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lunes, 27 de enero de 2014

Después de la tormenta siempre llega Messi

El Barça supo reponerse a los duros golpes recibido durante la semana y vencer a un laborioso Málaga (3-0) que se desinfló a los cuarenta minutos. Con un gran Xavi al mando de las operaciones y con un Messi entonado, el Camp Nou disfrutó del fútbol.


Un huracán sacudió al Barcelona esta semana y lo hizo trizas por dentro. Otro, esta vez futbolístico, reparó los daños más superficiales. El Barça demostró que lo que ocurre en los despachos influye muy poco a lo que se desarrolla en el campo. Y que sigue siendo un rival temible. Piqué, Pedro y Alexis sentenciaron a un Málaga que aguantó el tipo durante cuarenta minutos, pero que poco a poco se fue desinflando e hincando la rodilla. Tres jugadores a los que cada vez sorprende menos ver marcar. Suman entre ellos veintiocho goles en liga esta temporada.

Xavi Hernández tomó las riendas del equipo para dirigirlo a una de las victorias más importantes de su historia. Una victoria de estabilidad en un partido que le sirvió para reivindicarse. Justo el día que su casa lo homenajeaba por sus más de 700 partidos de azulgrana. Justo cuando más se le necesitaba. El egarense exhibió clarividencia y sus estímulos al juego fueron respondidos por la electricidad de Messi y la precisión de Fàbregas, actores principales en las jugadas de los goles del Barça.

El partido estuvo desequilibrado desde el primer momento. El Málaga conocía a la perfección sus opciones y su rol en el partido. Dedicaron todo su esfuerzo a mantener el orden defensivo y achicar espacios ante cada envite culé. Y no salió del todo mal. Es más, Valdés tuvo que emplearse a fondo en un par de ocasiones para que la calma reinara en Can Barça. Pero entonces el partido se rompió definitivamente. Santa Cruz, el guerrero más fiero de la plantilla de Schuster, tuvo que abandonar el campo lesionado. Y el plan se vino abajo. Adiós a la intensidad en la presión y a la salida larga. El Málaga necesitaba generar peligro desde atrás y se perdía. Y concedía terreno al Barcelona.

Para ese entonces Alexis ya había estrellado un tiro al poste, pero el león culé no estaba más que enseñando los dientes. Fue un poco más tarde cuando ya se abalanzó definitivamente. Y los goles se sucedieron, porque la situación era propicia. Xavi campaba a sus anchas por el medio, Cesc movía el balón entre líneas y Messi recibía lejos de la portería para arrancar con violencia. El primero llegó en un saque de esquina pésimamente defendido por la zaga malaguista que Piqué envió al fondo de las mallas sin acelerarse demasiado. Tuvo todo el tiempo del mundo.

Y fue entonces cuando comenzó el auténtico recital de Messi. El argentino estuvo mucho tiempo agazapado, enredado en la tela de araña que propuso Schuster. Cada vez que recibía, cuatro jugadores blanquiazules lo envolvían. Hasta que dijo basta. Abandonó su posición habitual y desde donde quiso se puso a crear. Y a bailar en medio del caos. Una y dos arrancadas. Lo suficiente para descolocar a la defensa rival y generar dos goles más, obra de Alexis y Pedro. El del canario, una delicia: sin apenas espacio y en un movimiento vertiginoso, sentó a Angeleri y la puso imposible para Caballero, héroe malaguista pero en el fondo también humano.


Con ritmo y ocasiones el Barça, que fue otra vez el Barça de Xavi y Messi, venció al Málaga. Aparcaron la crisis institucional para centrarse en el fútbol. Y cuando la pelota está por medio, el Barcelona casi siempre sale ganando. Marcaron tres goles y abrazaron de nuevo el liderato. Al final, esto es lo que importa.

PabloG.

sábado, 4 de enero de 2014

Koke salva al Atleti en la guerra de La Rosaleda

El Atlético de Madrid venció al Málaga en La Rosaleda (0-1) con un gol de Koke y más sufrimiento del esperado. El intenso y renovado equipo de Schuster se lo puso muy difícil al de Simeone. Pero acabaron ganando, como casi siempre, y siguen en lo más alto de la clasificación.


Fue una guerra lo que se vivió en la tarde de verano con la que camuflaba Málaga este cuatro de enero. Y en ella, volvió a triunfar el Atleti líder en solitario a la espera de noticias desde Can Barça. El equipo del Cholo Simeone, a falta de creatividad ante un rival que lo asfixiaba, tiró de oficio para solventar el compromiso. José Antonio Teixeira Vitienes apuntó en su libretilla el nombre de Juanfran, que se perderá por acumulación de tarjetas la final que les espera la próxima semana a los colchoneros en el Calderón contra el Barcelona. También apuntó el de Koke, autor del único gol del Atleti, que continúa con paso firme.

Quiso innovar Bernd Schuster. Asediado por la prensa y por una afición con un paladar ya demasiado exquisito, el alemán trató de darle el empuje competitivo que necesita su equipo cimentándolo desde la defensa. Hasta cinco alineó de salida. Angeleri, Weligton y Sergio Sánchez en el eje; Antunes y Jesús Gámez volando por los costados. Y se pudo ver un Málaga transformado, que se armaba con un 5-4-1 en defensa y se desplegaba en un 3-4-3 en ataque. Arropado por una afición entregada, los boquerones sintieron que podían con el Atleti. Contuvieron a su rival durante buena parte del partido. No hubo noticias de Diego Costa, totalmente aislado de la realidad y rodeado en todo momento por tres camisetas blanquiazules.

El Málaga aguantaba e incomodaba. Samu firmó un buen partido, Eliseu lo 
puso ímpetu a la causa y Gámez y Antunes llevaron peligro en sus acercamientos. Se estaba gestando un gran partido, un duelo de poder, un choque a ver quién era más fuerte de los dos. Un cabezazo de Eliseu a centro de Samu casi pone en ventaja a los blanquiazules, pero el balón se fue alto.

El Cholo tuvo que reaccionar. Se le veía intranquilo a medida que avanzaba el partido. En el descanso dijo basta. Sacrificó al joven Oliver Torres y puso en el campo a Adrián. Si no se ganaba por talento, se ganaría por la fuerza. Tiago cogió el escudo y se colocó como único pivote. A su lado aparecieron Arda Turan y Koke. Arriba, dinamita: Villa, Adrián y Diego Costa.

Y en un momento dado, en un tramo del partido en el que el Málaga atacaba con todo la portería de Courtois, el partido se descontroló. No fue por demasiado tiempo, tan sólo un par de ocasiones para ambos equipos, pero en ese momento reinó el caos en La Rosaleda. Y Diego Costa es el señor del caos. Arrancó con potencia para regalarle un balón a Adrián que, tras un recorte, sólo Weligton pudo evitar que se transformara en gol. A la siguiente, el Atlético no perdonó. Otra vez arrancó Costa, pero esta vez arrastró consigo a Angeleri, Weligton y Sergio Sánchez. Los tres centrales pendientes de sus movimientos. Y los tuvo a los tres. Metió un delicioso balón para Adrián que Willy Caballero salvó. Mismos protagonistas, pero distinto final, porque ahí apareció Koke para reventar el balón suelto y poner al Atleti en ventaja.

