En
el Clásico menos brillante de la historia reciente, el Real Madrid volvió a
tumbar merecidamente al Barcelona. Dos puñaladas y noventa minutos, de los
cuales más de sesenta fueron altamente tediosos, sirvieron para poner de
manifiesto nuevamente lo que lleva algún tiempo siendo evidente: los hombres de
Roura no están a la altura de las circunstancias. Esta vez, ni frente al Madrid
menos poderoso y más rácano de la temporada, fueron capaces de inquietar más
allá de diez minutos. Un logro, por otra parte. Hasta ese momento, el empeño de
Morata ya había propiciado el primer gran agujero en la defensa azulgrana,
coronado con el remate a bocajarro y libre de marca de Benzema. Después, la
entrada de Cristiano Ronaldo rompió definitivamente a un equipo que se vio
completamente superado al más mínimo movimiento agresivo del Madrid. Ramos se
elevó de nuevo solo, como ya hiciera Varane en los dos últimos duelos entre ambos
equipos, para que el Barça tocase fondo. Ahora sólo queda ver si se mantiene en
las profundidades o sale a flote antes del decisivo duelo ante el Milán. El
optimismo culé, desde luego, brilla por su ausencia. Y razón no falta.
José
Mourinho volvió a ganar al ajedrez, esta vez con las fichas negras. Reservó a
los titulares, echó el cerrojo de medio campo hacia atrás y se benefició de la
respuesta de su rival: nada. El partido no se pareció ni de lejos a la
minimalista obra de arte que se vio el martes en el Camp Nou. Esta vez las
cosas si eran lo que parecían a simple vista: un catenaccio de manual; esta vez
Mourinho sí aplicó la presión en todas las zonas de ataque culé y cerró
poderosamente las bandas, quizá consciente de que pudo haber despertado a la
bestia. Pero si su plan funcionó de maravilla fue gracias a dos hombres que se
dejaron la piel en el campo. El partido que firmaron Callejón y, especialmente,
Morata fue para enmarcar. Sacrificio, entrega y una persecución constante a los
laterales rivales, hasta el punto de incrustarse como un engranaje más de la
sólida línea de cuatro defensores que presentó el Madrid. Además, los jóvenes
canteranos blancos se implicaron en ataque con acierto. Morata se destapó como
lo que es, un futbolista descomunal, y regaló el gol a Benzema para herir de muerte
al Barcelona.
Con
cinco minutos de juego y un gol en contra, el Barcelona parecía inerte. Con
Iniesta solo y desbordado por la presión continua de hasta cinco futbolistas
blancos, los azulgranas se fueron difuminando. Balones cortos sin sentido,
balones largos sin finalidad alguna. Angustia, ansiedad. Y de repente, la luz.
En la única jugada en la que el Barça fue el Barça, llegó el gol de Messi.
Distancia entre las líneas blancas, un desmarque de ruptura de Messi y un pase
en profundidad medido. Tan simple y tan efímero. A partir de ahí, el Barcelona,
el único que podía animar el partido, se dedicó a aburrirlo aún más. Mientras
un equipo se encerraba en su campo con diez futbolistas por detrás del balón,
el otro se empeñaba en mover el balón con uno y otro pase horizontal entre los
centrales y los centrocampistas.
El
justo empate ondeaba en el marcador. Una cosa estaba clara: el que ofreciera un
poquito más se iba a llevar el partido. Un poquito, tampoco era necesario un
tsunami de fútbol. Mourinho lo captó y metió a Ronaldo y Khedira, uno para
destrozar y el otro para amarrar. Roura y su equipo aún se están preguntando el
porqué de estos dos cambios. El portugués, sólo con su presencia, desarboló al
Barcelona. Forzó errores infantiles y sacó los colores en más de una ocasión a
sus rivales. No sólo se mascaba el segundo, también la goleada. Ramos hizo lo
primero, Ronaldo buscó sin éxito lo segundo. Un trallazo suyo de falta directa salió
repelido por la cruceta. Y aunque la superioridad del Madrid fue aplastante a
poco que dio un poco de ritmo al juego el Barcelona clamó al cielo por un
penalti no pitado. Injustamente, porque el contacto existió; justamente, porque
el Barça no mereció ni la posibilidad de empatar el partido. No se puede
camuflar una falta de identidad acuciante con errores de terceros. Falta
autocrítica y capacidad para salir de las peores situaciones. Falta ser el
Barça. Y eso es muy peligroso.
PabloG.

















