario, el partido de los merengues fue agradable y emocionante. En cada carrera, el Madrid ponía el alma. Es el único equipo del mundo capaz de realizar este estilo de juego: sólo Cristiano Ronaldo es capaz de transformar lo pretérito en contemporáneo. Sólo él es capaz de darle al desaliñado y empequeñecido Madrid de Mourinho la brillantez de los grandes equipos. El madridismo le debe mucho a Cristiano, el mejor futbolista del mundo en estos momentos. Por lo pronto una final de Copa. Aunque para que esta haya llegado, hayan tenido que regresar sesenta años al pasado.

PabloG.

jueves, 31 de enero de 2013

La justicia, Varane y todo por decidir


En un partido en el que el Barça fue dueño del balón y el Madrid de las emociones, empataron los dos clubes más grandes del fútbol mundial. Lo hicieron con brillantez y, sobre todo, con justicia. Ni Messi, ni Cristiano tuvieron su día y sin embargo el partido fue excepcional, una prueba irrefutable de estos equipos son algo más, mucho más. Dos estilos bien entendidos y bien diferenciados chocaron sobre el césped del Bernabéu y el ganador todavía está por decidir. Exclusivamente por partidos como este tiene algún sentido la Copa a doble partido, porque uno sabe a poco.

Cuando Iniesta juega, el fútbol calla, observa y aprende. Ayer jugó Iniesta, no como nunca, sino como siempre: excelsamente. El manchego supo entender a la perfección lo que necesitaba su equipo. Ordenó, puso calma y consiguió evitar que el Madrid se lanzara una y otra vez a la contra como lo venía haciendo en los minutos anteriores. El Barça y Pinto, que para ese tiempo ya tuvo que emplearse a fondo en más de una ocasión, ganaron en tranquilidad. Fue en esos minutos de paciencia culé cuando llegaron los mejores minutos, con Xavi como actor principal. Pudo sentenciar el partido en dos jugadas casi consecutivas, pero el larguero de la portería de Diego López primero, y un premonitorio Varane después, lo evitaron.


Tras los minutos de calma, volvieron las tempestades, esta vez de manera definitiva y tanto para uno como para otro equipo. Y con ellas, el primer gol del partido. Fue la única vez que apareció con claridad un cohibido Messi, pero lo hizo para dejar en bandeja el gol a Fàbregas con un pase preciso que su compañero no desaprovechó. Nació la ventaja culé en el marcador, pero no por esas descendió el ritmo. Con Alves desbocado, el Barça volvió a tener el partido en su mano. Una internada del brasileño se fue a las nubes tras un calamitoso remate de Fàbregas en la frontal del área pequeña. Aún hubo tiempo para otra más, esta vez en las botas de un Pedro al que le sobró un último toque que resultó decisivo ante la pasividad de Diego López. Su disparo se marchó rozando el poste y con él las aspiraciones culés.


Cada vez que el Madrid arrancaba, el Barça sufría. Özil fue imprescindible en las transiciones y la velocidad de Cristiano se antojaba decisiva. Sin embargo, al portugués le faltó acierto de cara al gol. Ni siquiera con Pinto ya batido fue capaz de acertar con un cabezazo en boca de gol que se marchó incomprensiblemente fuera. Si a esto le sumamos el excelente partido que realizó Piqué, tenemos resuelta la ecuación. Tampoco supo asumir su rol de matador Benzema. El francés, participativo, fue incapaz de definir con precisión ni una sola de las opciones con las que contó.


El Madrid, sin puntería, parecía destinado a una derrota que no hubiera sido del todo justa. Pero entonces, la figura del mejor jugador del partido se agrandó hasta límites insospechados. Nadie jamás hubiera podido imaginar antes del partido que este chico de diecinueve años iba a ser el gran protagonista del encuentro y el artífice de que el sueño madridista siguiera en pie. El partido de Raphael Varane fue para enmarcar, para enseñarle a los niños cuáles son las funciones de un central de élite. El joven francés realizó el partido de su vida, además con un valor doble: no sólo cumplió a la perfección todos sus cometidos, también lo hizo con los de un Carvalho para el arrastre. Sacó bajo palos la ocasión de Xavi en la primera parte y quitó de los pies un remate de Cesc cuando ya se preparaba para enfilar a Diego López. Y encima marcó el gol del empate con un potentísimo y precioso cabezazo. Después de lo visto ayer, el futuro parece suyo. Aún queda mucha Copa. El desenlace: la próxima semana en el Camp Nou.

PabloG.

viernes, 25 de enero de 2013

Inolvidable


Fue el mejor Barça de todos, el mejor equipo de la historia. Y cuando son ellos, es imposible. Terminó un sueño, el más dulce y más bonito que jamás se pudo imaginar. Cayó el Málaga, pero de qué manera. Imposible no enamorarse de estos equipos, imposible no enamorarse de un deporte que aunque algunos lo interpreten de manera brusca es lo más delicado que existe. Rodó el balón y todo fueron consecuencias positivas. Goles y emociones: esto es el fútbol y por esto nos gusta. No lo olviden jamás. Porque es un deporte que se juega dentro del campo, once contra once y no nos engañemos, se juega con el alma. Como lo hicieron Málaga y Barcelona en La Rosaleda un inolvidable 24 de febrero de 2013; como lo hicieron antes la Hungría de Puskás, el Brasil de Pelé y la Holanda de Cruyff.