Tanto sufrió el Atlético de Madrid en La Rosaleda, que tras el uno a cero dio un gran suspiro de alivio. Simeone quitó a Villa y metió a Alderweireld. El partido no se podía escapar. Poco le importó que Schuster desmontara su planteamiento y se metiera en campo contrario con Santa cruz como faro para guiar al Málaga a la victoria. También le importó poco dejar en el banquillo a Sosa, aliciente extra para un partido ya caliente, pues el jugador argentino tenía un acuerdo verbal con el Málaga y acabó firmando por el Atleti –y el público le hecho una buena reprimenda por ello–. El Cholo fue pragmático. Y Juanfran y Filipe Luis, notables durante todo el partido en ataque, se juntaron con el resto de sus compañeros para formar una muralla infranqueable.

El Atleti lidera la liga y el próximo sábado espera al Barcelona en el Calderón. Será un partido a vida o muerte, una final en toda regla. Un partido para decidir el futuro y los objetivos de este equipo. Pero hasta ese momento, siguen siendo el mejor equipo de España.

martes, 17 de septiembre de 2013

Peces y cañas

Este artículo no se publica hoy por casualidad. Lo pude hacer ayer, pero hubiera sido absurdo. ¿El motivo? Una cuestión muy simple: nadie hubiera prestado ni la más mínima atención a un texto que critica a un equipo que ha humillado a su rival endosándole un contundente 5-0. Hoy, una vez pasada la tormenta, espero que se le preste un poco de atención. Porque no, no es oro todo lo que reluce. Definitivamente no. El Málaga, por fases, no me gustó un pelo.


La seña de identidad del equipo que entrenaba Manuel Pellegrini la temporada pasada era un ataque posicional exquisito. El Málaga era un ciclón con el balón en los pies. Lo movía de un lado a otro, encontraba los espacios ocultos y desangraba al rival. La mayoría de las veces estos espacios llegaban por banda, donde los laterales llegaban hasta línea de fondo y desmontaban el entramado defensivo del rival. Pero lo que diferenciaba a ese Málaga del resto de equipos de la liga española y probablemente también de Europa era su intercambio de posiciones. El balón rodaba, y al mismo tiempo se producía el desorden a partir de la línea de tres cuartos de campo. Un desorden ordenado, claro. Y altamente productivo.

Ahora la situación ha cambiado: Pellegrini se ha ido, y con él los grandes peloteros. Han llegado Schuster y otra clase de jugadores. Y aunque el alemán dijo en su presentación que su idea del fútbol no se encuentra muy lejos de la de Pellegrini, es lógico que haya variaciones. Más que nada porque el Málaga ha cambiado su plantilla de arriba abajo. Pero lo que no concibo es lo que se vio contra al Rayo. El Málaga se basó exclusivamente en los balones largos cuando le tocaba proponer fútbol. Hubo ratos en los que lo único que diferenció al Málaga de Schuster con el Stoke City de Pulis fueron los saques de banda: en La Rosaleda se hacían en corto.


Los hombres de Paco Jémez tienen bien aprendida la lección: tocar, tocar y tocar. Es de admirar que un equipo tan humilde sea tan valiente. Incluso se atreven con la salida lavolpiana. Es decir, sacar el balón desde atrás con los centrales bien abiertos, incrustando al medicentro entre ellos y abriendo mucho a los laterales, que se sitúan a la altura de la línea central. Esta peculiar manera de iniciar la jugada la desarrolló el argentino Lavolpe, sobre todo, en la selección mexicana que disputó el Mundial de Alemania en 2006, de ahí el nombre. Su realización es tremendamente dificultosa y arriesgada, pero si sale bien no hay mejor forma de dominar al rival, porque abre huecos por todos lados. Un ejemplo de su dificultad es que al Bayern de Guardiola le está costando un mundo asimilarla. Sin embargo, el Rayo la hace de maravilla.


En la Rosaleda, Galvez y Galeano (después Arbilla) se abrían y Tito y Nacho ganaban la línea divisoria. En medio de los centrales se situaba Saúl Ñíguez, dueño y señor del encuentro durante la primera parte. El canterano atlético desquició a un Málaga que nunca supo leer ese inicio de la jugada. El Hamdaoui iba a presionar a los centrales y Sergi Darder se veía obligado a seguir a Saúl. El problema: esto hacía que Trashorras se quedara solo en el centro del campo, con lo que ello implica. La mala lectura de esta jugada, que se repitió cada vez que el Rayo arrancaba desde atrás, provocó que los franjirrojos bailaran al Málaga durante buena parte de la primera mitad.

El Málaga, sin embargo, basó el partido en su efectividad. Con balones en largo o enlazando a la contra (ahí pocos equipos están a su altura) pudo plantarse varias veces frente a la portería de Rubén y perdonó pocas de ellas. Consiguió con goles lo que no pudo hacer con fútbol. Pero ¿qué pasará cuando esos balones no entren, cuando esas ocasiones (que fueron más porque los vallecanos defienden de manera calamitosa) tarden y tarden en llegar? El partido dejó clara una cosa: Schuster le da a su equipo un cubo de pescado en forma de buenos futbolistas; Paco Jémez, en cambio, les da una caña.


PabloG.

martes, 11 de junio de 2013

Las mentiras del Fair Play Financiero

¡Atención! Antes de leer este artículo sería conveniente que se contextualizara con este otro para mejorar su compresión, ya que se pueden hacer referencias a él.

Se cumplieron los peores presagios: el Málaga, sexto clasificado de la Liga BBVA, no podrá disputar la Europa League la próxima temporada. No podrá hacerlo porque el TAS (el Tribunal de Arbitraje Deportivo) dio la razón a la UEFA en el pleito que mantuvo el club costasoleño con el máximo organismo del fútbol europeo. La sanción inicialmente constaba de 300.000 € de multa y un año de suspensión, prorrogable a otros cuatro, en competiciones europeas. Finalmente la prórroga se pudo evitar, no así la multa y el primer año de sanción. Y todo por una norma que no deja satisfecho a nadie, más que nada porque es injusta y mentirosa: el famoso Financial Fair Play.

¿Cómo puede una medida que pretende establecer la igualdad entre los clubes crear las mayores desigualdades jamás vistas en el mundo del fútbol? Sólo la UEFA lo sabe. En teoría, la norma quiere evitar que los clubes vivan por encima de sus posibilidades, hinchados por capital externo. Cada club, ajustándose a este nuevo reglamento, deberá vivir única y exclusivamente de los ingresos que genere por sí mismo. La idea, como tal, no es mala. El problema es que en la práctica no es así.


El caso más extravagante y contradictorio de los que se han producido hasta el momento tiene como protagonista, cómo no, al gran equipo más artificial de cuantos existen en el panorama futbolístico. Hablamos, naturalmente, del Manchester City. El equipo presidido por el jeque Mansour bin Zayed Al Nahyan –que lleva cosechando año tras año unas pérdidas multimillonarias desde la llegada del árabe, como ya citamos en el anterior artículo– es el máximo exponente de lo que la UEFA no quiere en sus competiciones. Es un equipo dependiente de las inyecciones económicas del jeque y de su patrocinador principal, la aerolínea Etihad. Sin embargo, ha sido de los primeros en entrar dentro de los límites del FFP. ¿Esto cómo se concibe? Muy fácil: avala a su equipo a base de infraestructuras, es decir, su estadio y su nueva ciudad deportiva.

Pero el lío comienza precisamente ahí: el Manchester City no genera ingresos suficientes para acometer las obras de la ciudad deportiva. De iniciarlas se iría directamente a la bancarrota. La solución también fue sencilla: vendió su estadio, el City of Manchester, a Etihad –la empresa de su medio hermano Hamed bin Zayed Al Nahyanthe– a cambio de 400 millones de libras, el contrato de patrocinio más grande de la historia. Además, hizo extensible ese patrocinio a la futura ciudad deportiva.

Con este movimiento, el City incumplió dos normas bien claras del FFP: la prohibición de que los patrocinadores del club estén estrechamente relacionados con la propiedad del club y el hecho de que ese dinero inyectado de manera externa para garantizar la supervivencia del club. Además, que ese acuerdo se firmara por esa desorbitada cantidad era algo que no se había visto jamás. Sí por el patrocinio de un estadio de nueva construcción, como por ejemplo el Emirates Stadium del Arsenal, pero no por simplemente renombrar una propiedad ya existente. Más aún si esa propiedad ni siquiera te pertenece, porque el estadio pertenece al ayuntamiento de Mánchester.

La mayoría de clubes de la Premier mostraron su desacuerdo con este patrocinio, especialmente Liverpool y Arsenal. Pero la cosa no quedó ahí: instituciones como el Consejo de Europa aconsejaron a la UEFA que bloqueara dicho acuerdo. Esto nunca se produjo. Hicieron la vista gorda con el tema de los patrocinadores e introdujeron los 400 millones de patrocinio como parte de las “infraestructuras”. De este modo, el Manchester City no sólo entró dentro de los límites del FFP, sino que se permitió poder seguir gastando cantidades astronómicas de dinero en fortalecer su plantilla y debilitar la de sus rivales.


En este punto analizaremos lo que ha ocurrido como el jeque Abdullah Bin Nasser Al Thani en Málaga. ¿Por qué ha fracasado su proyecto? ¿Realmente no se ajusta al FFP? Cada día queda más claro que la responsabilidad no es suya, sino de unas instituciones locales, autonómicas y nacionales que no han sabido o no han querido solucionar un problema demasiado simple. Al Thani llegó a la Costa del Sol como mecenas y estuvo a punto de serlo, pero topó con el mayor enemigo que podía encontrar: la burocracia española. Planificó varios proyectos que hubieran situado a la zona, no sólo en la élite de España, sino de Europa y del mundo. También deportivamente. Pero todos ellos fueron rechazados, poniendo mil y una excusas que ya nadie cree. A Al Thani se le privó de realizar sus negocios empresariales en Málaga y se declaró en rebeldía, dejando al club a su suerte. Es el único pero que se le pone, y el más grave.

Uno de esos proyectos diseñados por el jeque fue la construcción de una ciudad deportiva, de la que el Málaga carece. La Academia, pretendía ser un referente mundial en la formación de jugadores, un atractivo más para un club que empezaba a tomar una pinta exquisita. Pero además, ofrecía al club un fundamento sólido que avalara la seriedad de su proyecto, también económicamente. Jamás se produjo una respuesta ni por parte del Ayuntamiento, ni de la Diputación, ni de la Junta de Andalucía para que se iniciaran las obras. Primero se alegó que no existían terrenos disponibles; una vez solucionado este asunto, que esos terrenos no eran válidos; y cuando por fin parecía todo solucionado, llegó la excusa estrella: “el Málaga no ha presentado ningún proyecto formal para iniciar las obras” en palabras de Francisco de la Torre, alcalde de Málaga.


Un simple movimiento hubiera permitido que el sueño malaguista siguiera en pie durante algún tiempo más. Un simple movimiento que jamás se produjo y que desencadenó una sanción ampliamente injusta basada en unas normas totalmente inverosímiles. El Málaga no podrá jugar en Europa la próxima temporada y está por ver cuál será su futuro. Ahora, sin ciudad deportiva, con el estadio de siempre, sin jeque, y está por ver con qué plantilla, el Málaga sólo puede confiar en una cosa: su afición, que no lo dejará caer jamás. Soplarán los vientos desde Nyon, desde Lausana, desde Madrid o desde la propia Costa del Sol, pero no podrán tumbar al Málaga. No mientras sus seguidores estén junto a él.

PabloG.

lunes, 15 de abril de 2013

El karma


En las religiones dhármicas, el karma es esa energía trascendente que se deriva de los actos de las personas. Es esa fuerza que emana de cada acción que realizamos e inicia una poderosa relación de causa y efecto: si nuestras acciones son buenas, el karma nos recompensará en el futuro; si por el contrario son malas, nos castigará. Cómo son el fútbol y el maldito karma. Tan sólo noventa y seis horas después del fatídico gol de Felipe Santana en Dortmund, el Málaga pudo sonreír. Tuvo que ser en el último minuto, no había otra opción. Tuvo que ser de nuevo un brasileño el que introdujera el balón en la red, esta vez para llevar a la gloria a los malaguistas. Málaga lo merecía. Por las agresiones sufridas, por las tomaduras de pelo y las ilusiones rotas. No había mejor forma. Las cosas que tiene el karma.


Debió echarse a temblar Platini cuando conoció la noticia del gol de Baptista. No sería de extrañar que en unos días nos enteremos de que ese chiringuito tan bien organizado que tiene la UEFA echa el cierre. Ya se sabe, “cuando las barbas de tu vecino veas cortar, pon las tuyas a remojar”. Pero hasta que el dichoso karma no termine su trabajo, la ambición de cualquier equipo debe ser formar parte de esa especie de bacanal del fútbol que organiza el máximo estamento del europeo, llamada Champions League, y que ellos mismos se encargan de destrozar incomprensiblemente. El Málaga, por méritos estrictamente futbolísticos, está en el buen camino: continúa en la pelea por la cuarta plaza que ocupa la Real Sociedad, a sólo cuatro puntos de los txuri urdin. Y no solamente eso, sino que desprende un aroma a fútbol hoy en día inigualable dentro de nuestras fronteras. Ha vuelto el mejor Málaga. Y el único objetivo es la liga.

El partido fue una fiesta desde los prolegómenos. Con un recibimiento propio de los campeones de Europa, los boquerones salieron enchufadísimos. No pesó ni el esfuerzo titánico de Alemania, ni las horas de vuelo, ni el duro mazazo recibido. Había ansias de venganza y eso se plasmaba en el ambiente. Jamás gritó tan fuerte La Rosaleda. Y eso que el Osasuna, siempre valiente, no dio un balón por perdido. Los rojillos pelearon conscientes de que cada vez ven más de cerca el abismo del descenso. Pero el Málaga fue un ciclón incontestable durante los primeros minutos. Si la goleada no fue de escándalo antes del cuarto de hora, fue gracias a las manos de un portero que cada vez que pisa el césped aumenta exponencialmente su caché. Ágil como un gato, Andrés Fernández sacó una manopla prodigiosa a seco disparo de Júlio Baptista y evitó in extremis un rebote que se dirigía peligrosamente hacia su escuadra. Su actuación fue formidable.