Era inevitable que el Málaga cayera eliminado. Estaba escrito en el libro sagrado del fútbol. Era o eso, o que el partido perdiera toda su gracia. El equipo de Pellegrini salió por la puerta grande de la Copa. Con el reconocimiento unánime del mundo del fútbol y con el convencimiento de que no merecía tanto castigo en el sorteo; de que pudo tener muchísima más fortuna de la que tuvo (¡sorteos puros!, ¿tanto cuesta?). Pero era el destino. Sin embargo, sin este Málaga valiente y descarado, el Barça no hubiera podido exhibir el fútbol de diamantes que corre por las venas de todos y cada uno de sus futbolistas. Volvió a verse ultraexigido por este pequeño equipazo y volvió a salir victorioso después de sudar sangre. Es lo que tiene contar con jugadores como Messi, Iniesta, Xavi, Pedro, Cesc… Si no es uno, es otro. Y si no, todos a la vez. Demoledores.

Cuando Alves enfiló el carril derecho por primera vez dejó al descubierto las intenciones del Barça: no pasar apuros. Llegar, ver y vencer. Pero hoy por hoy eso es imposible en La Rosaleda. Joaquín se encargó pronto de que esta afirmación constara también en el marcador. El pase de Duda fue delicado, igual que su partido, porque el portugués ya está para pocos trotes, pero su calidad sigue intacta. Tras los goles la preciosa batalla se trasladó al centro del campo. Otra vez Camacho e Iturra solos ante los peligros que entraña el Barça, esta vez con toda la artillería sobre el césped. Otra vez rindieron al máximo nivel. Se encargaron de sostener al Barça y las mayores aspiraciones en la historia del Málaga, que jugaba de tú a tú al mejor equipo de la historia del fútbol.

Pero un fallo defensivo condenó al malaguismo. Uno de los poquísimos que tuvo el Málaga. Tras el paso por vestuarios, Piqué apareció de delantero centro. Sorprendió a todos, también a Pellegrini y a Weligton y Demichelis, que lo dejaron rematar a placer en el área pequeña tras un gran control con el pecho. Santa Cruz volvió a poner las tablas en el marcador. Y entonces, Málaga entera se ilusionó. Corrieron las lágrimas por las mejillas del público. Un “¡sí, se puede!” atronador intimidó al Barcelona de los récords y le recordó que estaban en La Rosaleda, la cuna de la ilusión en el panorama futbolístico mundial. Que ara ganar aquí no basta con un juego bonito: necesitaba ganar también en emociones, arrancarle el corazón sin piedad al malaguista, algo bastante complicado.

No imposible. Recordemos que es el Barça, el único equipo del mundo capaz de hacer los sueños realidad. Dolió mucho la derrota de Anoeta. Demasiado. Pero los futbolistas saben de sobra donde nacieron los problemas y las dudas: sobre ese maltrecho césped que estaban pisando en ese mismo instante. El Barça se sintió incómodo en La Rosaleda hacía poco más de una semana. Bajó a la Tierra y comprobó que no es tan superior al resto, no al menos a todos los equipos del mundo. Ganaron el partido pero perdieron la confianza y, por si fuera poco, ese mismo equipo le sacó un empate en el último minuto y con un futbolista menos en el Camp Nou. No podían volver a pasar por lo mismo; una eliminación en Copa sería irreversible. Cesc hizo que eso no ocurriera e Iniesta remató la faena. Un golazo que dejaba como única alternativa la épica. Nada descartable teniendo en cuenta la magnitud de los contendientes y la calidad del partido, por otra parte.


Y cuando Pellegrini se iba a lanzar a por la victoria, apareció Messi. Desapercibido, controlado y sin embargo letal. Es imposible definir a este futbolista extraterrestre y a su inmensa habilidad para el gol. El centro de Alves fue la antesala de la capitulación malaguista. El lateral brasileño se salió y calló de golpe a todos sus críticos en un partido que recordó a sus mejores actuaciones. Sigue siendo un lateral terrorífico para las defensas rivales e inigualable una vez ha iniciada la carrera. Entraron Lucas Piazón y Saviola pero el partido ya estaba decidido. El sueño había llegado a su fin. Eso sí, hizo falta el mejor Barcelona para poder derribarlo. Sin Isco, sin Toulalan y sin Caballero en toda la eliminatoria, el Málaga sacó los colores al Barça y a punto estuvo de dejarlo sin Clásico. Iturra, Camacho, Joaquín y Santa Cruz hicieron posible que esa idea nunca desapareciera de la mente culé. Y no sólo con los goles, también con un juego exquisito. Los cuatro estuvieron de diez en toda la eliminatoria. En realidad, lo estuvo todo el equipo. Orgullo.