Poco a poco fueron menguando los ánimos, fruto de la impotencia. El Málaga estaba realizando uno de los mejores partidos de la temporada y las ocasiones, clarísimas, se sucedían una tras otra, pero el balón no quería entrar. Saviola fue el que más cerca tuvo el tanto, pero su lanzamiento se marchó fuera repelido por el poste. Parecía que jamás se podría sobrepasar el muro navarro. Ni la magnífica actuación de brega de Baptista en la delantera, ni la de Iturra en el centro del campo parecía suficiente. Fue impresionante observar cada movimiento del chileno, concentrado únicamente en desactivar la ofensiva rival y entregar el balón con acierto. Ante la ausencia del lesionado Toulalan, perdido para el resto de la temporada en Dortmund, asumió el papel de líder en el centro del campo multiplicándose por mil. Pero hasta el final pareció que Osasuna iba salir vivo de una Rosaleda a rebosar de gente y de ilusión. Hasta ese mágico momento en el que Baptista reventó el balón contra las redes del fútbol para llevar el éxtasis a una ciudad hasta ese momento hundida. Así es el karma, sufrir hoy para disfrutar mañana. El malaguista debe estar tranquilo: el año que viene merecen, por lo menos, conquistar Europa.

PabloG.

jueves, 11 de abril de 2013

Campeones de Europa


El Málaga se proclamó campeón de Europa de la mejor manera posible. Con valentía, con casta y haciendo enmudecer al campo más imponente de cuantos hay en el Viejo Continente. Sólo hace falta cambiar Wembley por el Westfalenstadion y la derrota por la victoria para darse cuenta. Hubiera sido lo más increíble del mundo. Y a punto estuvo de ocurrir, pero finalmente todo se truncó. El fútbol le debe algo al Málaga. O incluso más: el fútbol moderno le debe algo al fútbol de verdad, al de toda la vida.


¿Cómo puede cambiar tanto la vida en un minuto? Eso es uno de tantas preguntas que jamás podrán ser respondidas. Cuando Eliseu se agarró a la jaula de acero que separaba a los malaguistas mortales de los inmortales nadie podía adivinar un final tan injusto. A diez minutos del final, el Málaga estaba entre los cuatro mejores equipos de Europa y, por qué no decirlo, del mundo. Se lo había ganado en el campo, doblegando al máximo dominador del fútbol alemán en los últimos dos años en su inexpugnable feudo. Cada uno de los futbolistas se dejó la piel y luchó con más fuerza que nunca para llevar a su fiel afición en volandas para seguir viviendo el sueño. Por una vez, los once hombres del césped arroparon a los dos mil que daban otro color a la grada diferente del amarillo y negro. Y creyeron, creísteis, creímos que estaba hecho. Pensamos que nada nos podía quitar de las manos este fantástico sueño. Soñamos con la copa. Pero en la vida también existen las injusticias.


Porque el final del partido fue muy injusto. Dos goles en un minuto para romper el sueño más dulce que jamás hemos vivido. A España entera, a buena parte de Europa, se le rompió el corazón con el gol de Santana. Lágrimas en los ojos de un equipo que era incapaz de creer lo que estaba viendo. No merecían este final. Poco importan los fueras de juego, la escasa calidad del arbitraje en general. El Málaga no merecía terminar así. Vivimos la desesperación que otros ya vivieron antes. A la memoria vinieron rápidamente ese Depor destrozado sobre el césped de Do Dragão, esas lágrimas de Cañizares después de perder la segunda final consecutiva, ese Riquelme con la cabeza gacha en El Madrigal. Pero sobre todo, por el escenario en el que se desarrolló la tragedia, el espíritu de un equipo se apareció sobre el césped: otra vez el Westfalenstadion destrozó el humilde sueño europeo de un equipo español; doce años después de que el Alavés cayera cruelmente en la final de la UEFA, fue el turno del Málaga.

Sólo pudo hacer daño el Dortmund a base de pelotazos, maniatado por un despliegue físico brutal del Málaga. Con Gündogan desactivado, uno de los equipos que mejor fútbol práctica del mundo se derritió y únicamente fue capaz de incomodar a base de empujones nacidos en la Südtribüne. Sahin como lanzador, Subotic y Santana como delanteros. Una situación esperpéntica que finalmente dio el triunfo al que menos lo mereció y de la manera más cruel posible. El central brasileño la empujó al fondo de las mallas con Caballero y Antunes derrotados para delirio de su maravilloso estadio. La gran victoria dejó al Málaga sin unas semifinales que mereció por méritos propios.


Pero este equipo pasará a la historia. Su leyenda es ahora infinitamente más grande que al principio gracias a un sueño que a punto estuvo de convertirse en realidad. Lucharon hasta el final y si no lo consiguieron no fue por falta de ganas ni de esfuerzo. Las razones se escapan al análisis. Ahora sólo queda estar orgullosos del mejor equipo que jamás vio esta tierra, esta incondicional afición que durante noventa y dos minutos pintó Dortmund de blanquiazul. Entre todos somos leyenda. Y aunque la Champions haya terminado, esta fiesta no debe terminar jamás. El sueño seguirá viviendo eternamente en nuestros corazones.

PabloG.

jueves, 4 de abril de 2013

Fútbol


El fútbol es un deporte precioso pero muchas veces incomprendido. A veces los pelotazos, las entradas duras y las simulaciones afean un espectáculo sublime. E incluso más de una vez los que han hecho apología de este otro juego han sido encumbrados como los mejores de su tiempo. Pero cuando el fútbol, un deporte de caballeros, es disputado y dirigido por caballeros, no se puede comparar con nada más. El partido de esta noche fue así. Málaga y Borussia Dortmund, Pellegrini y Jürgen Klopp, dibujaron sobre el césped uno de los mejores partidos de fútbol que se recuerdan últimamente. Porque, ante todo, fue eso: fútbol. El vídeo del partido debería exhibirse en bucle en los mejores museos del mundo. ¿Se imaginan las diabluras de Isco o Götze en los muros del Louvre junto a la misteriosa sonrisa de la Gioconda? Como merecerlo, hoy, lo han merecido. Viva el fútbol.


Pero ¿qué es el fútbol realmente? ¿Son los goles; es el mejor el que más goles mete? ¿Son las ocasiones creadas con paciencia, mimo y esmero? Depende del concepto de cada uno. Hoy se derrochó de lo segundo. Lo cierto es que cuando el resultado no importa, cuando el gol pasa a ser algo secundario, el espectáculo mejora sustancialmente. Se movió el balón de un lado a otro, se vieron transiciones rápidas, pero el partido parecía disputado por niños en la plaza del barrio en la que la portería no existe, en la que sólo importa correr con alegría detrás de la pelota. Aunque, a decir verdad, cuando se buscó el gol, ambos equipos se toparon con dos muros infranqueables. Caballero se ganó la matrícula de honor con manos prodigiosas y una actuación excelente. También se ganó dos enemigos de por vida en Mario Götze y Lewandowski, que lo sufrieron en primera persona. Al partido del polaco sólo le faltó un broche de oro en forma de tanto. Dirigido desde la medular por el talento de Gündogan, volvió loca a la defensa con una velocidad y una movilidad endiabladas. Fue un tormento. Pero erró en la definición incluso cuando se quedó solo frente a la meta, quizá siendo fiel al ideal de belleza que presentaba el partido.

También hubo tiempo para la batalla en el centro del campo. Dos bloques sólidos frente a frente en un partido en el que destacar individualmente era técnicamente imposible: no había otra salida. Ahí, Iturra se dejó la piel, Baptista se batió en un duelo altamente físico y precioso con Kehl, y Toulalan volvió a dar un clínic. El francés es un futbolista capaz de destruir y crear con la misma soltura. Con su conducción de balón tan poco ortodoxa, quitársela se torna una misión imposible. Sabe aguantarla hasta el extremo para después distribuirla con criterio. Es un centrocampista total. Se hizo enorme conteniendo y sosteniendo a su equipo mientras otros se dedicaron a crear. Demichelis desde el fondo, Joaquín e Isco en la línea de tres cuartos y un sensacional Saviola en la delantera.


El balón se repartió casi equitativamente durante los noventa minutos. Hubo ratos de dominio de uno y ratos de dominio de otro, pero la sensación final fue de que el Málaga puso el control y el Dortmund las ocasiones. Eso no quiere decir que el remate de Toulalan que Götze sacó bajo palos no cuente, ni que los aurinegros no supieran neutralizar a los blanquiazules durante algunos tramos del juego; simplemente cada uno fue fiel a su estilo: aunque son muy similares, el Dortmund es verticalidad y el Málaga, horizontalidad. Pero cuando dos equipos hermanos en ideas y costumbres confluyen ocurren cosas como estas, muchísimo fútbol en un partido que no decide nada en absoluto. Aunque ¿qué más da todo eso? Importa la belleza y no el resultado. Esto es puro fútbol, arte, no matemáticas. El sueño continúa.

PabloG.

sábado, 30 de marzo de 2013

Morales se destapa


Con los cinco sentidos puestos en el partido, el Málaga sacó una importantísima victoria del siempre difícil campo de Vallecas. Fue necesario el esfuerzo de todos los futbolistas para doblegar al ordenado y serio Rayo de Paco Jémez, un equipo que a base de buen fútbol incrementa su leyenda con cada paso que da. Aún sigue en la lucha por los puestos europeos, codeándose con la burguesía de la Liga. Pero hoy un futbolista sobresalió por encima de todos para dar un duro golpe a sus aspiraciones. El chileno Pedro Morales demostró por qué se le reclutó para este ilusionante proyecto: sin intervenir excesivamente en el juego, cada envío suyo tuvo más sentido que el anterior. Creó peligro cambiando la lógica de su equipo, enviando en largo lo que siempre suele ir en corto. Con una precisión absoluta, fue capaz de dar dos brillantes asistencias a balón parado y de cruzar un latigazo que se hizo imposible para Cobeño. Tiene un guante en la pierna.


El partido, hasta el final, no tuvo un dominador claro. Buena culpa de ello recayó en las ausencias de Trashorras e Isco, física la del primero y emocional la del segundo. No se halló el arroyero sobre el césped vallecano, encorsetado por un buen marcaje de Tito y agotado después de su estancia con la Roja. Así, sumergidos en un partido de ida y vuelta entretenido y con buen criterio, se hicieron grandes Toulalan, Iturra y Javi Fuego en el robo de balón y Joaquín y un insospechado Tito a la carrera. Se desfondó el lateral rayista llegando hasta la línea de fondo cada vez que tenía ocasión. Tanto fue así que diez minutos después de que Weligton abriera el marcador con un poderoso testarazo a centro de Morales, Willy Caballero derribó al ‘2’ del Rayo dentro del área, ocasión que no desperdició Piti para poner la igualada. Hizo daño el Rayo con espacios y el incisivo Lass estuvo a punto de lograr un premio mayor, pero el Zamora de la Liga abortó cualquier conato de revuelta franjirroja.

Poco a poco el Málaga fue ganando terreno. Sin la brillantez de otras ocasiones, las triangulaciones fueron asomando por el área del Rayo. La clave estuvo en la alta y ordenada presión que los hombres de Pellegrini comenzaron a realizar desde bien pronto y que no permitieron al Rayo una salida limpia del balón como a la que nos tiene acostumbrados. Fue en este punto cuando Baptista, que apareció desde atrás como un tren de mercancías, remató con el alma un nuevo centro maestro de Pedro Morales. El brasileño volvía a reencontrarse con el gol diecisiete meses después de aquella fabulosa chilena que puso en pie a La Rosaleda y dio tres puntos al Málaga frente al Getafe. Lo merecía, después de todo lo sufrido. El Málaga también, que volvía a saborear las mieles de la victoria liguera cinco jornadas después.

Pero al partido le faltaba un colofón. O mejor dicho, a Pedro Morales, héroe del partido, le faltaba lo más importante: hacer constar en la historia que en su mejor partido –hasta el momento– como malaguista, marcó un gol. Porque la historia es así de desagradecida, se acuerda de los goleadores pero pocas veces de los asistentes, aunque muchas veces éstos tengan más méritos que los otros. De cualquier forma y ante las dudas, el chileno hizo las dos cosas. Cogió el balón en la frontal y la cruzó con una violencia descomunal para dejar el partido visto para sentencia. Ni siquiera la estirada de Cobeño pudo evitar el bello tanto. Fue un obús. Ahora, las miradas se centran en el decisivo partido del miércoles frente al Borussia Dortmund. Todas. Incluida la del propio Morales, que lo verá desde la grada.

PabloG.

jueves, 14 de marzo de 2013

Soñando despiertos


En el partido más importante de su historia, el mejor Málaga de siempre entró en escena. Pasarán cien, mil años, y todavía se seguirá recordando aquella noche en la que una macroestructura de hormigón armado aparentemente inerte, gritó con una única y poderosa voz para hacer realidad el más dulce de los sueños. El Málaga está en cuartos porque al final sí que se pudo. Con el talento que caracteriza a este equipo, pasó por encima de un Oporto que se vio superado en el campo y en la grada por la desbordante ilusión del pueblo malaguista. Que todo un bicampeón de Europa, un equipo que hace apenas dos años alzó la Europa League se sintiera amedrentado en el césped de La Rosaleda sirve para hacerse una idea del ambiente que se vivió en el feudo malaguista. Y si no les sirve, déjenlo por imposible: esas sensaciones son indescriptibles.


Un fogonazo de Isco abrió el camino. Canalizó todas las emociones malagueñas en un precioso disparo que se coló por la escuadra de la portería de Helton. Fue la recompensa a un partido soberbio, de menos a más como el Málaga. Comenzó cohibido y agarrotado. No debe ser fácil llevar todo el peso de tu equipo en el momento crucial con veinte años. Pero pronto Joaquín se encargó de desatarle. El del Puerto fue un torbellino con el balón en los pies; un auténtico revolucionario que cambió el partido de cabo a rabo. Si hasta ese momento el Oporto, guiado por la paciencia y el talento de Moutinho, estaba siendo el fantástico equipo de la ida, la irrupción de Joaquín hizo que el Málaga explotara y que no soltara a su rival desde ese momento. La expulsión de Defour a los tres minutos de la reanudación fue el punto de inflexión del partido, ya sólo había un escenario posible: la victoria del Málaga. Y entonces, Santa Cruz remató con el alma un córner botado por Isco. El dos a cero subió al marcador y la locura se desató.


Jamás se había visto nada igual en La Rosaleda. Ni en ascensos, ni en permanencias. Ni en la mejor de las ocasiones la afición apretó y disfrutó como anoche. Ese bufandeo tras el segundo gol, ese himno cantado al unísono en los minutos finales… reflejaron a la perfección la esencia del fútbol, del deporte en general. Fueron un cúmulo de emociones concentrados en un espacio preciso, en un tiempo concreto y con un contexto inmejorable. El reflejo en el campo de lo vivido en las gradas fue Jesús Gámez. En el club desde niño, ayer traspasó con el equipo de su vida la frontera de los sueños. No notó el cansancio, no se resintió jamás del esfuerzo. La ilusión jugó por él. Cada internada suya por la banda, en sociedad con Joaquín, levantó al público y desmontó al Oporto. Tanto, que Vítor Pereira se vio obligado a introducir a Atsu en la banda izquierda para impedir –sin éxito– sus incorporaciones ofensivas.