PabloG.

jueves, 17 de enero de 2013

Pero no invulnerables


Atención, empató el Barça. Y no sólo eso: fue superado por el rival en su propio campo. Lo hizo el Málaga en un partido que poco tuvo que ver con el que se vio cuatro días antes en Liga. Buena culpa de ello la tuvieron las alineaciones que presentaron sobre el césped uno y otro equipo, acusadas por las rotaciones. El Barça, sin Valdés, Piqué, Cesc, Busquets ni Xavi, logró conservar su esencia con la impagable presencia de Iniesta y Messi. Más riesgos corrió el Málaga, con Joaquín y Toulalan fuera de la convocatoria y el talento de Isco, Monreal o Demichelis reposando en el banquillo. Pero tiró de casta. Los mismos futbolistas que tocaron el cielo en San Petersburgo y rozaron el ridículo frente a Eibar y Cacereño, terminaron por dejar al Barcelona contra las cuerdas en la Copa.


El futbolista que mejor ejemplifica el partido de ayer es Iturra. El chileno se desfondó. Aunque intrascendente en apariencia cuando más corrosivo era el Barça con el balón, no paró de pelear su sitio en el divino círculo central del Camp Nou. Dejó un destello en la primera parte como muestra de lo que se avecinaba en la segunda. Pero qué destello. Robó a Thiago en la salida de balón y batió a por bajo a Pinto en una exhibición de valentía, coraje y ganas de triunfar. Un resumen de lo que está siendo su año desde que saltó de la Segunda División a la Champions, ni más, ni menos. Después dominó; hizo de la zona ancha una jungla en la que solamente los más fuertes lograrían obtener el premio del balón, y entre él y Camacho se encargaron de engullir al desdibujado Song y a un Thiago demasiado atormentado por el fallo como para entrar en las trincheras.

De todas formas, la actuación del hispano-brasileño no fue del todo desastrosa. Es más, durante los primeros veinte minutos lució como una estrella, como la clase de futbolista que se le supone que es. Era capaz de saltarse en un pispás la presión malaguista y dejar el mediocampo para engancharse a la mediapunta. Desde allí y con la compañía de Iniesta y Messi, sus movimientos parecían decisivos, irreversibles. Entre los tres movieron al Málaga a su antojo, con Tello ganando cualquier tipo de pulso por el flanco izquierdo. Pudieron dejar el partido finiquitado muy pronto, pero entonces apareció un factor que últimamente se repite demasiado en el juego del Barça: la incapacidad goleadora de Alexis Sánchez. Ni siquiera a puerta vacía, ni siquiera en dos ocasiones fue capaz de abrir el marcador. Todo el trabajo le quedó a Messi, que lideró la reacción culé tras el tanto de Iturra con la ayuda inestimable de Weligton. Jamás olvidará el central brasileño ese minuto fatídico en el que se lió con el balón en los pies cuando le tenía ganada la posición a Messi y dejó a Puyol rematar a placer en el área para que hiciera el 2-1.



Y de repente, el Barça perdió todo el brillo. Triangulaciones a trancas y barrancas que no desembocaban en nada, falta de fluidez y de velocidad. Estatismo, mucho estatismo. A Iniesta se le nubló la vista y Messi dejó de sentirse cómodo. Todo culpa del Málaga. Y de Monreal, más concretamente. La entrada del navarro mandó al vestuario al perdido Portillo y trasladó la anarquía de Eliseu al extremo derecho para instaurar la tranquilidad en el lateral izquierdo. La entrada de Santa Cruz volvió a fijar a la defensa y Seba se empezó a mover por el centro con libertad. Tuvo el empate en sus botas con una complicada volea, pero Pinto demostró porqué sigue siendo el portero de la Copa. Además, el partido necesitaba emoción, alicientes. El mejor que podía tener: la expulsión de Monreal en la primera jugada que fraguaron Cesc y Pedro. Con quince minutos de partido por delante, el partido parecía condenado a romperse. Pero no, Camacho e Iturra continuaron sosteniendo al Málaga.


Fue curioso ver a este Barça de los centrocampistas modernos cortocircuitado por dos mediocentros de los de siempre y una inferioridad numérica que pasó desapercibida por momentos. El fútbol no es matemático, eso está clarísimo. Si lo fuera, el Málaga nunca hubiera logrado el empate, mucho menos de la forma que lo hizo. Hizo falta esperar al último minuto y de la forma más agónica. Como en los viejos tiempos, Duda revistió de oro su bota izquierda para dejar el balón suspendido sobre el área. Nadie acertó a adivinar su caída, todos fallaron. Todos excepto Camacho, atento y vivo como pocos. Ni siquiera la dejó que botara para romperla ante la atenta mirada de Pinto. Comprobó, a la inversa de Thiago, lo fácil que es pasar de villano a héroe. Este Málaga desprende fútbol y kryptonita a partes iguales. Espera una vuelta épica.

PabloG.