Pero si el Málaga fue capaz de sostener el partido fue por su impecable labor defensiva, que dejó a cero al depredador Jackson Martínez, diluido entre la espesa tela de araña blanquiazul. Un sistema defensivo iniciado por Baptista en la mediapunta, desde la que pegado a Fernando fue capaz de evitar la fluidez en las transiciones portuguesas, y rematado por el seguro triunvirato formado por Weligton, Demichelis y Caballero. Precisamente fue desde la zona más retrasada donde el Málaga se hizo grande. Liderado por el mariscal Demichelis, el equipo fue adelantando líneas hasta embotellar definitivamente al Oporto. Mención aparte merecen Antunes, Iturra y Toulalan. El primero es un seguro de vida; el segundo, todo corazón; el tercero, un manual sobre fútbol. Entre el chileno y el francés anularon cualquier conato de revuelta portuense. Se dejaron la piel en el campo, cada uno con sus peculiaridades estilísticas y técnicas, pero con un trabajo sobresaliente.

¿Y qué queda ahora? Disfrutar. Disfrutar como nunca se ha hecho. Porque esto no se sabe cuándo se volverá a repetir. Estos cuartos de final ya son un extra, algo que minutos antes del partido muy pocos se imaginaban. Ahora llega el sorteo de la ilusión. Seguro que habrá bolas calientes, porque la del Málaga contendrá todo el orgullo, toda la esperanza y toda la ilusión de una ciudad y de una provincia que quiere llegar un poquito más lejos, dejar su huella en la historia del fútbol. La suerte está echada y el sueño continuará.

PabloG.

miércoles, 13 de marzo de 2013

¡Sí se puede!


Hoy es el gran día. Veintiocho siglos después del primer asentamiento fenicio en el territorio de Malaka, la ciudad de Málaga vivirá esta noche el momento más importante de su historia. Hoy se juega su orgullo, su historia, su fortaleza; en esta batalla se disputa el pasado, el presente y el futuro de una ciudad, de un pueblo, de una civilización. Es Málaga contra el mundo, contra las leyes prestablecidos en el orden mundial, en la jerarquía natural del deporte y de la vida, personificadas en un Oporto que no hace prisioneros. Pero esto es Málaga, y si en algún lugar del mundo pueden hacerse realidad los sueños es aquí, en el corazón de Andalucía. Memoria, compromiso y fe.


Otra vez un 13 de marzo marcado en rojo en el calendario malaguista. El caprichoso destino quiso que diez años después de la apoteosis vivida en La Rosaleda en el partido contra el Boavista, otro equipo portugués y portuense aterrice en Málaga. Esta vez es el equipo por excelencia del país vecino, un dominador con puño de hierro que ha basado sus éxitos en el poder de su bloque, un juego exquisito, ventas multimillonarias y grandes fichajes a precio de saldo. Tampoco el Málaga es el mismo: existen muchas similitudes en ciertas posiciones, pero el grupo actual es mucho más maduro y experimentado. Eso sí, la ilusión de la afición no ha variado. Y si lo ha hecho ha sido para crecer aún más. Málaga está volcada con su equipo, con su ejército desarmado que busca la justicia y la libertad. Ni Platinis, ni UEFA, ni TAS, ni falsos jeques –o no– serán capaces de despertarla de este dulce y acaramelado sueño.

Y es que este Málaga es el cúmulo de muchas cosas, de muchas emociones y sueños:  es heredero del legado de aquel SuperDepor que enamoró al mundo, es hijo de los logros de aquel Valencia que acarició por dos veces la tan preciada Orejona, es hermano de sentimientos del fabuloso Villarreal de Pellegrini que vio truncado su sueño desde el fatídico punto de penalti del Madrigal; por sus venas corre la sangre del Sevilla de las dos Copas de la UEFA y del Betis que abrió la veda de la Champions en Andalucía. Es andaluz de alma, español de sentimiento y universal de corazón. Es todo eso y mucho más. Por eso, cuando esta noche a las 20:45 suene el pitido inicial, un único grito retumbará en Málaga, Andalucía, España y en cada rincón del Universo: ¡¡¡Sí se puede!!!

PabloG.

miércoles, 20 de febrero de 2013

Ilusionante desilusión


Por primera vez en lo que va de Champions, previa incluida, perdió el Málaga. Lo hizo en un partido raro, el peor de la temporada con diferencia. No conviene sacar demasiadas conclusiones. No sería justo. El Oporto realizó un despliegue físico y táctico brutal adornado con sutiles pinceladas de calidad técnica para dejar al Málaga a cero. A cero goles, disparos y posesión. No fue el Málaga. Por demérito propio y por mérito del rival. Acorralado, el equipo de Pellegrini sólo pudo dejar el tiempo correr. Los tres mil seguidores desplazados a Do Dragão miraban atónitos. Animaban, pero no estaban muy seguros de si ése era el equipo al que habían ido a ver. La camiseta pistacho, la falta de entrega y una imposibilidad absoluta a la hora de enlazar tres pases seguidos les hacían dudar, y con razón.


Vítor Pereira supo perfectamente como anular a su rival: con el balón en los pies bailó alegre y veloz el Oporto. Nada nuevo bajo el sol, por otra parte, aunque con matices. Éste es el estilo del sólido bloque portugués, pero el inmenso desequilibrio que se pudo apreciar entre los dos equipos no existe, fue artificial y circunstancial. El Oporto es uno de los mejores equipos de Europa, ese eterno tapado que sin hacer demasiado ruido siempre anda por ahí en las últimas rondas de los mejores campeonatos europeos, el gran dominador de Portugal; pero ayudó bastante al recital que se vio que los Joaquín, Isco, Baptista, Santa Cruz, los líderes del Málaga en definitiva, se borraran casi totalmente del encuentro. No hubo actitud, no hubo empeño. Tan sólo las entradas de Portillo y Lucas Piazon en los minutos finales dieron algo de sentido al juego, pero era demasiado tarde. El Málaga ya había naufragado a orillas del Duero.

Cuatro pilares básicos hicieron del Oporto el dueño y señor del encuentro: el desorden de Alex Sandro, el control y la presión de Fernando, el poderío de Jackson Martínez y, por encima de todo, el inigualable talento de João Moutinho. El portugués, esa rencarnación laboriosa del mejor Deco, trazó con sumo cuidado y una precisión milimétrica cada movimiento de su equipo. Siempre acertó, encontrando la mejor opción para hacer que la máquina no se atascara, que los engranajes siguieran girando para controlar a cada minuto un poco más la eliminatoria. Su partido, manual en mano, fue perfecto. Hasta se atrevió a llegar con soltura a portería, algo bastante habitual en él pero llevado al extremo en esta ocasión. De hecho, en una de estas llegadas vino el gol que provoca que La Rosaleda tenga que ser un fortín en la vuelta. La filtró Alex Sandro después de una gran arrancada para que Moutinho la empujara. Al cándido juez de línea le pasó inadvertido que se hallaba algunos pasos por delante del último defensor malaguista, por lo que el gol subió al marcador. No existen las excusas: el Oporto llegó mucho –sin acierto, todo hay que decirlo– y Jackson Martínez ganó la partida más de una vez a los centrales. El resultado, si fue injusto, lo fue por escaso. Eso no quita que el fuera de juego no duela.

Pero, ¿quién no va estar ilusionado después de lo visto en Do Dragão? En el peor partido del Málaga, el Oporto fue incapaz de transformar su superioridad en una goleada histórica. Si no lo hizo fue porque la defensa costasoleña estuvo de diez, bregando una y otra vez con cualquier jugador blanquiazul que se atreviera a incomodar a Caballero. Demichelis y Weligton se las vieron y se las desearon con Martínez, pero lo cierto es que el colombiano no acertó a rematar ni una sola vez a puerta. También brilló Antunes, sereno y cada vez más asentado en el lateral izquierdo desde el que se encarga de cubrir todos los huecos creados por el centro. Fue el faro de la defensa, la pieza fundamental sobre la que el Málaga cimenta sus esperanzas de remontada. Pero para eso no se puede volver a fallar, el partido de Oporto debe ser un simple traspié. El Málaga tiene que volver a ser el Málaga. Ahora, queda por delante un mes entero de reflexión. El sueño debe continuar. Debe hacerlo.

PabloG.

martes, 19 de febrero de 2013

La venganza de Oporto


Serena, tranquila; suavemente atravesada por las dulces aguas del Duero, que pasa por debajo de todos y cada uno de los numerosos puentes que intercomunican la ciudad. Así yace Oporto, la tierra prometida a la que el Málaga regresará en busca de su sueño. La hará tres mil seiscientos veinticuatro días después de su última visita, de su única visita en competición continental. La más amarga de su historia. Aquel día, un 20 de marzo de 2003, el equipo dirigido por el mítico Joaquín Peiró llegó a Portugal con ansias de reconquista y con el que probablemente fuera el mejor plantel de la historia del club. El ‘13’ de Contreras defendía de la meta malaguista, el ‘5’ de Roteta comandaba con brío la defensa y los números ‘9’ y ‘7’ de Darío Silva y Dely Valdés respectivamente vivían sólo para el gol. Similitudes no faltan; ganas de superar la gesta de aquel equipo, tampoco.


A pesar de todo, será la primera vez que se enfrenten Málaga y Oporto. En su anterior visita a la segunda ciudad más importante de Portugal, los de la Costa del Sol tuvieron que verse las caras contra el Boavista, subcampeón de liga en aquellos momentos y que contaba en sus filas con jugadores de la talla del portero Eduardo. El Málaga dominó la eliminatoria en todo momento, y un gol de Dely Valdés en el partido de ida invitaba al optimismo; un optimismo que fue en aumento a medida que iban pasando los minutos. Pero entonces, a falta de cinco minutos para el final del partido, llegó el gol de Luiz Cláudio que terminaría desembocando en una intensa prórroga. El Málaga, la ciudad, los aficionados, sabían que ésa sería su última oportunidad de encaramarse a la élite del fútbol. También Leko estaba al tanto, pero eso no impidió que su decisivo disparo desde los once metros se marchara por encima del larguero. Ese balón, que no entró en la portería, atravesó como un fino puñal el alma del fútbol malagueño, del fútbol andaluz. El premio hubiera sido grande: una semifinal frente al Celtic, la llave de acceso hacia la deseada final de Sevilla. ¿Quién esperaba allí? El Oporto. El de Deco; el de Mourinho.

Oporto, aunque nunca nadie se dio cuenta hasta ese 20 de marzo de 2003, siempre estuvo dentro del Málaga. En el núcleo, en lo más profundo de su corazón y de su alma. Oporto, la blanquiazul, es el principio y el fin de todas las cosas. Esta noche, cuando el balón eche a rodar a eso de las 20:45, determinará definitivamente su rol: debe decidir si es el punto de partida de la aventura más fantástica jamás vivida o el fin del trayecto de un sueño llamado a endulzar la vida de todos los malaguistas pero que poco a poco se está volviendo más y más agrio. Como aquella vez que el Málaga firmó su capitulación a orillas del Duero, ésta se presume la última oportunidad de seguir perteneciendo a la nobleza del fútbol mundial. Se empeñan Platini y sus camaradas, se empeña el jeque y se empeñan todos y cada uno de los clubes que pertenecen a ese selecto grupo. Nadie se lo está poniendo fácil a este equipo que cada día demuestra sobre el césped el porqué de su presencia en el campeonato de campeonatos. Tampoco lo harán hoy los hombres de Vítor Pereira, que no llegó a futbolista profesional, con el sensacional Moutinho a la cabeza, el Deco de su generación. Le acompañarán el voraz Jackson Martínez y el talentoso James Rodríguez, finalmente recuperado para el duelo de duelos.

Hoy volverán los recuerdos –los amargos, pero también los dulces–, los fantasmas y las musas de aquel 20 de marzo, de aquella Copa de la UEFA que pudo ser y no fue; de aquel proyecto increíble que, realizado a base de esfuerzo, sorprendió a propios y extraños para entrar en el olimpo del fútbol malagueño, andaluz y español; de aquella última oportunidad perdida de consolidación. Pero el presente nos demuestra que los hombres de Pellegrini hace mucho que dejaron atrás a los de Peiró y que aquella última oportunidad no fue tal. El tiempo de Contreras, Roteta, Darío Silva y Dely Valdés ya pasó. Ahora es el de Caballero, Demichelis, Saviola y Joaquín. Y de Baptista, Jesús Gámez, Weligton y Toulalan. Es el tiempo de Isco. Nunca podré olvidar aquel 20 de marzo de 2003. Esperemos que este 19 de febrero de 2013 sea inolvidable.


PabloG.

domingo, 17 de febrero de 2013

Caballero y Portillo marcan la diferencia


En ocasiones, un pequeño detalle es capaz de decidir una batalla de noventa minutos en la que no se puede apreciar un claro vencedor. Esa es la magia del fútbol, deporte rebosante de emociones. Sin embargo, esto no ocurre siempre. Otras veces existen diferencias insalvables entre uno y otro equipo. Un primer tiempo sublime y un gran portero en estado de gracia sirven para finiquitar a cualquiera; más si cabe a un Athletic que, aunque mostró una inmensa mejoría en la segunda mitad, sigue sin encontrar aquella senda gloriosa que hace un año le condujo a disputar de manera brillante dos finales.


Dos protagonistas, acompañados en todo momento por la que se presume la gran estrella del futuro, hicieron que el partido tuviera dos actos bien diferenciados. Cuando apareció el primero no hizo falta que asomara el otro; en cambio, cuando el segundo más lucía, más se echaba en falta al primero. La primera mitad de Portillo fue como un sueño hecho realidad. En un Málaga algo cambiado debido a lo cercana en el tiempo que se halla la gran final de Oporto, el paleño fue capaz de brillar por encima del resto. Ni siquiera Isco, siempre estupendo, fue capaz de hacerle sombra. Acaparó el balón y distribuyó como si llevara toda la vida jugando en la medular, alzando su voz para decir que está aquí y para muchos años; que poco importa quién salga o quién entre, él es capaz de hacer a jugar al equipo de la mejor manera posible. Claro, con el césped en un gran estado, todo es mucho más fácil.

Pero si Portillo estuvo excelente, el que más sorprendió fue Piazon. El talento brasileño, el hambre de la juventud y la suavidad en el toque que es sello de identidad de este equipo hacían presagiar que el Málaga había firmado una perla. Destacó cada vez que tuvo ocasión con la canarinha y con los reservas del Chelsea e incluso con el primer equipo, pero su actuación de ayer fue quizá la más completa que se le recuerda si tenemos en cuenta que tiene sólo diecinueve años. Piazon, arropado en todo momento por el espectacular físico de Baptista, que está de vuelta, y la potencia de Antunes, que acaba de llegar para quedarse, fue un tornado por la izquierda. Se encargó de proponerle a Iraola una partida difícil de ganar, sobre todo a los diecisiete minutos, cuando un recorte dejó al brasileño con todo a favor para ponerle en bandeja el gol a Saviola. Pero lo mejor de la actuación de Lucas fue su implicación. Se desvivió en ataque y se vació en defensa, sorprendiendo a propios y extraños. Sin duda, fue el elemento de cohesión entre los dos actos del encuentro.


Porque en la segunda parte, el león volvió a rugir. Quizá con menos fiereza que antes, pero con la misma ambición. Cuando De Marcos comenzó a carburar, cuando el empuje de Susaeta se hizo patente, el Athletic despertó y el dominio quedó en igualdad. Pero en esos momentos en los que el Málaga más bajó su nivel, apareció el gran héroe de la tarde: Willy Caballero. Si Sabella no quiere ver que es el mejor portero, no sólo de Argentina, sino de la Liga BBVA actualmente, allá él. El caso es que los de Bielsa no lo olvidarán tan fácilmente. Ya dejó un aperitivo sensacional en el primer tiempo con una doble parada imposible a Ibai y Aduriz. Lo de la segunda parte fue diferente, aunque igual de espectacular. Si el Málaga pudo hacerse con los tres puntos fue por su soberbia actuación. Las paró de todos los colores: de falta, a bocajarro, de manera sobria y espectacular. Cuando más apretó el Athletic, con Aduriz y Llorente en el campo, más lució Caballero. Tanto, que en unos últimos minutos de infarto, lanzó una contra que el recién ingresado Joaquín no culminó por un palmo. Ahora sólo falta que repita gesta en Portugal y deje la eliminatoria encarrilada. El sueño debe continuar.

PabloG.

viernes, 25 de enero de 2013

Inolvidable


Fue el mejor Barça de todos, el mejor equipo de la historia. Y cuando son ellos, es imposible. Terminó un sueño, el más dulce y más bonito que jamás se pudo imaginar. Cayó el Málaga, pero de qué manera. Imposible no enamorarse de estos equipos, imposible no enamorarse de un deporte que aunque algunos lo interpreten de manera brusca es lo más delicado que existe. Rodó el balón y todo fueron consecuencias positivas. Goles y emociones: esto es el fútbol y por esto nos gusta. No lo olviden jamás. Porque es un deporte que se juega dentro del campo, once contra once y no nos engañemos, se juega con el alma. Como lo hicieron Málaga y Barcelona en La Rosaleda un inolvidable 24 de febrero de 2013; como lo hicieron antes la Hungría de Puskás, el Brasil de Pelé y la Holanda de Cruyff.


Era inevitable que el Málaga cayera eliminado. Estaba escrito en el libro sagrado del fútbol. Era o eso, o que el partido perdiera toda su gracia. El equipo de Pellegrini salió por la puerta grande de la Copa. Con el reconocimiento unánime del mundo del fútbol y con el convencimiento de que no merecía tanto castigo en el sorteo; de que pudo tener muchísima más fortuna de la que tuvo (¡sorteos puros!, ¿tanto cuesta?). Pero era el destino. Sin embargo, sin este Málaga valiente y descarado, el Barça no hubiera podido exhibir el fútbol de diamantes que corre por las venas de todos y cada uno de sus futbolistas. Volvió a verse ultraexigido por este pequeño equipazo y volvió a salir victorioso después de sudar sangre. Es lo que tiene contar con jugadores como Messi, Iniesta, Xavi, Pedro, Cesc… Si no es uno, es otro. Y si no, todos a la vez. Demoledores.

Cuando Alves enfiló el carril derecho por primera vez dejó al descubierto las intenciones del Barça: no pasar apuros. Llegar, ver y vencer. Pero hoy por hoy eso es imposible en La Rosaleda. Joaquín se encargó pronto de que esta afirmación constara también en el marcador. El pase de Duda fue delicado, igual que su partido, porque el portugués ya está para pocos trotes, pero su calidad sigue intacta. Tras los goles la preciosa batalla se trasladó al centro del campo. Otra vez Camacho e Iturra solos ante los peligros que entraña el Barça, esta vez con toda la artillería sobre el césped. Otra vez rindieron al máximo nivel. Se encargaron de sostener al Barça y las mayores aspiraciones en la historia del Málaga, que jugaba de tú a tú al mejor equipo de la historia del fútbol.

Pero un fallo defensivo condenó al malaguismo. Uno de los poquísimos que tuvo el Málaga. Tras el paso por vestuarios, Piqué apareció de delantero centro. Sorprendió a todos, también a Pellegrini y a Weligton y Demichelis, que lo dejaron rematar a placer en el área pequeña tras un gran control con el pecho. Santa Cruz volvió a poner las tablas en el marcador. Y entonces, Málaga entera se ilusionó. Corrieron las lágrimas por las mejillas del público. Un “¡sí, se puede!” atronador intimidó al Barcelona de los récords y le recordó que estaban en La Rosaleda, la cuna de la ilusión en el panorama futbolístico mundial. Que ara ganar aquí no basta con un juego bonito: necesitaba ganar también en emociones, arrancarle el corazón sin piedad al malaguista, algo bastante complicado.

No imposible. Recordemos que es el Barça, el único equipo del mundo capaz de hacer los sueños realidad. Dolió mucho la derrota de Anoeta. Demasiado. Pero los futbolistas saben de sobra donde nacieron los problemas y las dudas: sobre ese maltrecho césped que estaban pisando en ese mismo instante. El Barça se sintió incómodo en La Rosaleda hacía poco más de una semana. Bajó a la Tierra y comprobó que no es tan superior al resto, no al menos a todos los equipos del mundo. Ganaron el partido pero perdieron la confianza y, por si fuera poco, ese mismo equipo le sacó un empate en el último minuto y con un futbolista menos en el Camp Nou. No podían volver a pasar por lo mismo; una eliminación en Copa sería irreversible. Cesc hizo que eso no ocurriera e Iniesta remató la faena. Un golazo que dejaba como única alternativa la épica. Nada descartable teniendo en cuenta la magnitud de los contendientes y la calidad del partido, por otra parte.


Y cuando Pellegrini se iba a lanzar a por la victoria, apareció Messi. Desapercibido, controlado y sin embargo letal. Es imposible definir a este futbolista extraterrestre y a su inmensa habilidad para el gol. El centro de Alves fue la antesala de la capitulación malaguista. El lateral brasileño se salió y calló de golpe a todos sus críticos en un partido que recordó a sus mejores actuaciones. Sigue siendo un lateral terrorífico para las defensas rivales e inigualable una vez ha iniciada la carrera. Entraron Lucas Piazón y Saviola pero el partido ya estaba decidido. El sueño había llegado a su fin. Eso sí, hizo falta el mejor Barcelona para poder derribarlo. Sin Isco, sin Toulalan y sin Caballero en toda la eliminatoria, el Málaga sacó los colores al Barça y a punto estuvo de dejarlo sin Clásico. Iturra, Camacho, Joaquín y Santa Cruz hicieron posible que esa idea nunca desapareciera de la mente culé. Y no sólo con los goles, también con un juego exquisito. Los cuatro estuvieron de diez en toda la eliminatoria. En realidad, lo estuvo todo el equipo. Orgullo.

PabloG.